Estaba acostada en la proa del Hermes en busca de Júpiter, que supuestamente iba a estar visible. Una luna llena, con todo su esplendor, impedía ver esa lluvia de estrellas que caracteriza al cielo de las Islas Galápagos. De fondo se escuchaba el sonido de las olas al chocar con el catamarán y la famosa canción “Have you ever seen the rain” me acompañó en ese instante. Acabé de cenar y subí con un coctel en la mano para admirar las estrellas y encontré algo mejor: la quietud y la paz que solo esta maravilla del mundo ofrece.
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Esta aventura comenzó mucho antes de llegar al aeropuerto ecológico de las Galápagos, en la isla Baltra. Ya había visitado con anterioridad uno de los archipiélagos más famosos del mundo, pero en esta ocasión la empresa ecuatoriana Vía Natura se encargó de organizar un itinerario para Harper’s BAZAAR Ecuador en el catamarán más grande del mundo y el más lujoso de la flota existente en estas islas. Hermes fue nuestro hogar por cuatro noches y cinco días.
Esta embarcación comenzó a operar en el océano Pacífico desde mayo de 2025, con una capacidad para 20 pasajeros y el mismo número de tripulantes.


Completé previamente unos formularios con mis preferencias, desde el relleno de mi almohada hasta las bebidas que estarían esperándome en mi camarote. Me enviaron la lista de recomendaciones de lo que debía llevar —ropa deportiva y algunos outfits más casuales para las cenas—.
Al bajarnos del avión, una brisa marina contrastaba con la fuerza del sol que se imponía en lo más alto del cielo. Algunas lagartijas se cruzaban en el camino y las expectativas iban creciendo. El personal del Hermes nos condujo a la sala VIP, donde solo esperamos, con un vaso de jugo de naranja en las manos (ellos se encargaron de todos los papeles y los permisos de entrada).


No volví a cargar mis maletas hasta que estuve de regreso en la capital. La experiencia incluye atención 24/7, donde incluso te ayudan a empacar y desempacar tu equipaje. Nos movilizamos en una buseta con dos parejas que se sumaron a nuestro itinerario, que llegaron desde Estados Unidos e Israel. De acuerdo con Esteban Velásquez, presidente de Vía Natura, todos sus pasajeros son extranjeros en busca de experiencias, sin importar el precio. Llegamos a un puerto pequeño y —en el horizonte— pude divisar por primera vez lo imponente del Hermes, un catamarán construido 100 % en Ecuador, con material importado. Se necesitaron dos años para poner en marcha esta embarcación, que cuenta con cinco pisos y mide 50 metros en la eslora, casi la mitad de una cancha de fútbol. Su forma, muy similar a un superyate, hace que se diferencie del resto. Los tumbados se elevan, los tonos neutros dominan y la luz, que entra a través de grandes ventanales, marca el ritmo del espacio.


Nos pusimos chalecos salvavidas, nos enseñaron a dar la mano (realmente tomando el antebrazo de la otra persona) para subirnos a una panga y el viaje comenzó. Fueron menos de 10 minutos y estábamos desembarcando en el Hermes, donde toda la tripulación se alistaba para recibirnos. Desde el capitán, la directora de navegación, hasta los mayordomos, nos dieron la bienvenida con una copa de espumante bien frío. En la sala de recepción, un espacio amplio dominado por una escalera de vidrio, nos explicaron que no podíamos usar los zapatos adentro y nos entregaron las llaves de nuestras habitaciones, que eran unas pulseras waterproof, ligeras, pero muy útiles. Nos compartieron los itinerarios, nos presentaron a cada una de las personas que estarían encargadas de nuestro cuidado y nos alistamos para un almuerzo buffet, que se destacó por la variedad de proteínas y acompañantes.
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En una de las mesas centrales del restaurante de la tercera planta (hay otro en el cuarto piso) me esperaba Esteban para darme la bienvenida. Él había embarcado unas horas antes y disfrutamos de una comida que mezclaba los ingredientes locales, con técnicas y procesos internacionales. Este quiteño, economista de profesión, me confesó que su barco es diferente al resto por una sola razón: el servicio de ultralujo. Normalmente, las embarcaciones que funcionan en este parque nacional promueven que ‘el espectáculo’ se lleven las atracciones naturales y la vida silvestre (que sin duda te sacan más de un suspiro). Él pensó al revés: quería ofrecer un catamarán que complementara estas experiencias. No solo son habitaciones más amplias o buena comida, es una conexión tan profunda con el cliente que les permite anticiparse a sus necesidades y hacer que su visita sea única e irrepetible. Es ponerse al mismo nivel que otros barcos de ultralujo del mundo. Debo confesar que el ritmo del mar jugó en mi contra y tuve mareo por el movimiento, nada que una sopa de pollo y unos hidratantes no solucionaran (me cuidaron como si estuviera en casa).

Aquí el destino es el barco, que se enriquece con la belleza de las islas.
Dos parejas que alargaron su estadía se unieron a nuestro grupo. Ellos ya conocían la logística, que es muy fácil de entender. Teníamos una actividad en la mañana y otra en la tarde; en los tiempos libres podíamos disfrutar de las instalaciones y en la noche navegábamos. Cada habitación, de 35 metros, cuenta con todo lo indispensable. Una cama que se separa, si estás viajando con un amigo y que está orientada hacia el mar. Un escritorio, un minibar, con agua fría ilimitada, snacks y las bebidas que solicitaste con antelación. El baño está equipado con dos lavabos amplios y un jacuzzi con un gran ventanal inteligente, que —con un solo botón— se polariza para tener privacidad. Cada mañana puedes desayunar en tu balcón, con tu playlist favorita que se reproduce por un sistema de audio integrado, no necesitas salir a disfrutar del buffet, el room service y tu mayordomo hacen todo por ti, desde traerte unos ricos waffles hasta una tostada con aguacate o un desayuno ecuatoriano.


La inspiración de Esteban para crear este barco con dos cascos vino de sus viajes por el Mediterráneo, que le enseñaron que Ecuador es capaz de receptar turismo de gran valor. Así que los pisos italianos y la decoración, tallada a mano por artesanos locales, hacen que el valor de la experiencia aumente. Al segundo día, después del desayuno, visité la biblioteca, ubicada junto al spa y al gimnasio. La distribución estaba tan bien pensada que parecía que estaba sola en el barco. Los 20 pasajeros tienen varios espacios para usar, y solo en las horas de la comida estamos juntos. Cada pareja tiene su propia mesa amplia, con mantelería que planchan cuidadosamente cuando bajamos a las actividades. Al principio, cada uno ocupaba su lugar. Luego, por pedido de todos, unimos las mesas para compartir las aventuras del día. Así, en estos cinco días hicimos nuevos amigos.

En las noches tuvimos un fine dinning, con cinco tiempos. Priorizaron los vinos europeos y no podía faltar el pan fresco. En las entradas y los platos fuertes, siempre tenían dos opciones: desde un ceviche de mango hasta un pescado wahoo crudo. Una sopa o una crema para acompañar y llegaba el plato fuerte: un ossobuco cocinado lentamente en finas hierbas y vino rojo, o simplemente la pesca del día. El cierre estuvo a cargo de postres que no defraudaron, como un sorbete de maracuyá. Durante estas cuatro noches cada cena era una sorpresa agradable, llena de creatividad e ingenio. Estábamos en medio del mar, con una propuesta gastronómica que aspiraba al nivel de un restaurante con estrella Michelin…
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*Créditos
Fotografía: Daniel Queirolo.