En TikTok e Instagram, mujeres jóvenes están optando por la sencillez: siluetas suaves, colores discretos, básicos sin complicaciones y un lenguaje visual relajado. A esta tendencia se la ha bautizado como low-energy dressing, un término que encapsula tanto la estética del “no me importa” como el estado de ánimo que la impulsa. Pero bajo este minimalismo hay una historia psicológica más profunda. ¿Está moldeada por la sobreestimulación, por cambios en las expectativas sociales o por un deseo de estabilidad?
Para entender por qué el low-energy dressing se ha vuelto tan popular, hay que observar el entorno emocional que define a esta generación. La psicóloga de la moda Dion Terrelonge sostiene que el movimiento tiene menos que ver con el estilo y más con la supervivencia en una época marcada por la fatiga algorítmica. “La vida hoy consume muchísima energía. Con el ciclo de noticias 24/7, las redes sociales y el teléfono siempre encendido, no existe un botón de pausa. Procesar lo que ocurre a nivel político, económico y ambiental ya requiere un enorme esfuerzo emocional, además de seguir con tu rutina diaria. El low-energy dressing ofrece una sensación de simplicidad y estabilidad”.
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Para la Generación Z —que creció en medio de múltiples crisis globales— la sobreestimulación se ha convertido en su estado “normal”. Reducir el guardarropa se vuelve así una forma pequeña, pero significativa de control. La psicóloga del consumo Kate Nightingale, fundadora de Humanising Brands, coincide: “Vivimos una frecuencia sin precedentes de crisis existenciales. Nuestras necesidades psicológicas de seguridad y pertenencia se ven amenazadas varias veces al día. La simplicidad, e incluso negarse a cumplir expectativas, se convierte en un mecanismo de afrontamiento”.
Muchos analistas sostienen que el low-energy dressing es una reacción al agotamiento de las tendencias y Terrelonge reconoce ese vínculo. “Cada semana nos dicen que algo es ‘la próxima gran tendencia', pero cuando una moda desaparece en cuestión de días, pierde sentido. La gente empieza a optar por salirse del juego por completo”.
Sin embargo, la psicóloga de la moda y autora Shakaila Forbes-Bell, creadora del libro Big Dress Energy, cree que la historia es más compleja. “No creo que este cambio se deba solo al cansancio frente a las tendencias. Refleja una falta de alegría más amplia. Las personas salen menos, se conectan menos y se sienten menos vitales. Ese declive emocional se manifiesta en la ropa”.
Añade que la influencia persistente del quiet luxury ha redefinido lo que consideramos deseable. “El minimalismo ahora está ligado a la riqueza. Los colores vibrantes y la ropa de fiesta pasaron a asociarse con la moda rápida y de baja calidad. Así, la simplicidad se convirtió en un signo de refinamiento, incluso cuando las prendas en sí pertenecen al fast fashion”.
¿Por qué asociamos la sencillez con la confianza?
Parte del atractivo del low-energy dressing reside en cómo lo percibimos culturalmente: la simplicidad comunica seguridad. Terrelonge explica que “cuando alguien se viste de forma simple, transmite determinación. Se interpreta como saber quién eres. Los looks demasiado elaborados pueden leerse como duda. No intentar impresionar proyecta una sensación de estabilidad”.
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Pero Forbes-Bell subraya que la psicología detrás de este fenómeno es más matizada. “Existen estudios que demuestran que quienes se visten de manera poco convencional —como las personas que usan zapatos llamativos en entornos corporativos— son percibidas como más seguras y creativas. La confianza no es sinónimo de minimalismo, tiene que ver con la coherencia con tu identidad”.
Las redes sociales, sin duda, han tenido un papel clave en este giro. Plataformas como TikTok e Instagram han venerado la falta de esfuerzo hasta convertirla en una estética en sí misma: recogidos despeinados que toman veinte minutos, rutinas de no-makeup makeup con nueve productos y looks “simples” cuidadosamente diseñados para generar impacto visual.
Nightingale afirma que TikTok, en particular, ha moldeado este cambio. “Comenzó como una forma de autoexpresión más auténtica y cruda, pero rápidamente evolucionó hacia otra estética. La performance de la naturalidad se volvió aspiracional”. Y señala dos motores psicológicos detrás de esta tendencia. Una menor sensibilidad al juicio —especialmente entre la Generación Z— y la optimización cognitiva, es decir, la idea de que vestirse de forma simple libera espacio mental para la creatividad y la productividad.
Estos factores reducen las decisiones en torno a la ropa y, efectivamente, pueden disminuir el estrés. Nightingale cita la enclothed cognition, un efecto psicológico según el cual la ropa influye en cómo pensamos y sentimos.
“Si asocias tu vestimenta con comodidad, seguridad o fortaleza, experimentarás más de eso. Reducir la carga cognitiva siempre mejora el bienestar”.
La ironía, por supuesto, es que verse despreocupada suele requerir esfuerzo. Entonces, ¿el low-energy dressing es realmente liberador o simplemente una nueva forma de presión estética? “Comenzó como un mecanismo de afrontamiento”, dice Kate Nightingale, “pero todo lo que se vuelve popular corre el riesgo de transformarse en una nueva fuente de exigencia”.
Forbes-Bell es directa: “Sí, este es otro estándar de belleza. Pero la performance no siempre es algo negativo porque presentamos una versión de nosotras mismas al mundo”. Las mujeres, señala, lo sienten con especial intensidad debido al llamado beauty premium: quienes se ajustan a los estándares de belleza suelen obtener ventajas sociales y económicas.
“La presión por verse impecable —ya sea de manera aparentemente natural o no— sigue estando presente”.
Para muchas personas, el atractivo del low-energy dressing está ligado a la fantasía de una vida que fluye sin fricciones. “El tiempo es el lujo máximo hoy”, afirma Forbes-Bell. “Vestirse sin esfuerzo sugiere que tienes más de él. Ser rica en tiempo se ha convertido en un nuevo símbolo de estatus”.
Terrelonge añade que la simplicidad refuerza la seguridad psicológica. “Se interpreta como tener claro qué es lo importante. Comunica dominio de uno mismo”. El low-energy dressing no se limita a la moda. Aparecen movimientos paralelos en interiores, bienestar y cultura: paletas neutras, depuración de espacios, slow living, estéticas suaves. Nightingale lo interpreta como parte de una búsqueda más amplia de seguridad y control:
“Cuando la vida se siente inestable, nos atraen la nostalgia, la simplicidad y el tradicionalismo. Eso activa nuestra sensación de control”.
El auge del trabajo remoto también ha influido. “Las personas se dieron cuenta de que vestirse con comodidad puede mejorar el rendimiento laboral y el procesamiento cognitivo. Una vez que lo experimentas, quieres mantenerlo”, señala Forbes-Bell. Las expertas coinciden en que, aunque la estética en sí pueda ser pasajera, la psicología que la sostiene es de largo plazo.
Nightingale prevé que la necesidad subyacente de estabilidad se mantendrá durante cinco a 10 años más. “Pero esta expresión específica de la moda no satisfará esa necesidad indefinidamente. Cuando se vuelve demasiado popular, pasa de ser libertad a convertirse en obligación”.
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Forbes-Bell cree que el futuro dependerá del clima emocional de la sociedad. “Si las personas siguen aisladas y la economía continúa tensionada, el cambio se sostendrá. Pero si regresamos a la alegría, la celebración y la conexión, el péndulo podría volver a oscilar”.
En definitiva, el low-energy dressing refleja a una generación que navega el agotamiento, la sobreestimulación y la incertidumbre; pero también insinúa algo discretamente esperanzador. Al elegir prendas que resultan reconfortantes en lugar de performáticas, las mujeres están redefiniendo cómo puede verse el estilo cuando se guía por la intención y no por la presión. Y, al final, si la simplicidad es el punto de partida, quizá también sea la base sobre la que puedan crecer nuevas formas de creatividad. (I)
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Reino Unido.