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La comida ha sido, desde siempre, un punto de encuentro entre mi hermana mayor y yo. En celebraciones, reuniones familiares o momentos difíciles, compartir un plato funcionaba como un lenguaje común. Teníamos gustos similares y una complicidad construida a partir de pequeños rituales cotidianos. Con el tiempo, esa dinámica empezó a cambiar. Hace más de cinco años ella dejó las carnes rojas y, hace seis meses, también el pollo, iniciando un proceso de transición hacia el veganismo. Su decisión no solo transformó su alimentación, sino también la forma en la que compartíamos esos momentos cotidianos.

Algo tan simple como “darnos un gusto” empezó a convertirse en una difícil decisión. ¿Qué se puede comer a las 22:00 que también sea apto para una persona vegana? En Ecuador, las opciones son limitadas. A esa hora, todo se reduce a unas pocas cadenas de comida rápida, con alternativas puntuales. Nada comparable con lo que ocurre en Estados Unidos o Europa, donde las grandes marcas han incorporado de forma sostenida opciones plant-based en sus menús.

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Según ProVeg International, estas cadenas han liderado la expansión de productos de origen vegetal a nivel global. McDonald’s Alemania lanzó un McFlurry vegano. Pizza Hut Reino Unido introdujo queso vegetal Violife en todos sus locales. Burger King se comprometió a que el 50 % de su oferta sea vegetal para 2030. Sin embargo, este crecimiento no se ha traducido con la misma fuerza en Ecuador ni en buena parte de América Latina, de acuerdo con organizaciones como PETA Latino. Con ese contexto cada noche que decidimos hacer delivery hay una pregunta que me ronda la cabeza: ¿qué tan fácil es vivir en Ecuador siendo vegano?

Para 2026, las personas vegetarianas y veganas son prácticamente invisibles para las estadísticas oficiales ecuatorianas. No encontré una entidad estatal que posea un conteo certero sobre cuántas personas en el país se identifican con estos estilos de vida ni cómo ha evolucionado su número. Según el Estudio Global de Nielsen (2016), citado por Archivos Latinoamericanos de Nutrición, alrededor del 8 % de la población en Latinoamérica se identifica como vegetariana, representados principalmente por México. 

Esta falta de datos contrasta con el crecimiento a nivel mundial. En 2024, según la consultora Cognitive Market Research, el mercado global de alimentos plant-based superó los US$ 12.000 millones y se proyectó que crezca a una tasa anual del 13,2 % entre 2024 y 2031, impulsado principalmente por sustitutos de carne y lácteos. Además, Market Data Forecast cuenta que América Latina tiene una biodiversidad que ofrece una ventaja competitiva poco explorada. Ingredientes como la sacha inchi (maní del Inca) —cultivada en Ecuador y con hasta un 30 % de proteína y altos niveles de omega-3— han dado lugar a emprendimientos que desarrollan proteínas vegetales y análogos cárnicos. 

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Verónica Pons, de 48 años y parvularia de profesión, forma parte de esta comunidad en crecimiento. Hoy reparte su tiempo entre la importación de aceite de oliva extra virgen y la gestión de un centro de budismo tibetano, que dirige junto a su esposo desde hace 13 años. Su vida —dice— siempre ha estado marcada por decisiones que la colocan fuera de lo común. “Primero soy budista. Luego me hago vegetariana y después vegana”, cuenta entre risas sobre cómo se sentía dentro de su familia. Su relación con los animales cambió por esta religión, pero la transformación alimentaria fue gradual. En 2007 dejó de consumir animales marinos; en 2017 eliminó la carne y el pollo, iniciando una etapa vegetariana. El paso definitivo al veganismo llegó por razones de salud, tras ser diagnosticada con intolerancia a la lactosa.

El proceso no fue sencillo. Muchos médicos le decían que estaba loca, que era imposible mantener una buena salud con la decisión que había tomado. Tiempo después encontró, finalmente, acompañamiento con una nutricionista vegana, quien realizó la transición de manera planificada. Ahí entendió que el problema no era la dieta en sí, sino la desinformación y la resistencia dentro del sistema de salud.

Pons desde el inicio de la entrevista desmiente un mito que tenemos todos en nuestra cabeza: “No es difícil ser vegano en Ecuador. Tenemos muchos productos que ya son naturalmente veganos”. Esta quiteña habla de lentejas, garbanzos, arroz, papas, plátanos y otros granos. Incluso de platos tradicionales como los llapingachos en su versión más básica. “La gente come cosas veganas todo el tiempo sin llamarlas así”. Lo que falta, más que ingredientes, es conciencia.

En restaurantes, la brecha es evidente

Pons explica que muchas veces no saben a qué se refiere el término y la solución suele ser una ensalada básica, sin mayor elaboración. En lugar de resignarse, ella suele sugerir combinaciones o adaptaciones posibles. A veces funciona. Otras, solo deja en evidencia lo lejos que está la oferta gastronómica de comprender lo que implica cocinar sin productos de origen animal.

La diferencia con España, donde vivió por 12 años, es clara. Allá hay más variedad, pero también más ultraprocesados cuando hablamos de opciones de supermercados. En nuestro país, la oferta es menor y muchas veces inestable: marcas aparecen y desaparecen, productos dejan de importarse por costos o baja demanda. Pons ha podido reconocer 10 marcas en tiendas: Cordón Green (ecuatoriana), Eco LOVE, Vio, Violife, Diya, Soy Tofu, Tofurky, Beyond, Carve y Kokiriki.

Nuevamente, no existen cifras oficiales sobre cuántas marcas o productos veganos se comercializan actualmente en Ecuador. Aunque el país cuenta con 2.221 productos orgánicos registrados en 2024 —569 primarios y 1.652 procesados—, según datos del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), la categoría “orgánico” no equivale necesariamente a “vegano”, ya que muchos de estos productos incluyen ingredientes de origen animal como lácteos, huevos o miel.

Esta falta de precisión responde, en parte, a que el registro sanitario ecuatoriano no exige declarar si un producto es vegano o vegetariano; y a que las certificaciones veganas disponibles en el país son voluntarias, privadas y no gubernamentales, lo que dificulta un mapeo claro del mercado. Esto se percibe mejor en la experiencia del consumidor. Por ejemplo, al buscar la palabra vegetariano en el catálogo digital de una sucursal de Supermaxi aparecen 38 productos, con precios desde US$ 2,50, que incluyen quesos, waffles, yogures, postres y proteínas vegetales. Al repetir la búsqueda con el término vegano, los resultados se reducen a 16 productos. 

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Pons que ya conoce la ciudad ha visto a sus restaurantes favoritos cerrar y otros nacer. Y aunque todavía quedan algunos espacios 100 % veganos y varios vegetarianos con opción vegana, siguen siendo pocos si se comparan con el tamaño de Quito. Verónica los tiene contados: menciona tres restaurantes completamente veganos —Prana, Kay Pacha y Vegano de altura— y alrededor de nueve locales vegetarianos donde, gracias a la flexibilidad en la cocina, siempre le preparan algo sin productos animales.

Ante ese escenario, la comunidad cumple un rol clave. Verónica desde hace dos años administra un grupo en redes sociales llamado Veggie Dragons, con 135 personas, donde se comparten recomendaciones de productos, restaurantes, recetas y eventos. Es una red en crecimiento que busca que el camino y la transición no sea solitaria.

Fuera del círculo cercano que ha apoyado su decisión con el tiempo, las reacciones van desde la curiosidad a las bromas. Verónica aprendió a responder con humor. No busca convencer a nadie, solo sostener su decisión. En términos de salud, los resultados han sido positivos: sus exámenes han salido bien durante los últimos cinco años, con controles regulares de vitamina B12 y D.

“No solo los veganos, también las personas omnívoras deberían revisar su B12”.

El sueño de Verónica no es que todo el país se vuelva vegano de un día para otro. Lo que imagina es algo más concreto: que todos los restaurantes tengan, al menos, una opción vegana clara y bien pensada; y que existan supermercados completamente veganos donde no haya que leer cada etiqueta con lupa. Ha visto ejemplos en Alemania y otros países europeos: tiendas donde puedes entrar sin miedo a equivocarte. En Ecuador, algunos intentos de minimarkets veganos han aparecido y desaparecido en poco tiempo, golpeados por costos altos y un mercado que todavía no termina de consolidarse.

Mientras eso cambia, ella se aferra a los espacios donde sí puede convivir sin incomodarse. Le gusta, por ejemplo, que cadenas como Burger King ofrezcan opciones vegetales. Para ella, esos puntos de encuentro importan: le permiten no aislarse y, al mismo tiempo, sostener su decisión.

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Cuando le vuelvo a preguntar sobre el futuro del veganismo en el país, me contesta: “que deje de verse como algo de élite”. Reconoce que los productos plant-based ultraprocesados pueden encarecer la alimentación y que, si se depende exclusivamente de ellos, el gasto sí aumenta. Por eso insiste en la importancia de encontrar un equilibrio entre el tiempo y la posibilidad de cocinar en casa, con ingredientes accesibles como: granos, verduras, frutas y semillas.

Cuando piensa en quienes hoy dudan, su mensaje es simple: que no dejen que la presión social los saque del camino. Para Pons, después de más de una década sin consumir animales, la mayor recompensa es la coherencia. Ella imagina un país donde ser vegano no sea una rareza, sino una posibilidad más dentro de la mesa ecuatoriana. (I)