Mercado ecuatoriano

El problema de vestir copias triple A y normalizar la imitación

Se trata de un mercado que está en la calle, en locales comerciales en varias partes del país y hasta en redes sociales: ante el elevado costo de las marcas extranjeras, la gente se inclina por las copias.

Por Eduardo Varas Carvajal

Harper's BAZAAR — Ecuador

Para Julián R. —prefirió no revelar su nombre completo— la decisión no requirió mayor reflexión. Quería unos zapatos deportivos Adidas para correr: rojos, sobrios, con franjas diagonales blancas. No compró los originales porque pagar más de US$ 100 por un par que usaría apenas una vez por semana no le parecía lógico. Optó por una réplica triple A, visualmente casi idéntica al modelo Runfalcon 5 TR, con mejores acabados que una imitación común. Le costaron US$ 36, en un mercado del centro de Quito. 

Las réplicas triple A son la respuesta de ciertos fabricantes a la necesidad de algunas personas por adquirir ciertas marcas, aunque no tengan el poder adquisitivo para hacerlo. Su existencia da a entender que no es el único tipo de réplicas —también se pueden encontrar las A y las AA, que son más fáciles de identificar como falsificaciones—, pero son las triple A las que están arriba de la pirámide del consumo, sobre todo en el terreno de la tecnología y la moda.  

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Y es, precisamente, la industria de la moda la que está a la cabeza en el mercado de falsificaciones en el mundo. De acuerdo con un informe de 2021 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) —el más reciente de todos—, el comercio de este tipo de productos alcanzó un 2,3 % del total de las ventas mundiales, llegando a generar US$ 467.000 millones ese año. De este total, las réplicas triple A de artículos como prendas de vestir y zapatos corresponden al 62 %. Sin embargo, esta cifra puede ser mayor. El informe de la OCDE aclara que esta solo se enfoca en la cantidad de artículos retenidos en las aduanas de los distintos países. Es decir, hay muchos más que vencen los controles fronterizos. 

“Estas cosas se hacen en China”, dice una vendedora en el centro comercial conocido como Parqueadero La Merced, ubicado en las calles Imbabura y Chile, en el centro de Quito. Ella tampoco quiso dar su nombre porque está al tanto de que no está vendiendo productos que llegan de manera legal al país. Está dedicada a esto desde 2021 y tanto en el local en el que ella está, como en otros a su alrededor, se venden camisas, blusas, relojes, zapatos, mochilas, pantalones, carteras, chompas y sacos en las que se pueden leer marcas como: Givenchy, Coco Chanel, Nike, Puma, Adidas, Calvin Klein, Lacoste, Gucci, Converse, entre otros. Todas, evidentemente, son falsificaciones y se las vende, en los casos más exagerados, al 30 % del valor de las originales. Eso da margen de ganancia. “Entran aquí por Colombia y Perú; pero creo que ya las están produciendo en Colombia”, confiesa la vendedora. 

En el terreno de lo informal

Pese a que las réplicas triple A se comercializan en la vía pública, en ciertos centros comerciales y hasta en redes sociales, su ingreso al país es “legal”, ya que suele utilizar como modalidad de despacho aduanero el aforo automático. Es decir, se hace todo por vía electrónica, asumiendo la veracidad de los datos entregados a las autoridades, pagando la liquidación necesaria. En otras ocasiones, —según fuentes consultadas y noticias publicadas en medios locales— se pagan coimas para que no se revisen los contenidos.

Según una estadística de la Asociación de Industrias Textiles de Ecuador (AITE), el 70 % del volumen de telas y productos terminados que ingresa al país lo hace subvalorado, es decir, por debajo del costo que correspondería de acuerdo con los estándares internacionales. Por otro lado, un estudio de agosto pasado de la consultora de mercado Kantar, revela que el ecuatoriano compra sus prendas de vestir, entre un 24 % y 27 %, en el mercado informal, donde circulan con más facilidad las falsificaciones. Sería como decir que uno de cada cuatro compradores nacionales busca productos más baratos, sin importar que sean falsificaciones o que ingresen de manera irregular al país.

Para Camilo Ontaneda, presidente ejecutivo de la AITE, el mercado informal —en el que incluye el maleteo, que es la gente que viaja y trae prendas para vender en sus maletas propias, y la piratería, como designa a las réplicas triple A— les genera afectaciones a importadores y productores nacionales que respetan las reglas del juego, "que deben ser claras para todos los que estamos en este negocio”

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Ontaneda, además, hace referencia a dos problemáticas que no se toman en cuenta al hablar de las réplicas: el daño medioambiental y de salud que provocan por el uso de materiales contaminantes y el trabajo infantil para su confección. “Un producto que tenga una base de plomo puede generar alergias o peor, si es de uso constante, puede causar cáncer. Si vamos más allá, hay muchísima explotación de niños, quienes laboran en condiciones deplorables… es casi una esclavitud”.

Estos temas, obviamente no son considerados por el comprador que adquiere este tipo de prendas o artículos. Para Ontaneda, esto responde a la realidad nacional y regional. “Lamentablemente los mercados latinoamericanos son mercados de precio, en los cuales el poder adquisitivo es menor y se ven casi obligados a buscar el producto más barato. Y ahí es cuando la informalidad comienza a tener un campo fértil”. 

El consumidor ha normalizado comprar productos sin garantía de confección y sin trazabilidad, es decir, sin saber dónde se lo hizo y qué materiales se usaron.

Pero, ¿es solo el precio lo que determina que una persona compre réplicas triple A en el mercado informal? La respuesta no es tan sencilla. Más allá de un tema económico, existe el simbólico. Para Estefanía Cardona, creadora de Lifestyle Kiki y Casa Kiki, el lujo se ha vuelto un síntoma cultural, alejándose de un sentido artesanal, creativo y único. Hoy es otra cosa. 

“La réplica aparece cuando el objeto se convierte en algo social”.

Para ella todo está basado en el logotipo, en que las réplicas triple A permiten acceder a ese significado, a esa idea de lujo que una marca ofrece, de manera más económica. Cardona dice que ya no es solamente el precio, es la forma en que nos relacionamos con el consumo. “Es una especie de religión en la que los centros comerciales son las iglesias y las marcas son los pastores”. Y si no alcanza el dinero para un pastor en particular, se puede pagar menos por otro, que se parece mucho. (I)