Una pareja de quiteños da vida a bolsos de animales del Ecuador. Mishell Ushiña y Juan Diego Guzmán no son profesionales de la moda, pero sus pasiones los han llevado a esta industria. Hace cuatro años crearon su marca GoBag, donde diseñan piezas que buscan llevar la identidad del país a quien las porta.
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La idea nació de Mishell, cuando buscaba crear un bolso funcional. Su historia con el arte y la necesidad de crear venía de mucho antes. Esta quiteña fue criada en una familia joyera, ahí la creación estaba por sentado, tanto así que recuerda que su padre le hacía dibujar diseños de joyas para darle vida a piedras preciosas que estaban en la mesa. En esas experiencias ella descubrió que le gustaba diseñar. Aunque todavía colabora con el negocio de sus padres, su proyecto propio “nació como un acto de rebeldía”.
Para ella, era un grito de libertad plasmar sus propias ideas sin los lineamientos impuestos por una marca ya establecida. Era hacer algo suyo.
Mishell estudió Ingeniería en Gerencia y Liderazgo, pero se formó de manera autodidacta y a través de cursos de moda. Cuando llegó el momento de levantar un proyecto propio, junto a Juan Diego —ingeniero en Biotecnología— dio cuerda a todas esas ideas que había acumulado. El proceso fue de prueba y error: encontrar modelos que cumplieran con su premisa de funcionalidad sin dejar de lado la estética.

Ambos complementan sus habilidades. Mientras Juan Diego se encarga de la moldería, las ventas y los procesos técnicos detrás de cada modelo, Mishell se enfoca en coser muestras, seleccionar paletas de colores y la dirección creativa. Así, cada bolso parte de una necesidad práctica, pero termina convertido en un objeto con identidad. GoBag sigue siendo, hasta hoy, un proyecto que ambos sostienen fuera de sus trabajos formales. Por eso le dedican fines de semana y, cuando la producción lo exige, también días entre semana.
En materia textil, GoBag trabaja opciones que no sean de origen animal. Ellos explican que en la búsqueda decidieron optar por proveedores extranjeros. La marca recurre a telas sintéticas importadas, principalmente de Corea y China. Son materiales impermeables, repelentes a fluidos y resistentes al desgarro, además de permitir la impresión personalizada. Al llegar en stocks limitados, también determinan una producción de piezas pequeñas y, en muchos casos, irrepetibles.
Esa lógica se distancia de la producción masiva. este equipo trabaja desde una escala reducida, con procesos manuales y una atención cercana a cada modelo. La marca no busca replicar decenas de unidades iguales, sino desarrollar objetos que cambien, evolucionen y añadan nuevos compartimentos, cintas, herrajes o detalles con el tiempo. Cada bolso pasa por la revisión de sus fundadores y conserva la impronta de un proyecto que creció desde una máquina doméstica hasta un taller con apoyo en confección y corte.
“Yo, como le digo a Juan Diego, literalmente soy una niña de campo por dentro, 100 %. Entonces, para mí, todo esto de que siempre en mis diseños ves las nubes, ves el sol, ves todo eso, es un básico”.
Por esa razón, sus creaciones están relacionadas con su infancia y con la vida que hoy comparte con su esposo lejos de la ciudad, en un entorno donde el ruido desaparece y la naturaleza ocupa el centro. Viven a alrededor de una hora y media de Quito, rodeados de verde, caminatas y observación constante del entorno. De allí surgen muchas de las referencias como animales y plantas que luego llegan a sus bolsos.

Su última colección, Viva, encarna esta idea. Crearon bolsos, pouches, neceseres, bandoleras y chubasqueros, aunque todavía tienen más ideas que saldrán en lo que resta del año para representar a las cuatro regiones. Entre estas piezas, las carteras en forma de rana fueron las que más llamaron la atención en redes sociales y que generó pedidos internacionales de México, Estados Unidos y Alemania.
La historia comenzó un sábado en el parque Wikiri, ubicado en el valle de Los Chillos. Mishell visitó el espacio junto a su esposo. Durante el recorrido, una guía les explicó sobre algunas de las especies de ranas ecuatorianas que se encuentran en peligro de extinción. La experiencia abrió una nueva posibilidad dentro del universo creativo de la marca.

Tiempo después, mientras revisaba Pinterest, Mishell encontró un bolso que tenía una lagartija en la parte posterior. Entonces surgió la pregunta que daría origen a los diseños: ¿por qué no podía ser una rana? La diseñadora hizo una primera preselección de especies basada en las paletas de color que le interesaban; luego, Juan Diego se encargó de la validación fina y comprobó que fueran especies endémicas del Ecuador o que tuvieran características particulares.
Así llegaron a cuatro referencias: la rana jambato —para la que hicieron una reconstrucción de color—, la rana chachi, la rana dardo y la rana kiki. Materializar el primer modelo tomó cerca de un mes. El desafío principal estuvo en la moldería, ya que debían lograr una silueta reconocible y estética pero también útil. Las primeras muestras, por ejemplo, no tenían espacio suficiente ni siquiera para guardar un celular.
Juan Diego desarrolló los moldes y Mishell se encargó de coser las muestras en máquina. Las patas y, sobre todo, el detalle de los dedos implicaron un reto técnico adicional. Para conseguir un mejor acabado, Mishell decidió coser esa parte a mano. Los bolsos tampoco son planos: necesitan relleno, casi como un peluche, para sostener su volumen. La marca sigue tomando encargos personalizados, como el que hicieron recientemente para una clienta radicada en Estados Unidos, que cursa un doctorado en toxicología y les pidió un modelo con ranas del Ecuador como un guiño a su historia.

A futuro, la pareja busca expandir el universo de GoBag hacia prendas de vestir. La intención es seguir explorando las formas, especies y territorios del país —desde volcanes hasta nuevos animales ecuatorianos— para convertirlos en piezas de diseño de autor que acompañen la vida cotidiana.
Luego de cuatro años, esta pareja vuelve a preguntarse qué significa GoBag en sus vidas. Para Mishell, es un “sitio seguro” y un territorio de libertad creativa. “Es mi espacio de sentirme libre creativamente, hacia cualquier lugar que quiera ir”. Para Juan Diego, el proyecto habla de evolución y crecimiento personal. “Me gusta pensar que las ideas y los sueños que tenemos se pueden materializar; que en verdad somos capaces de cristalizar una idea”, finaliza. (I)