La película ya inició su gira de prensa internacional. Margot Robbie, quien da vida a Cathy, ha captado gran parte de la atención mediática, no solo por su papel, sino por sus elecciones de vestuario y su ya conocido method dressing. Una práctica que se vio en la actriz australiana durante la promoción de Barbie, su anterior película, con looks inspirados directamente en la muñeca. Hoy vuelve a hacerlo con un estilismo que dialoga con el universo de este proyecto.
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En el estreno mundial en Los Ángeles, la actriz australiana fue estilizada por Andrew Mukamal y lució un vestido de alta costura de Schiaparelli hecho a la medida, inspirado en la colección de alta costura primavera 2026, presentada recientemente en París. En pasarela, el diseño se presentó en azul y negro, con un marcado efecto trompe-l’œil, una técnica que juega con la ilusión de profundidad. Robbie, en cambio, optó por una lectura más cercana a los códigos victorianos: un corpiño sin tirantes con encaje y una falda de pétalos en degradé de ónix y rojo escarlata, tonos recuperados de otros momentos del desfile.
Sin embargo, más allá del vestido, hubo un elemento que acaparó miradas: el collar que llevaba puesto. Se trata de una joya con más de 400 años de historia.
Conocido como el diamante Taj Mahal, este accesorio es una pieza de 69,42 quilates en forma de corazón que perteneció a Elizabeth Taylor y está valorada en alrededor de US$ 8 millones. Hoy se presenta montada en una cadena de oro, rubíes y diamantes de Cartier. Su origen se remonta al siglo XVII y originalmente perteneció a Nur Jahan, esposa del emperador mogol Jahangir, quien la recibió como regalo real.
El diamante, de origen indio, tiene un corte de mesa, característico de la joyería mogola, que sacrifica el brillo en favor de una superficie plana. Sobre ella se inscribió, en escritura persa nasta’liq, el nombre de Nur Jahan Begum Padshah, el número 23 —correspondiente al vigésimo tercer año del reinado de Jahangir— y la fecha hégira 1037, lo que sitúa la pieza alrededor de 1627 a 1628.
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De acuerdo con historiadores y expertos citados por medios internacionales, este tipo de gemas no eran solo objetos preciosos: funcionaban como documentos que registraban poder, propiedad y memoria. Tras la muerte de Jahangir, la joya pasó a manos de su hijo Shah Jahan —el emperador que mandó a construir el Taj Mahal—, quien se la entregó a su esposa favorita, Mumtaz Mahal. Ella falleció cuatro años después, durante el parto de su decimocuarto hijo, y él decidió entonces erigir el famoso mausoleo en su honor.
Desde entonces, el diamante quedó asociado a esa historia de amor, razón por la cual muchos historiadores y joyeros occidentales comenzaron a llamarlo Taj Mahal.

A partir de ese momento, el recorrido de la pieza se vuelve menos claro. Según distintas evaluaciones históricas, la joya sobrevivió hasta la era moderna tras ser saqueada durante la expansión colonial británica en el sur de Asia. Más tarde ingresó en la colección de Cartier, donde el diseñador Alfred Durante creó la cadena de oro y rubíes que reemplazó el cordón de seda tradicional de la joyería mogola.
Este tránsito —de símbolo del poder imperial a objeto de lujo occidental— ilustra una dinámica más amplia: muchas joyas históricas fueron extraídas de sus contextos originales y luego vendidas, transformadas o exhibidas en colecciones privadas y museos en Europa y Estados Unidos.
Tras formar parte de la célebre colección de joyas de Elizabeth Taylor, el collar fue subastado en Christie’s Nueva York en diciembre de 2011 por aproximadamente US$ 8,8 millones, lo que estableció en ese momento un récord para una joya de origen indio. La venta estuvo rodeada de polémica y disputas legales además de críticas del uso del nombre “Taj Mahal”.

Su reaparición volvió a poner en discusión el patrimonio cultural desplazado
Diversos estudios y reportes periodísticos señalan que miles de objetos procedentes de India y de otros territorios colonizados llegaron —a instituciones como el Museo Británico, durante los siglos XVIII y XIX— como botín de guerra, “regalos” obtenidos bajo presión o compras realizadas en contextos profundamente desiguales.
Robbie, por su parte, comentó que el collar le pareció apropiado para la noche debido a su historia romántica. Lo lució como gargantilla, con la borla cubriendo su espalda, un reflejo del estilo original de Elizabeth Taylor.
En manos del method dressing de la actriz, el collar Taj Mahal se transforma en un puente entre ficción y realidad. Un gesto de estilo que conecta el drama romántico de Cumbres Borrascosas con una historia real marcada por el amor, el poder y la trascendencia. Y por supuesto se convierte en una invitación incómoda a preguntarnos cómo circulan los objetos históricos, quién los posee y bajo qué relatos se legitima hoy su belleza. (I)