La semana de la moda de Copenhague se consolidó una vez más como el epicentro de la moda escandinava y una de las plataformas más influyentes en materia de sostenibilidad. Esta temporada, 26 marcas de la región presentaron sus colecciones otoño‑invierno, bajo un estricto marco de responsabilidad ambiental. Para formar parte del calendario oficial, del 27 al 30 de enero, las firmas debieron cumplir 19 requisitos mínimos que incluyen —entre otros— la compensación de emisiones de carbono y la eliminación de perchas y fundas plásticas de un solo uso en sus operaciones.
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En este contexto, las propuestas no solo respondieron a la búsqueda de tendencia, sino también a una reflexión sobre circularidad, reutilización y funcionalidad. Harper’s BAZAAR Ecuador presenta las seis tendencias que se vieron en la pasarela y en el streetstyle.
La bufanda y los pañuelos como piezas protagonistas
La bufanda dejó de ser un simple accesorio. En las calles se utilizó como una protección para el frío, envolviendo la cabeza o el cuello, pero en la pasarela adoptó formas más ambiciosas: vestidos drapeados, faldas envolventes y abrigos tipo manta con flecos delicados, muchos confeccionados a partir de textiles reciclados o reutilizados.
La tradición vintage de Copenhague, considerada la capital de la segunda mano en los países nórdicos, se reflejó en un detalle concreto: el borde flecado de los pañuelos antiguos, reinterpretado como dobladillo de faldas, capas y vestidos. Esta tendencia retoma ecos bohemios de los años setenta, pero con una mezcla del streetstyle. Se llevan en la cadera, se superponen sobre pantalones y se piensan para funcionar tanto en la vida diaria como en imágenes de redes sociales.

La nueva versión de trajes con falda
El traje con falda reapareció en las pasarelas con una actualización evidente. Las siluetas se construyeron en cuero suave, tejidos estructurados y cortes precisos, alejándose de la estética rígida del traje corporativo tradicional. Firmas como Gestuz apostaron por materiales de peso y acabados pulidos, mientras que Anne Sofie Madsen incorporó elementos como capuchas, hebillas y cierres visibles, acercando el conjunto sastre a un lenguaje más utilitario.

Upcycling visible y deliberado
El reciclaje creativo, ya habitual en Copenhague, se hizo aún más explícito en esta edición. En lugar de ocultar el origen de los materiales, varias marcas lo destacaron como parte del diseño. En Sson se vieron suéteres transformados en faldas y bolsos convertidos en partes de prendas. Taus transformó textiles de hogar como mantas o tapicerías en vestidos, abrigos y capas.

Blanco total en pleno invierno
El blanco, un color multifacético, fue uno de los tonos dominantes en las propuestas de invierno. Sobre la pasarela se presentaron conjuntos monocromos en blanco y gamas cercanas como marfil o crema. La clave estuvo en el tratamiento de las texturas: lanas gruesas, mezclas técnicas, tejidos acolchados y superposiciones de capas que permitieron que el blanco funcionara en contextos de bajas temperaturas. Esta elección cromática apuntó a un invierno más luminoso y menos ligado a la paleta oscura.
Modern yuppies ochentero
Copenhague hizo un guiño a la estética yuppie, nacida del término young urban professional, que hacían referencia a los jóvenes profesionales característicos de la década de 1980. Los diseñadores presentaron blazers de hombros marcados, pantalones de pinzas, gabardinas llevadas sobre los hombros, guantes de cuero y trajes a rayas diplomáticas.
Algunas propuestas recrearon de forma más literal la atmósfera de la década, con referencias a la vida nocturna neoyorquina en la marca Gestuz o la silueta copiada y pegada de Grace Jones en Herskind. En cambio, la marca Forza presentó abrigos tipo ópera que se combinaban con medias azules y bubblegum heels, tacones escultóricos de líneas redondeadas, acompañados de medias de color intenso.

Suéteres fair isle y el regreso del broche
El suéter fair isle, con sus patrones geométricos característicos, se reafirmó como una pieza clave del invierno escandinavo. Su presencia en Copenhague subrayó la importancia de la funcionalidad ya que se trata de una prenda que aporta abrigo, textura y un componente identitario, que dialoga bien con faldas, pantalones amplios y capas superpuestas.
Junto a él, el broche emergió como accesorio destacado de la temporada. Se vio fijado en sombreros, abrigos, bufandas y bolsos, en versiones metálicas, con perlas, con logos o con diseño de joyería. Algunos asistentes apostaron por composiciones múltiples, acumulando varios broches en una misma prenda. Otros optaron por un gesto mínimo, como usar uno solo para sujetar una bufanda. (I)
