¿Qué es eso? Esa fue la reacción general con la presentación de Prada en su pasarela de primavera 2026: ¿sujetadores sin aros ni tirantes? Estaban en primer plano, acompañados de otras prendas difíciles de describir, todas con una actitud despreocupada y suelta. Faldas de talle bajo, endebles y vaporosas; faldas envolventes de materiales mixtos espectaculares; vestidos túnica holgados, sobre faldas burbuja; suéteres con escotes en V ultraprofundos y caídos; y guantes de ópera tan fruncidos que parecían a punto de deslizarse.
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Algunos se quejaron de que estas prendas sin estructura ignoraban la necesidad femenina de sostén y contención, pero la señora Prada y Raf Simons siempre han entendido la capacidad de la moda para reflejar y responder a la cultura que la rodea. La falta de estructura era, por supuesto, deliberada. Estas prendas proponían abandonar todo eso en busca de algo que últimamente parece cada vez más difícil de encontrar: la sensación de estar libre de cargas y ataduras.
“Esta colección trata de reaccionar ante lo incierto: prendas que pueden moverse, cambiar y adaptarse”, afirmó la señora Prada en las notas del desfile.
“En la combinación de distintos elementos, en esta idea de composición, existe una elección y una libertad para la mujer que las lleva”. Casi todo en la nueva colección de Prada parecía estar desarmándose. Y, a medida que avanzó la temporada, ese gesto dejó de ser la excepción para convertirse en la norma.

Vivimos un momento de incertidumbre épica, de caos maximizado. Resulta cada vez más difícil que cualquier noticia, por aterradora que sea, logre captar una atención sostenida cuando la siguiente historia está a solo un desplazamiento de distancia, encajada entre memes, hauls y videos de get ready with me. Las últimas temporadas de moda han reflejado una clara inclinación por el exceso. Capas superpuestas sin pudor, bolsos desbordados y siluetas exageradas al extremo.
Pero esto se siente distinto. Es una relajación, una aceptación del caos de la vida y un uniforme para convivir con él. ¿Quién quiere hoy ir abrochada hasta el cuello o ceñida sin respiro? Vestir prendas que transmiten libertad, aceptar cierta impropiedad en un mundo cada vez más absurdo, resulta una propuesta infinitamente más seductora.

En su debut como directora creativa de Bottega Veneta, Louise Trotter, presentó varios vestidos que, como explicó en el backstage, estaban “superpuestos sobre lienzo para que cayeran y se desprendieran del cuerpo”. Aunque muchas de las siluetas tenían un peso visual considerable, estas piezas aportaban un aire de libertad a la colección. En el debut de Dario Vitale para Versace, la liberación también fue el tema central, aunque su versión era más sexual y queer: jeans medio desabrochados y cinturones sin abrochar. La colección rindió homenaje a los desenfrenados años ochenta de Gianni Versace, una época en la que pasear por South Beach con ropa que parecía haber bailado toda la noche era la máxima expresión del glamour.
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En su primera presentación para Loewe, Jack McCollough y Lazaro Hernandez mostraron camisas que parecían inflarse alrededor del torso, como si una ráfaga de viento las hubiera atrapado en pleno vuelo. En August Barron —la querida firma independiente antes conocida como All-In—, las tradwives (inspiradas en amas de casa) se presentan en bombas irreverentes, con cardigans fruncidos y desabrochados, combinados con faldas de baile de los años cincuenta y el cabello en rulos alocados.
En otros escenarios, las cinturas descendieron drásticamente, tanto de forma literal —en las siluetas drop waist fluidas del magistral debut de Matthieu Blazy para Chanel— como en interpretaciones más excéntricas de marcas emergentes como Zomer y Torishéju. Esta última presentó una falda de tiro bajo sobre shorts sastre, que alargaba la figura de la modelo. “Cada prenda se convierte en una contradicción, a la vez reconocible y extrañada, que obliga al espectador a enfrentarse a la incomodidad de una normalidad cada vez más surrealista”, explicó la diseñadora Torishéju Dumi. Cerró su desfile con The Whole World de Outkast, un himno para dejarse llevar.

“Creo que estamos anhelando ligereza”, afirma la diseñadora Julie Kegels, radicada en Amberes. Su propuesta Quick Change, incluyó faldas recortadas entre las rodillas y las caderas, sostenidas por ligas; vestidos con apliques que parecían pintura descascarada, y un final particularmente intrigante: un vestido con un tubo tipo pannier alrededor de la cintura y un corpiño elástico que la modelo se iba desprendiendo del cuerpo mientras avanzaba por la pasarela. El gesto, explica Kegels, “no tenía que ver con desvestirse, sino con revelarse, con llegar. Como sacudirse las estructuras que cargamos todo el día. Quería que esta colección nos recordara que la ropa puede moverse con nosotras, no en nuestra contra”.
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El movimiento y la fluidez también fueron ejes centrales de la soberbia colección de primavera 2026 de Daniel Roseberry para Schiaparelli, especialmente en la forma en que los vestidos al bies se deslizaban por la pasarela. Algunos estaban confeccionados con telas que parecían desprenderse suavemente de la superficie de la prenda. Eran guiños al trabajo temprano de Elsa Schiaparelli, en particular a uno de los vestidos Tear que diseñó junto a Salvador Dalí en 1938.
En McQueen, Seán McGirr reinterpretó el infame pantalón bumster de la casa: un diseño que se lleva tan bajo en la cadera que parece haber sido tironeado de manera deliberada. El bumster, que apareció por primera vez en la pasarela de Lee Alexander McQueen en 1993, fue recibido inicialmente como algo burdo, aunque la intención no era provocar desde la vulgaridad, sino alargar el torso y crear una línea seductora.

Desde luego, como ocurre con todo en la moda, ya hemos pasado por aquí antes. Deconstructivistas como Martin Margiela y Ann Demeulemeester, así como pioneros de la vanguardia japonesa como Rei Kawakubo, de Comme des Garçons, y Yohji Yamamoto, surgieron como respuesta a los excesos de la era Reagan (época de la presidencia de Ronald Reagan en Estados Unidos). Sus diseños despojados y fragmentados fueron vistos como un acto de rebelión: un contrapunto fascinante frente al brillo y la ostentación.
Los diseños de John Galliano para Dior —que a menudo exploraban la idea de revelar y desvestir— han experimentado un resurgimiento en popularidad. Recientemente, Kim Kardashian apareció en un estreno con un vestido princesa azul hielo de la colección primavera 2000, con un cierre diagonal en el corpiño y una manga tan caída del hombro que parecía a punto de convertirse en un momento viral de alfombra roja.
Para su desfile de primavera 2016, Hussein Chalayan adoptó una aproximación más literal a la idea de lo inacabado y presentó dos abrigos blancos solubles en agua que se disolvían mientras las modelos permanecían bajo duchas improvisadas en la pasarela, revelando vestidos blancos y negros bordados con cristales y apliques florales.


En su teoría del “yo-piel”, el psicoanalista francés Didier Anzieu plantea que la ropa puede funcionar como un mecanismo para que las personas interpreten y expresen su identidad y creen —o eliminen— límites en torno a ella. La moda, entonces, es tan mutable y adaptable como queramos. Es “una segunda piel psíquica”, según la directora y curadora del Museo del Fashion Institute of Technology, Valerie Steele. “No existe un significado único inherente a ninguna prenda o estilo. Pero, en términos generales, los looks que parecen caerse sugieren un deseo inconsciente de desvestirse que, por supuesto, es reprimido, y da lugar a un compromiso: parece que te estás desnudando, pero sigues vestida —y, de hecho, vestida a la moda—”, señala Steele.
Salir de casa con algo que parece desarmarse en las costuras puede atraer miradas. Pero el poder de estas prendas no reside en la provocación, sino en la aceptación de la vulnerabilidad. Incluso los accesorios en las pasarelas de la primavera 2026 parecían invitarnos a abrirnos. Bolsos y totes de Chanel, Fendi y Dior fueron diseñados para verse entreabiertos. Sin embargo, la mayoría no lo están: el nuevo bolso Cigale de Dior tiene una solapa que se pliega hacia el interior, y el último 2.55 de Chanel incorpora un armazón de alambre en los laterales que puede ajustarse a gusto, además de una solapa superior que sí puede cerrarse.
Estas piezas nos invitan a soltar la idea de que la ropa debe ser rígida, recta, ajustada y perfectamente armada para funcionar como una armadura. A veces, la mayor muestra de autopreservación, fortaleza y estilo es permitir que los tirantes o la cintura caigan donde quieran. (I)
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Este artículo apareció originalmente en la edición de invierno de 2025/2026 de Harper’s BAZAAR Estados Unidos.