¿Qué pasa con todos los desechos que generamos a diario? ¿Qué pasaría si la ropa que usamos pudiera volver a la tierra sin dejar rastro? Cuando uno empieza a cuestionarse y a pensar más allá, es cuando la magia, la curiosidad y la colaboración florecen. Son interrogantes que guían a una nueva generación de diseñadores, ingenieros y científicos que trabajan con biomateriales: textiles creados a partir de organismos vivos y residuos naturales.
En Ecuador, el movimiento aún está en etapa experimental, pero promete convertirse en un motor creativo para repensar cómo nos vestimos y qué impacto dejamos en el ecosistema. Para aquellos que se preguntan, los biomateriales no son nada nuevo. Al ser naturales, siempre han sido parte de nuestro entorno. Sin embargo, poco a poco, estamos aprendiendo y valorando voces emergentes que buscan alternativas más responsables a los sistemas tradicionales.
Pensados para una interacción segura tanto con el ambiente como con el cuerpo humano, se expande el uso de estos materiales más allá de los laboratorios. Ahora los vemos en la medicina, en la construcción y, sobre todo, en la moda. Son una propuesta real para redefinir nuestra relación con la materia. No buscan reemplazar recursos como el plástico, sino proponer nuevas formas de vinculación. Es ahí donde entra en juego el diseño regenerativo y la circularidad.
Al hablar de textiles, hablamos también de contaminación. Según Statista, la moda emite anualmente más de 1.000 megatoneladas de dióxido de carbono, lo que la convierte en la segunda industria más perjudicial para el planeta. Cerca de 40.000 toneladas de ropa se arrojan al año en el desierto de Atacama, en Chile. Mientras, en Acra, la capital de Ghana, se contabilizan 100 toneladas de ropa cada 24 horas. El País publicó que de 100.000 millones de prendas que se fabrican anualmente, 92 millones de toneladas terminan en estos vertederos.
Eso equivale a un camión de basura lleno, cada segundo. Si la tendencia continúa, se espera que la cantidad de estos desechos aumente hasta 134 millones de toneladas al año, hacia finales de la década, según la organización Earth. Por eso, implementar estos recursos se vuelve esencial para una generación que busca reducir el impacto y responder de manera más sostenible a las demandas del mercado.
Un ejemplo de este cambio es la Universidad San Francisco de Quito y su DLab, uno de los espacios pioneros en investigación aplicada, donde la ciencia, el arte y el diseño convergen para replantear nuestra relación con el entorno. Creado en 2018, este laboratorio fomenta la colaboración interdisciplinaria entre distintas áreas, siempre bajo un mismo eje: la sostenibilidad.
Uno de sus primeros proyectos fue una colaboración interdisciplinaria, liderada por la diseñadora Cristina Muñoz, directora del laboratorio, y el ingeniero químico José Álvarez. Juntos desarrollaron biotextiles a una escala más amplia, explorando las posibilidades que ofrecían los recursos naturales de Ecuador. Su punto de partida fue la yuca, elegida por su abundancia en el país y por su alto contenido de almidón (frente a otras materias primas), que se convirtió en una base ideal para generar nuevos biopolímeros…
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