Fue una mañana entera de náuseas, de sostenerme de las paredes, de intentar entender qué le pasaba a mi cabeza mientras el techo, el piso, el escritorio, la computadora, las letras… todo seguía moviéndose a mi alrededor. Por primera vez, el mareo era sostenido y me ocasionó miedo. Había perdido casi todos mis sentidos y fue el momento de rendirme.
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El diagnóstico no fue sobre el oído ni nada estructural. Mi cuerpo respondió ante el estrés acumulado, canalizado a través de la normalización del insomnio. Yo estaba cansada de estar cansada. Así como el 40 % de la población mundial que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) padece insomnio o duerme mal.
No es un mal momento colectivo, es una tendencia que va en aumento y se ratifica en los datos. Del 2021 al 2025 la proporción de quienes casi nunca duermen bien pasó del 35 % al 38 %, según una encuesta global realizada a 34.946 personas por la asociación internacional de firmas independientes, Worldwide Independent Network (WIN). Hay un dato que, al leerlo, sentí como una acusación directa: a nivel mundial, un 52 % de las personas admite haberse quedado despierta hasta tarde usando tecnología. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, la cifra sube a siete de cada diez.

“Los datos reflejan una realidad preocupante, la población admite sacrificar horas de sueño por el uso de pantallas. Es particularmente alarmante entre las mujeres y los jóvenes”, declaró Constanza Cilley, directora ejecutiva de Voices, parte de las encuestadoras que presentaron el estudio. Richard Colwell, presidente de WIN, fue más allá. El aumento de los problemas de sueño “es una señal de advertencia que no debe ser ignorada”.
Según esta asociación, Ecuador ocupa el cuarto lugar de Latinoamérica en este hábito, 60 % de la población no está descansando. Antes está Chile, con el 77 %; México, con el 69 %, y Argentina, con el 66 %. El insomnio dejó de ser una molestia ocasional para convertirse en una condición estructural de nuestra época. Los especialistas lo están notando en sus consultorios, y los pacientes que no duermen padecen la crisis silenciosa que envejece la piel, enferma el corazón y quiebra la mente.
¿Qué pasa exactamente en el cuerpo cuando algo nos preocupa demasiado como para no dejarnos dormir?
Luis Miguel Hidalgo, cardiólogo y terapista intensivo, lo explica con una sola imagen: cuando hay estrés o ansiedad, el cuerpo libera un coctel de sustancias como adrenalina, noradrenalina, glutamato y dopamina. Eso nos deja, literalmente, en estado de vigilia. El neurólogo Marcelo Díaz lo confirma desde otro ángulo. El eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, activado por el estrés, dispara la producción de cortisol, que en los pacientes con insomnio no baja durante el día, sino que se mantiene elevado justo cuando el cuerpo debería prepararse para descansar.

Según los estudios que él consulta, cerca del 16 % de la población mundial, unos 900 millones de personas, vive con insomnio. Y advierte que la pandemia de COVID-19 fue un punto de quiebre. El insomnio asociado a la ansiedad se triplicó. Cuando empecé a escribir esto, revisé cuántas veces había estado despierta pasada la medianoche con el teléfono en la mano. Perdí la cuenta. La psicóloga clínica Jessica Albán, especializada en neuropsicología, tenía una explicación para eso: “El cerebro no se apaga permanece activo por toda la estimulación que tuvo a lo largo del día. Tenemos demasiadas opciones con un solo scroll”.
La doctora Viviana Aguirre, médica estética, confesó algo parecido desde su propia experiencia. Después de la pandemia atravesó un episodio de insomnio que le cambió la manera de ver a sus pacientes. “Me daba miedo que llegara la noche. Empecé a apagar las luces, a hacer todo un ritual, pero no servía de nada. Me di cuenta de que el problema no era la noche, era todo el día”.
En el consultorio de Aguirre, la falta de sueño no es un dato abstracto. Se ve, se palpa, se fotografía. El estrés sostenido eleva el cortisol, y el cortisol degrada el colágeno. El resultado son líneas de expresión prematuras, sobre todo alrededor de los ojos, y una piel que pierde luminosidad. "Una persona que recién va a cumplir 40 años no debería tener tantas líneas de expresión. Es un signo muy visible de que el paciente no está durmiendo bien", dice.
Durante el sueño, el cuerpo libera melatonina y hormona de crecimiento, ambas con efecto reparador. Cuando no dormimos, esa reparación simplemente no ocurre.
La caída de cabello es otro síntoma que Aguirre ve con frecuencia. Recuerda a un paciente que, en medio de un tratamiento contra la alopecia, atravesó un divorcio. Meses después, la caída se intensificó de forma notable, ligada directamente al estrés emocional del proceso. “Fue temporal, pero fue abundante. Es un ejemplo claro de cómo una situación emocional se refleja”. Para revertir el daño recomienda, por ejemplo, tratamientos de radiofrecuencia monopolar o mesoterapia con plasma rico en plaquetas, que permite activar el colágeno. Sin embargo, advierte que ningún tratamiento estético sostiene sus resultados si los hábitos de sueño no cambian primero.
Dormir no es una pausa, insiste desde la neurología el doctor Díaz. Es un proceso activo en el que el cuerpo repara músculos, sintetiza proteínas, estabiliza el sistema inmunitario y consolida la memoria. Cuando el insomnio se cronifica (más de tres meses, según la definición clínica que maneja), el tratamiento ya no puede depender solamente de cambios de hábito, entra en juego la medicación, desde inductores de sueño hasta, en última instancia, benzodiacepinas, que identifica como fármacos de riesgo adictivo. Hidalgo añade que el insomnio prolongado se asocia con procesos inflamatorios en la sustancia blanca del cerebro, con pérdida de mielina y fallas en la conducción nerviosa que a largo plazo pueden traducirse en problemas de memoria.
"Hay demasiada literatura sobre cómo el insomnio alargado va a determinar daño a nivel cerebral", afirma.
Ahí volví a mi propio vértigo. Albán e Hidalgo coinciden en que el estrés sostenido puede manifestarse en el cuerpo cuando la mente lo ignora. Dolores de cabeza, malestares gastrointestinales, zumbidos, mareos… “El cuerpo siempre va a encontrar la forma de manifestar que algo está molestando”, coinciden los especialistas. Hidalgo relaciona directamente el estrés sostenido con la baja del sistema inmunológico, y, con ella, cuadros como el herpes zóster y ciertos trastornos vestibulares (sistema que se ubica en el oído interno, que controla el equilibrio, la postura y el movimiento espacial).
Desde la cardiología, él describe una cadena de consecuencias que rara vez asociamos con el insomnio como la presión arterial elevada, taquicardias vinculadas a la carga emocional, dificultad para dormir acostado en casos de insuficiencia cardíaca, hipertensión pulmonar y sobrepeso. “Si queremos tratar el efecto, no estamos bien como profesionales. Hay que indagar la causa”, insiste.
Las cuatro fuentes repiten, cada una desde su especialidad (y el estudio de WIN lo confirma con números): ser mujer es, en sí mismo, un factor de mayor vulnerabilidad frente al mal descanso. Díaz cita una prevalencia de insomnio y ansiedad: 1,4 veces mayor en mujeres que en hombres, y tanto él como Albán insisten en que la explicación no es hormonal, sino social. “No es un tema genético. Tiene que ver con la posición de la mujer en nuestra sociedad, porque es la que se encarga de todo”, dice Hidalgo, y describe a pacientes que se levantan antes de las cinco de la mañana para preparar el almuerzo de toda la familia mientras siguen pendientes del colegio de sus hijos.
Albán lo confirma desde su propia experiencia: “Sentimos que, si no lo hacemos nosotras, ¿quién lo va a hacer?".
No sé todavía qué voy a hacer distinto. Sé que voy a dejar el teléfono más lejos de la cama, como recomendó Aguirre. Seguir una rutina que mantenga hábitos alimenticios saludables y una descarga asociada a la actividad física continua. Igual, no sé si sea suficiente. Lo que sí entendí, después de varios consultorios y un estudio con más de 34.000 personas, es que el cansancio que sentimos no es solo cansancio. Es, muchas veces, un cuerpo que lleva meses en alerta, tratando de decirnos algo que no quisimos escuchar durante el día. Hidalgo lo resume mejor: “Lo importante es poner orden en tu ser interno, frente a todas las decisiones, porque lo que uno quiere, al final, es vivir en paz”. Nada de eso empieza en la cama. Empieza mucho antes. (I)