En décadas pasadas, tener nuestra vida entera encapsulada en un solo aparato era una idea futurista, casi de otro planeta. En 1984, la marca de relojes SEIKO lanzó uno de los primeros modelos con aditamentos tecnológicos que permitía, además de ver la hora, tomar notas, realizar cálculos e incluso jugar videojuegos. Empresas como LG, Motorola y Samsung buscaron seguir sus pasos, hasta que en 2015 el Apple Watch marcó el ritmo de esta nueva categoría de wearables inteligentes, tan populares en la actualidad.
Lo sorprendente es ver cómo, a pesar de esta ola de inventos y avances tecnológicos que se perfecciona con cada nuevo lanzamiento, muchas personas todavía optan por alternativas más “antiguas”. Hace algún tiempo — aproximadamente desde la pandemia— se observó un retorno de todo tipo de artefactos analógicos. Incluso en redes sociales hoy vemos cómo los filtros intentan recrear el efecto de una fotografía antigua y cómo muchos de los outfits old money que se comparten llevan relojes clásicos como accesorio.
Es interesante observar que, mientras hay quienes no cambiarían sus smartwatches por nada del mundo porque se han convertido en una parte indispensable de sus rutinas, de su salud o incluso de sus herramientas de trabajo, las tendencias de Pinterest registran un crecimiento en las búsquedas de relojes vintage durante los últimos dos años; especialmente entre personas de 18 a 30 años. Justamente quienes crecieron haciendo todo con un solo tap o clic son quienes ahora buscan piezas atemporales como los relojes para acompañar su día a día.
Los relojes tienen una tradición milenaria. Comenzaron en el antiguo Egipto, hace más de 3.500 años. Gracias al sol y a la proyección de las sombras, calculaban el avance del día. Más tarde, se inventaron las clepsidras, o relojes de agua, para medir el tiempo durante la noche. A la par vinieron relojes de vela en Asia y los primeros de arena en Europa. Pero no fue hasta el siglo XI, en China, que se construyó uno astronómico impulsado por agua, que dio paso a una evolución en la relojería mecánica.
En Ecuador contamos con un modelo antiquísimo en perfecto estado en la Iglesia de San Francisco, en la capital. El mantenimiento de esta joya patrimonial, con más de 300 años de historia, estuvo a cargo de La Casa del Reloj, negocio familiar fundado por Miguel Carrera y su hijo Gerardo, continuado por su familia, que hoy administra el local que abrió sus puertas en el Centro Histórico de Quito en 1955.
"Esa pieza es un vivo ejemplo de cómo antes este tipo de maquinarias estaban elaboradas para perdurar en el tiempo”, indica Salomé, hija de Gerardo y tercera generación del negocio. Aunque actualmente ya no está operativo, ella explica que, si se visita el campanario, todavía se puede ver el mecanismo histórico que reside en su interior.
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El negocio familiar ha sido testigo del paso de los años y lo duro que ha sido mantener vigente este oficio con el auge de la tecnología. Reparan, restauran y comercializan una amplia variedad de relojes, desde decorativos, de pared, modelos cucú hasta relojes de muñeca, tanto analógicos como digitales. Cada día que abren sus puertas, mantienen viva la tradición de su abuelo por esta minuciosa y laboriosa ocupación.
Hoy, con 96 años, el padre de Salomé continúa al frente del almacén y se encarga de las cuentas y los pagos. “Sigue involucrado, sin tener que hacer tanta labor física o manual debido a su edad; ahora se apoya mucho en sus operarios”. Entre ellos, Ricardo Villacreces, esposo de Salomé, es uno de los pocos maestros relojeros que quedan y que conservan el legado y formación de su padre. Es él quien se encarga de resolver los retos más complejos que llegan al taller. Para ella, esta es una profesión tan especial como sacrificada.
“A nivel mundial, este oficio va desapareciendo; cada vez quedan menos técnicos, relojeros y reparadores. La mayoría están en Sudamérica; en países de primer mundo es menos común porque su negocio ya no es reparar, sino vender”
Un fenómeno visible es el rápido avance de los lanzamientos, que proponen nuevos estilos cada temporada en busca de captar la atención del público. Tal vez por eso con el boom de los smartwatches en la era digital se logró que toda la gente se incline hacia esos productos y “el reloj clásico comenzó a desaparecer”. Sin embargo, hoy en día vemos cómo “todo es cíclico, tal como en la moda: hay tendencias, pero todo regresa”, menciona Salomé. Por eso, La Casa del Reloj sigue recibiendo a sus clientes de toda la vida y, ahora, también a las nuevas generaciones que buscan reparar piezas con historia.
Ella nota que cada vez más personas prefieren tener su teléfono, con acceso a la web y todas sus aplicaciones, pero dejarlo sobre una mesa, y usar un reloj clásico, no solo para ver la hora sino incluso por estética y estatus. “Yo tengo clientes que los usan como una joya”. En sus cajones guardan alternativas para cualquier ocasión: para el día a día, para una reunión o para un evento formal. “Más que una pieza, es un estilo de vida”. Otra posible razón es que, según la gama, los relojes también representan una inversión, que en un momento de necesidad incluso se puede vender. “Denotan categoría. Hablan de la persona, su posición y su capacidad adquisitiva”.
Lo complicado es que, si bien hoy en día existe una mayor demanda de mantenimiento, el acceso a los repuestos es cada vez más limitado. Tras la pandemia desaparecieron muchos importadores de insumos, por lo que han optado por traerlos directamente de las casas matrices o de proveedores en Asia.
“Hemos restaurado relojes de hace más de 100 años que no solamente son objetos de valor, sino que también guardan un significado y cierta nostalgia”.
Estas opciones también se diferencias de sus pares tecnológicos por su vida útil y no estar atados a programas de software y actualizaciones. Para Salomé, la diferencia más visible está en la estética, ya que un buen reloj complementa y eleva un look. "A nuestro negocio llegan jóvenes empresarios y empresarias, que están en su pico productivo y buscan verse profesionales.”
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Para Robin Johansson, CEO de Watch Out, quien creció rodeado de relojes toda su vida, este tipo de cambios en los patrones de consumo no es algo nuevo. Siempre existen tendencias que generan una expansión en el mercado, pero pocas cosas pueden competir con accesorios que nos han acompañado durante tanto tiempo.
Él comparte cifras interesantes sobre este fenómeno. Dentro de un mercado de alrededor de US$ 124 mil millones, los relojes analógicos representan cerca del 70 % del valor de la categoría. También destaca el crecimiento del coleccionismo entre la generación Z, impulsado por un interés en modelos vintage. Según sus métricas, la fatiga visual provocada por la constante exposición a las pantallas podría ser una de las razones de este regreso a lo analógico, así como el hecho de que el reloj se haya convertido en un objeto de expresión personal más allá de ser una herramienta utilitaria para medir el tiempo.
Robin habla apasionadamente de cómo esta empresa familiar, fundada por sus padres hace 30 años tras regresar de Suecia, ha formado parte de su vida desde que tenía 15 años. Él vivió cada transición, vio cómo los mecanismos evolucionaron de lo mecánico a lo automático y cómo, posteriormente, la llegada de los smartwatches transformó el mercado. A su parecer, este retorno a los modelos tradicionales responde a una generación cautivada por el pasado, a pesar de no haberlo experimentado en carne propia, pero que “les genera mucha curiosidad”.
Cuando la empresa llegó a Ecuador, en 1996, una de sus marcas más representativas era Omega. Hoy, después de realizar pruebas A/B en sus tiendas multimarca cuentan con más de 14 firmas. Johansson asegura que son “una de las cadenas de relojería pure play más longevas de Quito” y representan la mayor parte de las marcas que comercializan.
“Hace algunos años pensábamos: ¿cómo vamos a hacer para que la nueva generación, que creció con celulares y nunca entendió un reloj mecánico, salga a buscar uno?"
Sin embargo, gracias a la cultura popular, la televisión, TikTok e Instagram, "esta es justamente la generación que busca relojes desde una edad temprana” menciona Robin quien ha logrado determinar algunos de los gustos de los jóvenes. Según comenta, hay un interés muy fuerte por los relojes analógicos, principalmente por los automáticos. También existe una gran demanda de modelos de cuarzo.
Para cumplir con el gusto de sus clientes, su empresa presenta opciones desde el entry-level luxury hasta opciones más asequibles. De los modelos más solicitados por el mercado joven, destaca los reissues, o nuevos lanzamientos, que reviven la estética de los años ochenta y noventa. Cubren todo tipo de gustos, “vendemos desde el primer reloj de un niño hasta el reloj para celebrar un aniversario de 50 años”.
Aunque este profesional explica que hubo una “época dorada” para la industria durante el último boom petrolero (entre 2013 y 2014), hoy indica que “el consumidor actual es mucho más selecto, investiga y se interesa más por la historia de la marca que las tendencias. Le importa conocer los materiales y la composición tanto como el diseño”. Ambos expertos coinciden en que sus clientes realizan compras con mayor consciencia y analizan sus decisiones de manera diferente. Se fijan en qué tamaño luce mejor en su muñeca o qué tonalidad armoniza con su piel, y hacen de los relojes una pieza más de su outfit. Invierten más, pero con mayor discernimiento, y esto ha marcado una gran diferencia.
Estas personas no siempre llegan en busca de un modelo nuevo; a veces necesitan un nuevo brazalete, un pulido de luna, o un cambio de pila. Por esto, tanto en La Casa del Reloj como en nueve de los locales de Watch-Out brindan brindan servicio técnico especializado, porque comprenden el valor sentimental detrás. Reciben diseños de todas las épocas y les devuelven la vida para que los sigan usando y no queden guardados.
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El profesional menciona, entre risas, que este es el momento perfecto para acercarse a los abuelos y preguntarles: “Abuelito… ¿dónde están sus relojes? ¿Puedo echarles un ojo? ¿Me prestan uno? Es algo que está sucediendo; después llegan a nosotros, les damos una nueva vida y listo”.
Aun así, ambos reconocen que la relojería es una profesión en declive. Ya no existe una asociación o un gremio fuerte como antes. Watch-out, por su parte, ha optado por formar a sus propios especialistas mediante programas de aprendizaje con la finalidad de mantener vigente esta rama.
No es algo que enseñen en la universidad. Recibimos jóvenes graduados de programas técnicos que cuentan con la destreza necesaria para trabajar con piezas tan pequeñas. Durante un año rotan como aprendices de nuestros relojeros antes de integrarse a la empresa.
Robin asegura que el interés por lo vintage ha crecido de manera considerable y que cada vez es más común ver personas que llegan con objetos heredados para restaurarlos. “Son casi todos de 36 mm; aunque también hay de 35 mm o 34 mm para hombre, mientras que para dama destaca los modelos de 25 mm”. Sobre esta categoría, comenta que los miniwatches femeninos están cobrando mucha fuerza, "aunque en la Sierra ecuatoriana nunca desaparecieron del todo porque a la clienta de esta región siempre le ha encantado lo sobrio". Ahora, a nivel mundial, hay creaciones de hasta 20 mm que implican un intenso trabajo en sus partes internas y mecanismos diminutos.
Desde hace tres años han observado el regreso de modelos más compactos. Las cajas pequeñas y las correas delicadas son cada vez más apreciadas, mientras que los modelos ostentosos o de gran tamaño ya no tienen la misma demanda. Él lo adjudica a tendencias como el silent luxury, que favorecen relojes más discretos, algo con lo que Salomé coincide, según ella, ahora los compradores buscan algo más “sencillo y atemporal”.
Sobre la decisión entre lo análogo y lo tecnológico, Robin comenta que “hoy las dos categorías conviven en paralelo. Todo depende del momento. Cuando alguien va a hacer deporte usa una versión inteligente; pero si luego tiene una reunión o va al trabajo, se cambia a una más tradicional”. Uno responde a la salud, el deporte o las notificaciones, mientras que el otro empieza a entrar en la categoría de joya y legado. Salomé también reafirma en el valor estético que diferencia a ambas categorías y complementa que un aparato tecnológico “nunca podrá llevar la misma carga emocional”.
No soy ajena a la fuerte carga emocional de estas piezas. Yo misma recibí un Michel Herbelin de 1976 el día de mi graduación. Fue un regalo de mi padre, quien lo adquirió durante un viaje a Israel cuando tenía 19 años. Tiene una delicada correa de cuero negro y una esfera completamente limpia, sin números, que resalta por un fino borde dorado. Solo con el tiempo entendí que aquel obsequio no era simplemente un gesto, sino una parte de su propia historia que decidió poner en mis manos como un rito de paso hacia la adultez.
Tal vez por eso estos objetos siguen encontrando su lugar en un mundo dominado por las pantallas. Permanecen en silencio, guardando recuerdos, mientras el tiempo parece detenerse para ellos. Esperan durante años en el fondo de un cajón hasta que alguien decida darles cuerda o restaurarlos para darles una nueva vida. (I)