Las mujeres que están cambiando el fútbol
Harper's BAZAAR Ecuador

Dicen que Vanessa Arauz empezó a patear antes de nacer. Su madre siempre bromeó con que no dejaba de moverse durante el embarazo, como si el fútbol ya estuviera ahí desde entonces. Hoy, con 37 años, dirige la selección femenina Sub-17 de Chile y trabaja como instructora junto a la Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL). Esta quiteña fue la primera mujer en graduarse como entrenadora en la Federación Ecuatoriana de Fútbol (FEF) y es la directora técnica que llevó, por primera vez, a la selección femenina a un mundial. Además, se convirtió en la persona más joven en dirigir en una Copa del Mundo.

Desde Chile, confiesa a Harper’s BAZAAR Ecuador que nunca pensó tener esta trayectoria. Empezó a jugar a los seis años en el equipo de Emelec, en Guayaquil. “Me acuerdo que éramos solamente dos niñas y el resto eran varones o mujeres más adultas”. Sus padres eran más aficionados al tenis, pero tuvo un tío que la inspiró con la pelota y fue uno de los primeros en enseñarle a jugar. “Yo no veía qué podía hacer una carrera como jugadora, pero sí como entrenadora. En esa época era mucho más complicado. No había equipos, no había ligas, era distinto”.

Cortesía
Cortesía

A los 22 años decidió inscribirse en el Instituto Tecnológico Superior de la FEF y la escena se repitió: tres mujeres y 40 hombres en el curso. Al finalizar el último año, sus dos compañeras desertaron y se quedó sola junto a 30 varones. Culminó sus estudios y, gracias a su rendimiento sobresaliente, la Federación la nombró asistente técnica de la selección femenina. En 2013, estuvo al frente del equipo como directora técnica principal.

“Cuando entré a la selección yo tenía 22 años. Con 24 ya dirigía y tenía jugadoras que eran mayores a mí. Habían vivido tres Copa América, varios sudamericanos, tenían 30 años”. En 2015, con 26 años, se sentó en ese banquillo en el Mundial de Canadá. Ese día fue oficialmente la directora técnica más joven en la historia de un Mundial FIFA. 

Contenido relacionado: Cuando el fútbol y la alta costura juegan en el mismo equipo

Este evento deportivo cambió cosas que no se ven en las estadísticas. "Yo siento que nuestra participación abrió esa pequeña puerta para las jugadores en el extranjero que en su momento parecía que estaba cerrada para nuestro país. Fue un antes y después, más allá de nuestra primera clasificación en una categoría adulta y todo lo que se vivió, para mí fue traspasar esa frontera". Solo en el 2025, por ejemplo, se reportaron 32 futbolistas ecuatorianas en clubes extranjeros. 

Una de las que creció con ese horizonte no tan claro pero hoy juega en el exterior fue la arquera Kathya Mendoza. Nació en Ricarte y creció en Caluma, un cantón de la provincia de Bolívar. De niña pensaba más en terminar el colegio o meterse al ejército que en viajar y jugar fuera del país. “Nunca se me pasó por la cabeza que podía vivir del fútbol”. En su casa el balón siempre estuvo presente gracias a su padre. Aunque pasó por algunos otros deportes como el atletismo antes de llegar a la cancha verde.

Su historia cambió con esa misma Copa en la que Arauz debutó como directora técnica. Vio, junto a su padre, la final entre Estados Unidos y Japón. “Ahí me enamoré totalmente del fútbol femenino. Empecé a tener la ilusión de jugar profesional, pero lo veía lejísimos, como un sueño frustrado. Tenía que terminar el colegio, estudiar… No estaba en mis planes, pero siempre lo sentía y lo quería”.

El salto al profesionalismo tuvo condiciones muy distintas. En su primer club, dentro de la Superliga femenina (torneo creado en 2019),  durmió en un colchón en el piso, en una casa compartida con más de 10 jugadoras. El presupuesto para alimentación era limitado y la rutina se repetía casi siempre de la misma manera. Aunque era arquera titular, no había un trabajo específico para su posición. “Yo atajaba como venga. No sabía caer, no sabía cómo sacar una pelota colocada. Nunca había recibido el entrenamiento oportuno sobre cómo ser arquera”.

Al terminar esa temporada regresó a su pueblo con la idea de dejar el fútbol competitivo. Retomó el plan de ser militar y estudiar psicología. En 2020, una nueva propuesta desde Quito en el Club Ñañas modificó ese rumbo y, 2022, llegó la opción de incorporarse a Independiente del Valle. En ese espacio obtuvo lo que necesitaba: un entrenador de arqueras con un plan de trabajo definido, vivienda para las jugadoras, alimentación cubierta, seguro de salud y espacio para avanzar en la universidad. Con el tiempo, en 2023, fue convocada en la selección ecuatoriana y, después, en 2025, firmó un contrato con un equipo mexicano.

Hoy, luego de siete meses, ya está instalada en México y defiende el arco de Santos Laguna en la liga profesional. Mendoza habla de ese salto con una mezcla de vértigo y gratitud. Explica que ahora solo se dedica netamente a jugar y entrenar. Ella cuenta que le sorprendió la intensidad de la hinchada, las banderas en las tribunas y la manera en que la gente se apropia del equipo como parte de su identidad. 

Contenido relacionado: Esta es la sastrería que viste a la selección ecuatoriana para el Mundial

Su experiencia le confirmó que el talento por sí solo no alcanza. “De las cosas que faltan es la inversión en los clubes y equipos femeninos. Tomará tiempo construir una estructura fuerte, pero si no se invierte hoy, el futuro no llega”. A esto suma la visibilidad: una cobertura mediática necesaria que empiece a contarlo como una historia que merece ser seguida semana a semana. 

Por ejemplo, aunque la industria del fútbol en el mundo mueve más de US$ 500.000 millones al año, un 49 % de las futbolistas profesionales no recibe ningún salario y un 87 % finalizará su carrera deportiva antes de los 25 años por la baja o nula remuneración, según datos del 2018 presentados por el Federación Internacional de Asociaciones de Futbolistas Profesionales (FIFPro). 

El tercer pilar, para Mendoza, es la educación. “Hace falta más orientación dentro del fútbol porque muchas jugadoras no saben cuáles son sus derechos, ni qué cosas no tienen por qué aceptar”. Lo ve en pequeñas decisiones de contrato, en condiciones de vivienda o alimentación, en maltratos que se normalizan. Por eso reivindica modelos de clubes que invierten en formativas, infraestructura y equipos de trabajo como algo más que un gasto.

Arauz coincide con esa lectura cuando habla de lo que todavía no ha cambiado. Para ella, el gran pendiente está en la manera de “vender” el fútbol femenino. No basta con que existan ligas profesionales si los partidos se programan en horarios imposibles, si los estadios siguen vacíos o si las campañas de comunicación son copias menores de las que se hacen para los hombres. 

El fútbol femenino, insiste, necesita construir una identidad propia.

"Recuerdo ver la Copa Libertadores en 2009 por televisión y notar tres personas y el heladero en la tribuna. Años después, trabajando como instructora y analista para CONMEBOL, me tocó ver lo mismo: partidos con solo cinco asistentes. Ha pasado mucho tiempo para que esto siga igual y es una brecha enorme que debemos romper ” comenta.

Foto Arauz
Cortesía

En ese escenario, la imagen de una entrenadora de pie frente al banquillo adquiere otro significado. Arauz reconoce que el camino no fue sencillo y que muchas veces tuvo que abrirse paso en espacios donde pocas mujeres habían estado antes. Sin embargo, asegura que una vez que pisa la línea técnica, el género deja de ser el centro de la conversación.

"El momento que una se para ahí, se empodera del puesto en el que está. Ahí ya importa si esto era más de hombres o mujeres". 

Por eso, antes de los partidos, suele pedirles a sus jugadoras que adopten una "pose de superhéroe" como una forma simbólica de recordarles que pertenecen a ese lugar. Que confíen en el trabajo que las llevó hasta allí y en su capacidad para enfrentar cualquier desafío, sin cargar con la idea de que el fútbol —o el banquillo— es un territorio reservado para los hombres.

Es posible que ahí resida el verdadero patrimonio que hoy construye el fútbol femenino. No está solo en los títulos, los récords o las ligas que siguen creciendo, está en la certeza de que las próximas generaciones ya no tendrán que pedir permiso para ocupar la cancha. (I)