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Últimamente parece que buscamos señales en todas partes, incluso donde no las hay. Antes de plataformas de predicción o tendencias virales, los dobladillos ya funcionaban como una especie de oráculo económico. El llamado hemline index sugería que, en épocas de bonanza, las faldas se acortan, y en tiempos difíciles, se alargan. Más que un indicador económico fiable, terminó siendo un reflejo cultural. La idea se remonta a una tesis de 1929 del economista George William Taylor, que observó un auge en la venta de medias tras la guerra, probablemente impulsado por el acortamiento de las faldas. Entonces, ¿cómo leer estos dobladillos desiguales que hoy dominan alfombras rojas y pasarelas? 

En los Grammy de 2026, Addison Rae apareció con un vestido blanco que cambiaba según el ángulo. Sin mangas y con un escote profundo, la falda se expandía desde la cadera y caía en un punto más largo al frente. Pero, al girar, revelaba una espalda mucho más corta, dejando ver incluso la ropa interior. Cada fotografía ofrecía una silueta distinta. La pieza, uno de los últimos diseños a medida de Pieter Mulier para Alaïa, tomaba como referencia la icónica imagen de Marilyn Monroe sobre la rejilla del metro.

Para Dara, su estilista, el dobladillo irregular le recuerda un poco a cómo se imaginaba de niña que sería un vestido fabuloso: lo suficientemente corto como para ser sexy, pero lo suficientemente largo para ser espectacular. 

“Es glamour desestructurado, como si algo hubiera salido mal. Recuerda al mal gusto y a los percances de vestuario, lo que parece una forma moderna de abordar la belleza y la elegancia. Es misterio y revelación al mismo tiempo”. 

dobladillos
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Un mes después, en los Oscar, Mia Goth llevó esta idea aún más lejos. Comenzó la noche con un vestido etéreo de encaje blanco de Dior, abierto al frente para mostrar las piernas, mientras la parte posterior se extendía en una cola larga. Más tarde, en la fiesta de Vanity Fair, apareció con un vestido negro aparentemente clásico hasta que se descubría, por detrás, una falda corta de tul blanco. Esa misma noche, Tracee Ellis Ross lució un diseño de Marine Serre con un corte inesperadamente elevado en los laterales. 

En las pasarelas, la propuesta fue todavía más radical. Givenchy presentó faldas elevadas solo al frente; Chanel, con Matthieu Blazy, jugó con largos simultáneamente cortos y extensos; Alaïa diseñó piezas que caían de una cadera al tobillo en diagonal, y Jack McCollough y Lazaro Hernandez, en su debut para Loewe, exploraron volúmenes asimétricos que parecían desbordarse del cuerpo. Ahora, esta silueta ¿es formal o casual? ¿Conservadora o provocadora? Quizás esa tensión es precisamente lo que atrae a los diseñadores, que reinterpretan el significado histórico del largo de una falda.

La asimetría en los dobladillos, desde luego, no es nada nuevo. Según la historiadora de la moda, Emma McClendon, las faldas que a la vez exhiben y ocultan se remontan a la indumentaria medieval. Casi siempre hay un ejemplo "en el que la cuestión no es el equilibrio, sino crear más contraste y más caos”. Pero lo que vemos ahora, añade, se parece sobre todo a lo que ocurrió en la década de 1920. En aquel período, los vestidos flapper escandalizaban a la sociedad con sus siluetas holgadas y libres de corsé, con dobladillos que subían por encima de los tobillos. Un largo desigual, más corto por delante, potenciaba el movimiento —perfecto para bailar el charlestón— y encarnaba la resistencia de la sociedad ante los dobladillos más cortos. Diseñadores como Madeleine Vionnet, Paul Poiret y Gabrielle Chanel, entre otros, abrazaron esta idea. 

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Quizás los desconcertantes largos de las faldas y los vestidos que vemos hoy en día son menos un signo de incertidumbre económica (aunque eso también se sostiene) y más un síntoma de una desorientación generalizada. Estos tiempos son cualquier cosa menos tranquilos: son caóticos en lo político, en lo económico y en lo social. Y lo mismo ocurre con la moda. El sexo está de vuelta, pero ¿cómo se ve exactamente lo “sexy” ahora? Los códigos de vestimenta son menos estrictos que antes, lo que favorece tanto la creatividad como la confusión. La tendencia del quiet luxury nos dijo que construyéramos un armario cápsula lleno de básicos, pero cada día surge una nueva microtendencia que desafía esa lógica. Vestirse se convirtió en un proceso lleno de dudas —casi un millón de preguntas—, así que no sorprende que esas incertidumbres hayan terminado por reflejarse también en las pasarelas. 

Apenas estamos empezando a tomar la distancia necesaria para analizar con propiedad la moda de comienzos del siglo XXI, cuando el dobladillo high-low vivió su último gran momento. McClendon sitúa el período entre 2008 y 2013 como el punto más álgido de esta tendencia que se extendió más allá de vestidos y faldas hasta llegar a chaquetas, camisas e incluso prendas con corte peplum, ese volante que se abre desde la cintura. 

"La moda de los primeros años 2000 era puro caos, una ruptura total con los códigos de vestimenta. Cuando llegamos a finales de la década de 2010, ya estamos en un período de minimalismo, entrando en un momento de gusto muy higienizado, muy sanitizado”.

dobladillos
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El dobladillo high-low no solo reúne elementos de ambas ideas, sino que está literalmente atrapado entre dos siluetas. Algunos diseñadores están revisitando ese período con una especificidad casi literal. El director creativo Nicola Brognano, conocido por sus diseños de inspiración Y2K (de los 2000) en Blumarine, le dio a la marca denim 7 For All Mankind un lavado de cara de pasarela, llevándola por primera vez a la New York Fashion Week con un desfile de otoño 2026 que incluyó faldas con este corte. Para él, estas prendas son “un contraste entre extremos”.

La estilista Dione Davis, al reflexionar sobre su propia experiencia de los años 2010, lo resume con ironía: “Para mí, la muerte es un dobladillo high-low. Pero siento que lo que estamos viendo hoy en realidad es bastante chic”. En París, Jonathan Anderson experimentó con esto para el otoño en Dior, como comentario sobre los códigos de vestimenta y la idea contemporánea de arreglarse. Su modelo que abrió el show llevó una nueva versión de la chaqueta Bar, reducida a una de punto gris, texturizada, combinada con un minúsculo tutú con bordes decorativos y una larga cola que caía por detrás. Los vestidos y las faldas, densamente superpuestos para recordar a las crinolinas (esas estructuras históricas que daban a las faldas un volumen exagerado) se cortaban mucho más alto en la parte delantera que en los laterales. Ideas similares se exploraron en las colecciones de otoño de Altuzarra y Chanel.

“Creo que ahora mismo está pasando algo con la manera en que se habla de los cuerpos femeninos, o de cómo se presentan en el mundo, que es muy central para las tendencias culturales más amplias”, afirma McClendon. En los años sesenta, las minifaldas se convirtieron en símbolo de liberación, tras la silueta conservadora del New Look de Christian Dior en los años cuarenta y cincuenta. Pero ¿siguen siéndolo hoy? ¿O resultan reductoras? Se pueden defender ambas posturas.

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“Este dobladillo resulta interesante porque lo es y no lo es: es revelador y no lo es; es conservador y no lo es. Depende del ángulo desde el que lo mires”. O quizás no sea tan profundo. “Los dobladillos tienen menos que ver con el simbolismo y más con el estilo personal. Una falda más larga puede sentirse increíblemente casual si se estiliza de una forma desenfadada; y una falda más corta puede verse pulida, dependiendo del tejido y las proporciones”, dice Marissa Galante Frank, directora de moda de Bloomingdale’s. 

Un buen número de celebridades con estilo ya han avalado la tendencia. Para asistir al desfile de otoño 2026 de Louis Vuitton, Zendaya combinó dos tendencias de los 2010, llevando una camisa blanca tipo vestido con un dobladillo abullonado high-low. Tilda Swinton y Jessie Buckley han lucido looks de Chanel que combinan camisas de vestir, sueltas y ligeramente desordenadas, con faldas de este tipo.

Pero, al final, ¿las mujeres realmente comprarán estas nuevas siluetas? “Una falda que sirve para todo es una falda que necesitas”, dice Davis. Cruza tantas categorías que, en teoría, podría atraer a todo tipo de compradoras. “Es como preguntarse: ¿cuál es la silueta de la temporada? Estamos en territorio del ambas cosas a la vez”. Al fin y al cabo, contenemos multitudes.

“Una de las razones por las que me atraen los bajos irregulares es que casi siempre odio la simetría”, dice la diseñadora de Collina Strada, Hillary Taymour, conocida por el universo deliciosamente extraño que ha construido. 

Su colección de otoño 2026, un diálogo entre una feminidad flower-child, una oscuridad vampírica y proporciones gorpy, culminó en varias faldas y vestidos de cuadros, cortos por delante y largos por detrás. “Creo que un gran vestido depende siempre de un punto de desaliño. La colección reúne elementos conservadores y juguetones que dialogan con un momento cultural más amplio”. Tal vez la liberación definitiva consista en no tener que elegir entre una silueta y otra. Con un dobladillo high-low, puedes tener tu pastel de moda y comértelo también. (I)

Nota publicada originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos y en la quinta edición impresa de Ecuador. Consíguela:

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