Cuando Alejandra e Isabel tenían siete y cinco años, respectivamente, empezaron a viajar a Estados Unidos cada verano, para vivir una experiencia familiar única durante sus dos meses de vacaciones. Fueron varios viajes y en ellos repetían la misma dinámica: en un camper jalado por una van, los Rivas cruzaban de la costa este estadounidense a la oeste. ¿El objetivo? Estar presentes con las botas de equitación, para salto y adiestramiento, de La Mundial en las diversas ferias de ese país y así dar a conocer lo que la marca familiar ha creado por más de un siglo.
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“Entre el segundo y el tercer año empezamos también a tener nuestro propio negocio con mi hermana: nos pusimos a limpiar botas”, dice Alejandra. Eso se tradujo en que en las ferias ellas repartían volantes y conseguían gente que requería de sus servicios. “Si eran clientes de La Mundial, les dábamos un descuento”. Esos viajes son los recuerdos iniciales de dos hermanas que, como muchas otras, acompañaron a sus padres a sus trabajos.
La diferencia es que fueron parte de una historia que tiene mucho que ver con la genética y con un sentido de negocio que ha permitido a LM Boots crecer y mantener un mercado nacional e internacional, con la mirada puesta en una mayor expansión. Al ser una empresa familiar que ha cruzado cinco generaciones, Roberto (su padre) también tiene presente ese recuerdo de infancia de estar en el Centro Histórico de Quito, salir de clases e ir al local de La Mundial, en las calles Cuenca y Mideros.

“Estuvo 80 años en ese mismo punto”, dice a Harper’s BAZAAR Ecuador. Veía la vida que se desarrollaba alrededor y cómo la tienda y el taller eran una especie de lugar de reunión entre su papá —cuyo nombre también es Roberto— y sus amigos, para conversar, comer algo y pasarla bien, con risas incluidas. Es como si todo lo relacionado con la marca se tratara de la cercanía.
Hoy, LM Boots está en un proceso de transición: Roberto, luego de 33 años a la cabeza, le está dejando las riendas del negocio a sus hijas Alejandra —que ingresó en 2024 a la empresa— e Isabel —que desde 2016 labora ahí—. “Sigo estando presente, pero ya no de forma tan intensa como antes”, confiesa el padre. Este cambio se mueve en dos geografías distintas: Florida, en Estados Unidos, donde tienen dos tiendas —en Wellington y Ocala, dos de los ejes de equitación de ese estado—, y Quito, en Ecuador, donde está el taller. “Después de 120 años nos parece increíble cómo la visión de nuestro bisabuelo, Francisco Rivas, de que la empresa fuera algo mundial, se está cumpliendo. Cada día nos acercamos y vendemos a más gente de Alemania, Suecia, Suiza, Nueva Zelanda y Sudáfrica. Donde más presencia tenemos es en Estados Unidos y en Canadá; ahí vendemos por 22 años”, cuenta Alejandra.
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LM Boots —o La Mundial, como todavía se la conoce en Ecuador— se caracteriza por confeccionar botas a mano y a la medida, con un precio que les permite competir con marcas italianas, portuguesas, alemanas, estadounidenses y holandesas. En la actualidad, la empresa da una ventaja a sus clientes: quienes quieran adquirir uno de sus ochos modelos pueden personalizarlo a través de la página web; y, con la ayuda de al menos 35 representantes de la marca —en tres países—, se pueden tomar las medidas para ajustarlo al pie y a la pierna.

El sentido familiar y el renacimiento de una marca
Fue en 1906 cuando Francisco Rivas creó un pequeño taller de botas en el Centro Histórico de Quito que fue creciendo con el paso del tiempo. En 1935, su hijo Roberto continuó con la tradición que heredó su hija Sonia, en 1968. Roberto Rivas II tomó las riendas en 1992. Con él, la marca llegó al exterior y hoy cuenta con dos centros de control, como un imperio con dos capitales. Alejandra está en Ecuador, enfocada en la comercialización; mientras que Isabel, la segunda mujer zapatera en la empresa familiar, permanece en EE.UU.
En 2014, La Mundial pasó a ser oficialmente LM Boots. “Le cambiamos el nombre porque en Estados Unidos era difícil pronunciar ‘La Mundial’”, cuenta Roberto, utilizando el acento pertinente para mostrar lo difícil que era para los norteamericanos pronunciar el nombre en español. Pero hubo algo más por esos años. Problemas legales con socios que tuvieron hace 15 años, aproximadamente, significó perder todo lo que tenía la empresa, excepto el nombre.
“Cuando nos pasó esta barbaridad, sentí lo que es quedarse sin trabajo a los 50 años”, recuerda Roberto.
Entre la posibilidad de pelear con abogados o usar el dinero que le quedaba para volver a empezar la marca, él decidió lo segundo y…
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