Sacada de Fá

Para Estefanía Vela crear no es una decisión racional. Habla de su marca como si fuera un organismo vivo que la acompaña, que siente y se transforma. Sacada de Fá no surge como un proyecto estratégico ni como una lectura de tendencias. Aparece como una necesidad personal de crear desde un lugar que se siente bien.

Sacada de Fa
Sacada de Fá. Fotografía: Daniel Queirolo.

Nacida en Ambato y criada entre talleres, moldes y cueros, Vela pertenece a la segunda generación de artesanos. “Mis papás comenzaron con el negocio hace 35 años, yo tengo 34”, comenta a Harper’s BAZAAR Ecuador. El oficio fue parte de su cotidianidad. Creció viendo trabajar el cuero, entendiendo sus tiempos, sus límites y sus posibilidades. Con los años, esa cercanía temprana con aquel material se convirtió en una forma de leer el mundo. Con el lema de la empresa de su padre aún latente (Su imaginación en cuero) encontró el espíritu de Sacada de Fá.

Aunque estudió diseño gráfico industrial en la Universidad de Las Américas, la moda siempre estuvo ahí. El modelaje y los viajes —presentes desde su infancia— la familiarizaron con telas, cortes y procesos poco comunes. En casa no faltaban las revistas, las imágenes y las referencias visuales que formaron una sensibilidad particular. “Siempre quise irme por la moda, pero en ese momento no existían referentes que vivieran de esta industria”. Aun así, no se arrepiente de la carrera que escogió porque le permitió integrar dirección de arte, styling, fotografía y diseño gráfico en todo su universo visual.

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Antes de Sacada de Fá, Vela tuvo una marca de zapatos llamada UNlabelled. Funcionó, creció rápidamente y se enfrentó a una incomodidad imposible de ignorar. “Los sintéticos no tienen una vida larga y hacer zapatillas de cuero —para un público joven— no era rentable”. Pronto entendió que el modelo no dialogaba con su forma de crear.

Diseñar pensando únicamente en lo funcional, en lo que se vende y en lo que el mercado espera, empezó a sentirse ajeno. Según su relato, ese fue el momento de replantear el material, el proceso y el lugar desde donde estaba diseñando. Este quiebre vino acompañado de viajes y de conversaciones con diseñadores y colegas —propietarios de concept stores en otros países— que le llevaron a cuestionarse sobre la viabilidad de sus proyectos.

Sacada de Fa
Sacada de Fá. Fotografía: Daniel Queirolo.

Sacada de Fa
Sacada de Fá. Fotografía: Daniel Queirolo.

La respuesta llegó como una decisión de volver a diseñar desde el corazón. Así, en 2023, nació Sacada de Fá. El nombre recoge esa postura. “Sacada” como ir un paso más allá, incomodar y atreverse. El “Fá” aparece como una decisión gráfica y conceptual, una sílaba breve, sonora y pensada para circular. Todo termina con una frase que encapsula su ADN: classy but nasty. “Tiene que verse bien, elegante y fino, además de callejero, juguetón y divertido”.

Esa dualidad se traduce en la forma de producir. Ir más allá implicó ir más lento y tomar decisiones más coherentes con la esencia de su marca. Vela pasó de producir cinco carteras al día a solamente una. Cambió ritmos, precios y expectativas. “Ahora el tiempo se quintuplicó, pero para vale la pena”. Trabajar más lento le ayudó a volver al detalle, a la observación minuciosa, a ese punto donde el objeto deja de ser solo funcional y se convierte en una pieza con intención.

“Hay cosas que literalmente solo se hacen con tiempo”.

Las carteras se elaboran en cuero vacuno y gamuza, con distintos herrajes, que provienen de varios países. La selección no responde a tendencias ni a calendarios de moda, sino a una relación casi intuitiva con la materia prima. “La pieza me habla”, confiesa Vela sobre su proceso de producción, donde cada piel encuentra su forma y su modelo. Por eso muchas ediciones son limitadas, solo existen dos o tres en el mundo y esta ambateña sabe exactamente dónde están, lo que refuerza la idea de que cada pieza no se replica, se encuentra.

Sacada de Fa
Sacada de Fá. Fotografía: Daniel Queirolo.

Sacada de Fa
Sacada de Fá. Fotografía: Daniel Queirolo.

Vela realiza gran parte del proceso: diseña, desarrolla los modelos y trabaja los prototipos en su taller, ubicado en Quito, donde reside actualmente. En temporadas de mayor demanda, como Navidad, se apoya en mujeres artesanas del taller familiar en Ambato. 

“Siempre he trabajado sola, haciendo todo, pero llegó un punto en el que ya no me daba abasto”. 

Sus carteras cuestan entre US$ 135 y US$ 230, dependiendo del modelo, el tamaño y el nivel de detalle. En el caso de los accesorios, los precios van desde los US$ 40, ampliando el acceso a su marca sin comprometer su esencia artesanal. Están disponibles por medio de sus canales digitales y en tiendas físicas como La Imaginativa y Ciudad del Concepto, en Quito, y Anaquel, en Cuenca. Respecto al mercado internacional, la marca llegó a Los Ángeles y Panamá de manera orgánica, a través de contactos y clientas que llevaron sus piezas. Actualmente, se prepara para aterrizar en Bogotá.

La última colección que sacó se llama Majadera y marca un punto de madurez en su recorrido. Es más dramática y más consciente de su propio lenguaje. Vela se apropia de palabras que históricamente han sido usadas para señalar negativamente o desacreditar. “Majadera, belicosa, malcriada. Quería usar ese calificativo para empoderar”. No se trata de una provocación ni de generar shock, sino de tomar lo que incomoda y transformarlo en carácter e identidad. La colección nace desde la irreverencia y desde una reflexión profunda sobre el lenguaje, el cuerpo y la forma en la que ciertas palabras han sido dirigidas, históricamente, hacia las mujeres.

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Majadera cuenta con siete modelos base, cada uno se transforma según el color y la textura con la que se trabaja. Para Vela, esa elección no es aleatoria, responde a la persona que va a usarla. “Trabajo con colores básicos y neutros que se adaptan a distintas identidades; luego desarrollo ediciones especiales con prints de serpiente o cebra”. Por eso, ninguna cartera es exactamente igual a otra. 

Aunque el comportamiento de compra es variado, hay modelos que lograron una conexión particular con el público. “Siento que Rocota conectó muy bien”. Se trata de un bolso pequeño, pensado para la noche, que combina funcionalidad y detalle. “A pesar de que es chiquito, tiene muchísimo trabajo y es de los que más nos demoramos en hacer”. A eso se suma una mezcla poco habitual de colores y texturas que lo vuelve especialmente versátil. Otros modelos —como Potra— se han destacado por su funcionalidad sin perder carácter. Mientras que, Bobbitt se ha convertido en una opción recurrente para mujeres que buscan mayor capacidad.

Sacada de Fa
Sacada de Fá. Fotografía: Daniel Queirolo.

Esta emprendedora ya se encuentra trabajando en la colección 2026. Hasta ahora, el primer gesto es una cartera tote, presentada en sus redes sociales, como un spoiler de lo que se viene. “Quiero ir sacando las piezas cuando estén listas”. La idea es avanzar respetando los tiempos del hacer y del material, sin forzar calendarios.

Para cerrar la entrevista, Vela explica que cada colección viene acompañada de una transformación personal: en la forma de vestir, en los colores, en la actitud. En esta nueva etapa, los tonos se vuelven más sobrios y las formas toman protagonismo. El cambio está atravesado por un viaje a Japón y por nuevas sensibilidad que la acompañan, como la música. Entre las referencias están Dragon Dance, de Makoto Terashita junto a Harold Land, y Obaa Sima, de Ata Kak.

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Aunque Sacada de Fá se entiende como una marca de carteras, su universo abarca billeteras, cinturones y microfaldas de cuero. “No aparecieron por la demanda, fueron mis ganas de ver qué más podemos hacer”. Esta diseñadora entiende la expansión como una forma natural de ampliar el lenguaje de la marca y llevar el cuero (y la moda) un poco más allá. Ese mismo impulso, sin embargo, tiene un costo personal. 

“Vivir de una marca es difícil y no estaba disfrutando de las otras cosas que me encantan”. 

Aprender a separar se volvió tan importante como diseñar. En ese recorrido, su proyecto no solo le enseñó a crear objetos, sino a escucharse, a poner límites y a entender que sostener una visión también implica cuidarse. (I)