Hablar de anticoncepción ya no es un tema silencioso. Para las mujeres de la Generación Z, la relación con los métodos anticonceptivos atraviesa el cuerpo, la información, la salud mental y la autonomía personal. No se trata solo de evitar un embarazo, se trata de mantener un balance hormonal y de entender qué ocurre dentro del cuerpo, de descubrir cómo impacta en el ánimo, en el ciclo y en la vida cotidiana.
A diferencia de generaciones anteriores que trataron la anticoncepción como tabú, hoy las mujeres cuestionan, comparan, investigan y, muchas veces, desconfían. Las hormonas, que antes eran asumidas como parte del proceso, actualmente se han convertido en el centro de debate. El resultado: un giro hacia métodos de larga duración, alternativas no hormonales y una conversación mucho más abierta —aunque no siempre guiada— sobre salud reproductiva.
“La Generación Z tiene un acceso a la información que antes no existía”, explica la ginecóloga obstetra Marta Flores, con más de 17 años de experiencia y una consulta que atiende principalmente a pacientes jóvenes. “Eso es positivo, pero también puede ser riesgoso cuando la información no proviene de fuentes médicas".
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Las redes sociales han extendido el discurso sobre anticoncepción: TikTok, Instagram y blogs digitales que están llenos de testimonios, advertencias y experiencias personales. Sin embargo, esa misma avalancha de contenido ha alimentado miedos, especialmente alrededor de los anticonceptivos hormonales. El aumento de peso, cambios de humor, ansiedad o alteraciones del ciclo son algunas de las razones que llevan a muchas mujeres a descartarlos, incluso antes de una consulta médica.
En la práctica clínica, las opciones anticonceptivas disponibles hoy son amplias. Existen métodos hormonales, como las pastillas anticonceptivas, el parche, el anillo vaginal, el implante subdérmico y el DIU hormonal, que actúan suprimiendo la ovulación o modificando el equilibrio hormonal del cuerpo. También, están los métodos no hormonales, entre ellos el DIU de cobre, el preservativo y los métodos definitivos —como la ligadura de trompas—. “Cada uno tiene indicaciones distintas y no todos funcionan igual en todos los cuerpos. La clave está en evaluar antecedentes médicos, estilo de vida y expectativas de cada paciente".
En Ecuador, el método más común han sido las pastillas anticonceptivas, pero muchas mujeres están optando por cambiarlo. Entre información, experiencia personal y ensayo–error, los testimonios de mujeres jóvenes revelan cómo la anticoncepción se vive hoy desde el cuerpo.
La experiencia con las píldoras
María Emilia Salgado, de 26 años, utilizó pastillas anticonceptivas durante casi cuatro años. Aunque comenzó con fórmulas catalogadas como “suaves”, su experiencia estuvo marcada por una sensación constante de pesadez, retención de líquidos y un aumento de peso que no lograba explicar —pese a una alimentación cuidada y una rutina intensa de ejercicio—. “Me mataba entrenando y comía sano, pero cada vez me sentía más inflamada”.
A eso se sumaron antojos intensos de azúcar y una sensibilidad emocional persistente. Tras dejar las pastillas, su cuerpo tardó meses en estabilizarse, pero el cambio fue evidente: pérdida de peso, desaparición de la retención de líquidos y una mejora en su estado de ánimo. “No demonizo las pastillas, hay mujeres a las que les funcionan perfecto. Pero no eran para mí".
Isabel Solís, también de 26 años, quien usa el implante subdérmico hormonal, recuerda que el mayor impacto no fue inmediato, sino progresivo. “Yo antes era muy regular, pero cuando recién me lo colocaron tenía sangrados prácticamente todos los meses y eran tan abundantes que estuve a punto de retirármelo a los tres meses".
Con el tiempo, los sangrados se redujeron casi por completo, pero aparecieron otros efectos: cambios de humor, irritabilidad y episodios de llanto sin una causa aparente. “Ya casi se cumple el tiempo de retirármelo y, aunque me da un poco de miedo, no puedo esperar".
Ese tránsito entre métodos es cada vez más común. María Fernanda Silva, de 27 años, comenzó a tomar pastillas anticonceptivas a los 17 años, inicialmente para cuidarse y luego como tratamiento para el ovario poliquístico. “Estéticamente me funcionaban: me controlaban el acné y el peso”. Sin embargo, el costo fue emocional. “Cada vez que retomaba las pastillas sentía más ansiedad, más vulnerabilidad, menos energía y una baja importante de libido". Con el tiempo, decidió cambiar al DIU y luego al anillo anticonceptivo, buscando una opción distinta: “Voy poco tiempo, pero he tenido casi un mes entero de spotting (sangrado vaginal leve). Mi ginecóloga me dijo que es normal mientras el cuerpo se adapta”.
Independientemente del método, su reflexión va más lejos. “El peso de la anticoncepción sigue cayendo casi exclusivamente en la mujer. Me gustaría que la investigación médica avanzara también hacia alternativas masculinas, reversibles y no hormonales. No debería ser nuestra única carga”.
El auge de los métodos sin hormonas
En un nuevo mapa anticonceptivo, el dispositivo intrauterino (DIU), especialmente el de cobre, vive un verdadero renacer. Su efectividad, cercana al 99 %, y el hecho de no contener hormonas lo han convertido en uno de los métodos más solicitados por mujeres jóvenes.
“Durante años existió la idea de que solo las mujeres que ya habían sido madres podían colocarse un DIU. Hoy eso ha cambiado”, aclara Flores. Existen dispositivos de menor tamaño, aptos para mujeres que no han tenido hijos, siempre que exista una evaluación ginecológica previa.
Aun así, la especialista insiste en algo clave: no hay métodos universales. “Si una paciente presenta ciertas condiciones como ovario poliquístico, sangrados abundantes o desequilibrios hormonales, los anticonceptivos hormonales pueden ser, en realidad, parte del tratamiento".
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Desde la ginecología, la anticoncepción se centra en eficacia y seguridad; pero, desde la nutrición aparece otro aspecto: el impacto a largo plazo sobre el eje hormonal, el metabolismo y la salud intestinal. Eliana Ormaza, nutricionista con 10 años de experiencia y especializada en salud hormonal femenina, lo describe con claridad. “Cuando tú tomas anticonceptivos, se apaga tu ciclo. Es como tener una menopausia temporal. No quiero demonizar los anticonceptivos: hay mujeres a las que les funciona muy bien. Pero la decisión debe ser informada”.
En consulta, Ormaza ha observado patrones que muchas pacientes normalizan: migrañas, cambios de ánimo, ansiedad, retención de líquidos y deficiencias nutricionales —especialmente de zinc, magnesio, folato y vitamina B6— además de alteraciones en la microbiota intestinal.
“El empoderamiento femenino hoy pasa por entender tu cuerpo y decidir desde ahí”.
Las opciones existen, pero la responsabilidad sigue recayendo mayoritariamente en la mujer. Por eso, la anticoncepción deja de ser un trámite médico para convertirse en un acto consciente. Entender el propio ciclo, escuchar al cuerpo y cuestionar lo aprendido no es una tendencia pasajera, sino una forma de cuidado. Uno que, para esta generación, empieza desde la información y termina en la elección. (I)