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En París, el lujo tiene un reglamento. Está escrito con precisión por la Chambre Syndicale de la Haute Couture. Esta institución, desde mediados del siglo XX, protege un concepto nacido en 1858, cuando Charles Frederick Worth —un inglés establecido en la capital francesa— fundó el primer taller que presentó sus diseños en desfiles privados. A partir de ese hecho, la costura “dejó de ser un oficio doméstico” para convertirse en un arte. 

Desde entonces, el término haute couture se convirtió en sinónimo de exclusividad. Prendas hechas a la medida, confeccionadas a mano, con materiales excepcionales y procesos que pueden tardar meses en completarse. Las puntadas representan horas de trabajo minucioso y cada tela responde a un criterio de perfección. Solo unas pocas casas —Chanel, Dior, Givenchy, Balenciaga, Valentino…— tienen el derecho legal de usar esa denominación y lo hacen bajo las reglas más estrictas. Hay que contar con un taller en París, emplear un número mínimo de artesanos y presentar dos colecciones al año. 

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Pero, más allá de los desfiles en la Rue Cambon o de los bordados firmados por Lesage, la alta costura representa algo más que tendencias, es una filosofía sobre el tiempo, la belleza y la singularidad. Una declaración de que lo valioso se personaliza hasta el último detalle. Sin embargo, fuera de París, otras miradas sobre el lujo están establecidas. En Ecuador, donde la historia textil tiene raíces milenarias y la artesanía aún se vive en la cotidianidad, el concepto de exclusividad adopta un nuevo significado. Aquí no hay un sello oficial que certifique lo que es o no alta costura, pero sí existe una manera de entenderla desde la identidad cultural.

Las manos que tejen paja toquilla en la Costa, las hebras minuciosas que nacen en las montañas, las piezas de orfebrería que traen a la vida símbolos precolombinos o las prendas de autor que rescatan métodos ancestrales, con una mirada contemporánea… En nuestro contexto, el lujo no siempre se mide en el precio de los materiales. Aquí se aplica el ciclo invertido en la historia y en el conocimiento transmitido de generación en generación. Cada labor tiene una firma invisible; una fibra tejida a mano cuenta un relato sobre territorio, herencia y resiliencia. En ese sentido, el lujo deja de ser una aspiración y se convierte en un verdadero relato.

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El diseñador cuencano Gustavo Moscoso considera que las prácticas tradicionales del país tienen el potencial de alcanzar el mismo nivel de refinamiento que una colección de alta costura europea. No obstante, para él, el primer paso es poner las cosas en su lugar. “El término alta costura lo venimos utilizando mal hace mucho tiempo. Es como usar un título nobiliario sin serlo. Poca gente sabe que la haute couture es una certificación, no una descripción poética”. A su criterio, en el país la confusión viene de llamar “alta costura a los vestidos de gala”.

Según este experto, el reto no está en imitar el modelo parisino, sino en elevar los procesos y definir el valor real desde la conciencia. “Lo primero es respetar los oficios, volvernos más manuales, dejar de competir por precio y entender que el lujo no es tener plata, sino tiempo”. Asegura que la verdadera sofisticación comienza cuando un cliente decide esperar por una prenda única, cuando un diseñador se toma el tiempo de crear algo auténtico y cuando se rescatan las técnicas locales —los patrones, los anudados, las fibras naturales— como signos de distinción. 

“Debemos sentirnos orgullosos de nuestras manos, de lo que somos capaces de crear. Eso también es lujo, las horas que uno invierte en algo bien hecho”.

Ahora, si llevamos la definición de alta costura al terreno ecuatoriano, podríamos decir que muchos de nuestros oficios tradicionales ya cumplían con esos criterios mucho antes de que existiera una Chambre Syndicale. Las tejedoras de Sígsig o las bordadoras de Zuleta trabajan bajo el mismo principio que guía a un atelier parisino: dedicación absoluta, precisión manual y la convicción de que lo hecho a mano tiene un valor irrepetible.

Para la diseñadora y periodista peruana Adriana Seminario, se debería revisar este término desde una perspectiva más amplia y contemporánea. “Alta costura es algo que debe definirse a una escala mundial, globalizada y con un enfoque de acuerdo con las diferentes culturas y contextos en los que existe”. Su reflexión parte de una realidad evidente: la excelencia artesanal y textil no es patrimonio exclusivo de Europa. En la India, explica, la herencia de bordados, pedrerías y tejidos hechos a mano constituye un universo de lujo que no necesita el sello francés para ser reconocido. “Esa herencia debería ser considerada alta costura”. Lo mismo ocurre en Latinoamérica, donde países como Ecuador poseen tradiciones textiles complejas, transmitidas durante siglos, que hoy están presentes en el mercado internacional.

Seminario advierte, sin embargo, que parte del problema radica en cómo entendemos el concepto de lujo…

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