A poco más de 48 kilómetros de la capital de Ecuador se encuentra El Quinche, una parroquia rural donde la historia y la fe se entrelazan entre las montañas. Su nombre proviene del kichwa y significa “monte del sol”, en referencia al cerro El Tablón, lugar donde los antiguos pobladores realizaban rituales durante el solsticio de verano.
Con una extensión de más de 74 kilómetros cuadrados y una población que supera los 16.000 habitantes, El Quinche late al ritmo de la fe. La vida económica, cultural y social de sus pobladores –que en su mayor parte son indígenas– gira en torno a la devoción de una imagen tallada en madera de 64 centímetros, conocida como la Virgen de El Quinche, una escultura venerada que marcó el destino del lugar.
El santuario que la alberga se alza imponente en el parque central y ocupa una manzana completa. Su arquitectura exterior, de tonos celestes y blancos, se distingue a la distancia, y su interior, siempre lleno de velas, murmullos y plegarias, es el corazón espiritual de la comunidad y uno de los destinos de peregrinación más importantes del país. Medio millón de personas la visitan al año. Esta romería ocurre cada 21 de noviembre. Personas de todas las edades, ciudades y países se embarcan en caminatas nocturnas que pueden durar de ocho a nueve horas. Sus motivos son diversos: rendir devoción, cumplir penitencias o promesas de años anteriores, y pedir milagros. No en vano, esta figura es reconocida como la “Patrona de Ecuador”.
En sus orígenes late esta característica tan humana de la peregrinación. Tallada en cedro rojo en 1588 por el escultor y artista quiteño Diego Robles, fue solicitada por la comunidad de Lumbisí. Al terminar el encargo e intentar entregarla a la población, se dice que hubo un problema por falta de pago, por lo que la virgen regresó al taller del escultor por algunos meses hasta que fue llevada al Oriente ecuatoriano para intercambiarla por madera de calidad.
Robles trasladó la imagen a la comunidad de Oyacachi, perteneciente al pueblo kichwa Kayambi, dentro del Parque Nacional Cayambe-Coca, en la provincia del Napo. Según los registros del Santuario, cuando Robles mostró su obra, los caciques indígenas quedaron asombrados. No era la primera vez que veían a la mujer: semanas antes, la población había sido atacada por osos que mataban animales domésticos y hasta pobladores. Según el relato, los indígenas se refugiaron en una cueva y, durante esos días, una mujer con un niño en brazos apareció tres veces para consolarlos, y les prometió que los libraría de los osos si construían una capilla y practicaban su fe. Los caciques aceptaron y la plaga desapareció.
La comunidad aceptó la imagen tallada por Robles y, mientras construían la capilla prometida, la colocaron en la cueva, que estaba bañada por una cascada. Aquí la virgen permaneció por 14 años, donde inició su lista de milagros. Uno de los primeros fue con su propio escultor. Robles pasaba por Oyacachi cruzando un puente caudaloso cuando sufrió un accidente. El caballo dio un salto y lo lanzó fuera de la silla. Robles iba caer en la profundidad del río cuando aclamó a la virgen y en ese instante atravesaron dos caminantes que lo ayudaron. Cuando el artista quiso dar las gracias, ellos ya habían desaparecido. Luego de esta experiencia, decidió regresar al lugar para ayudar a la creación del altar para la figura.
Durante aquel tiempo se le atribuyen un sinfín de milagros, como salvar a niños de osos salvajes, curar a enfermos o consolar a moribundosjunto a su cama. Su estatua desaparecía y reaparecía con los pies llenos de barro. La leyenda traspasó provincias y pronto comenzaron a visitarla desde distintas regiones, recorriendo pantanos, climas extremos y caminos difíciles.
Existen diversas versiones sobre cómo la virgen salió de Oyacachi. Los relatos orales mencionan tensiones entre los ritos ancestrales y las nuevas formas de devoción. Se dice que algunos actos, como colocar una cabeza de oso en el altar, fueron vistos como inapropiados por los misioneros y motivaron su traslado. Sin embargo, más allá de las versiones, lo cierto es que su salida marcó el inicio de una nueva etapa en su peregrinar.
El presidente de la Real Audiencia de Quito pidió al obispo Fray Luis López de Solís que se trasladara la imagen a un lugar más cercano en 1604. No se tiene claro si su destino era Quito, pero el hermano Cristopher Zambrano, con quien recorrimos parte del santuario, nos relata que, “cuando llegó la figura a El Quinche, empezó a llover, después ya se puso pesada. Coloquialmente, diríamos que la señora quiso quedarse aquí”, explica entre risas. Otros, en cambio, dicen que el destino final siempre fue la parroquia…
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