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¿Es el arriendo la mejor opción para vivir?

Comprar ya no es la meta. Entre arrendar, moverse y priorizar experiencias, la juventud ecuatoriana replantea el sueño de la casa propia.

Por Emilia Palacios Mosquera

Vivienda — Harper's BAZAAR Ecuador

¿Comprar o arrendar? ¿Ser dueño de una casa o viajar por el mundo? ¿Cuál es el objetivo de los jóvenes ahora?  Yo crecí en la casa de mi abuelo, en el barrio de La Mascota, al sur de la Capital. Desde los 19 años me mudé con mi hermana y viví un tránsito constante entre departamentos del centro-norte, en busca de mayor movilidad. Mi sueño en ese entonces era tener las llaves de mi propio hogar, una meta que muchos tenemos al llegar a la adultez, pero —debo confesar— que se ha ido diluyendo con el paso del tiempo. 

Los datos que encontré lo confirman. Properati, un portal inmobiliario latinoamericano, reportó en 2022 que el 76 % de personas, entre 18 a 24 años, prefería alquilar un inmueble. Una tendencia que se repitió en Quito, Cuenca, Guayaquil, Manta y Machala. En cambio, a partir de los 25 a 34 años, la mayoría estaba dispuesto a adquirirlo, lo que implica acudir a fondos o préstamos hipotecarios.

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El Banco Central del Ecuador señaló que, en 2024, el Banco del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (Biess) —que históricamente ha sido el motor de créditos hipotecarios en el país— entregó alrededor de US$ 406 millones en préstamos, US$ 33,4 millones menos que en 2023, lo que se mantuvo también en 2025. Frente a esta situación y a un incremento en los alquileres, ¿cuáles son los no negociables de las nuevas generaciones?

Para Andrés Vega, gerente de operaciones de Habitanto y con 17 años de experiencia en plataformas digitales inmobiliarias, los jóvenes ecuatorianos priorizan la comodidad y la conveniencia. “No tienen ganas de meterse en el tráfico, no quieren vivir lejos de la ciudad, quieren estar bien ubicados y sentirse seguros. Saber que pueden caminar y estar a 10 minutos de cualquier lugar”. Por esta razón, existe un aumento en la creación de proyectos verticales en zonas céntricas. 

En 2024, los barrios más buscados para comprar departamentos en el país estuvieron en Quito: La Carolina, la Brasil y la González Suárez, de acuerdo con Properati. Steffanie Torres, asesora inmobiliaria, explica que esto depende de la rutina de los jóvenes (que representan el 50 % de su clientela mensualmente), de los lugares de trabajo y de las universidades. 

“Para ellos, lo más accesible suele coincidir con lo que tiene mayor demanda y está directamente condicionado por la etapa de vida que atraviesan”. 

Esa accesibilidad tiene un límite claro: el precio. En estos barrios, arrendar un apartamento, el año pasado, implicó destinar más de un salario básico unificado, US$ 470 (US$ 460 en ese entonces). Por ejemplo, en Quito, en el sector de Iñaquito, el arriendo medio era de US$ 812; en Cumbayá, US$ 912; y en La Mariscal, US$ 531. Como resultado de este desequilibrio, aumentan los espacios compartidos. 

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Vega, por su parte, manifiesta que este grupo etario prefiere sacrificar su espacio propio por amenities como: gimnasio, cine, áreas verdes, salas de recreación y terrazas. Además de tecnología de punta que facilita la entrada y la salida del edificio, el pago de alícuotas, entre otros. 

“Puedo adaptar mi vida a un espacio más reducido. No necesito el gran closet o el cuarto más amplio si tengo seguridad, libertad y buena ubicación”. 

Esto no concuerda con los deseos de nuestros padres. Para ellos, los ambientes amplios, la chimenea, las cocinas grandes, las salas de estudio y, en el mejor de los casos, un patio trasero, eran indispensables. Y, por supuesto, ser dueños era primordial para dejar un legado a la descendencia. La industria inmobiliaria —como dice Vega— responde a nuevas formas de habitar, a proyectos personales y a estructuras familiares distintas. “Para nosotros es difícil encontrar una única razón del auge del arriendo. Puede ser por no adquirir un compromiso grande a largo plazo —de más de 20 años—; por dar prioridad a otros proyectos como viajar; o por el incremento de los precios de los inmuebles, que resulta casi imposible adquirir uno”.

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Tal vez el cambio no radica en la falta de ambición, sino en la redefinición de las prioridades. Para muchos jóvenes tener un hogar ya no se mide en metros cuadrados, sino en libertad. No se trata de renunciar al sueño de la casa propia, pero sí postergar su urgencia. Ahora, más que ser dueños de un inmueble, buscamos ser dueños de nuestro tiempo y de la vida que queremos construir. (I)