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¿Por qué seguimos obsesionados con los romances de los 90?

Desde la nostalgia noventera de JFK Jr. y Carolyn Bessette-Kennedy hasta la magia de los meet-cute, la escritora y romántica Emma Firth explora el encanto de los romances de otra época.

Por Emma Firth

Foto: — Rex.

Nos pasa a los mejores. Ese momento en el que estás viviendo tu vida como siempre y conoces a una persona, tu persona. La que vuelve tu vida cotidiana un poco más extraordinaria. Cuando una cita se convierte rápidamente en 20 y eres incapaz de hablar con tus amigos sin que la conversación, de alguna manera, te “recuerde” algo que esa persona dijo, o una canción que te envió, o la forma encantadora en la que juega con su cabello mientras habla, o cómo logra verse increíblemente atractiva con jeans y blazer en un martes cualquiera. Sí, aquí estoy otra vez, inmersa en la fase de luna de miel. Solo que, bueno, es con un programa de televisión, no con una persona: la serie dramática Love Story de Ryan Murphy, que documenta de forma intensa la relación entre John F. Kennedy Jr. y su esposa, Carolyn Bessette-Kennedy.

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Admito que soy solo una más entre millones de fans fascinados con el uniforme noventero de CBK, el funcionamiento interno de las oficinas de Calvin Klein durante la era de las supermodelos —con una nube de humo de cigarrillo, chismes, estilismo VIP, escritorios decorados con lirios cala blancos y un cajón de papelería lleno de clips negros—, y una banda sonora adictiva que va de Pulp a Mazzy Star. Pero, más profundamente, es esta historia de amor no tan moderna, de otra época, de donde provienen mis principales anhelos. El retrato de un romance del pasado, ocurrido en una década en la que nací, pero de la que tengo pocos recuerdos reales.

Foto: Tyler Mallory. Getty Images.

Es una especie de cápsula del tiempo, de la edad dorada del romance. Tiempos más simples, más suaves. Antes de las apps. Antes de Instagram. Coquetear con un desconocido en una fiesta. Cenar en la primera cita. Llamar a un teléfono fijo para organizar la siguiente. Cuando el cortejo era un terreno fértil de curiosidad, un despliegue delicado. Conocer las particularidades de alguien en persona, con el tiempo, en lugar de reconstruirlas instantáneamente a partir de un perfil cuidadosamente curado en internet.

Pamela Marshall, esteticista clínica y hoy casada en sus 50, recuerda sus propios días dorados del romance retro (aunque, en su caso, fue a finales de los 80). “La mayoría conocíamos a las personas a través de amigos, cenas, bares o clubes… Yo conocí a mi primer esposo en una fiesta de inauguración. Las citas eran más lentas y no existía el celular para escribir entre encuentros. Me encantaba la espera anticipada para la siguiente cita, nos emocionábamos porque no habías visto a esa persona en un tiempo y había tanto de qué hablar, tanto por ponerse al día. Mucho seguía siendo un misterio porque no existía esa interacción constante entre citas”.

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Nuestro apetito colectivo por la nostalgia romántica no muestra señales de desaparecer. Está en la tendencia social “Mom, what were you like in the 90s?”, acompañada por la balada icónica de 1998 Iris de Goo Goo Dolls. Está en que Romeo + Juliet de Baz Luhrmann cumple 30 años este 2026. Está en las parejas reales que llevan décadas juntas compartiendo sus historias de origen. Cuando necesito levantar el ánimo, vuelvo a ver a una pareja (@meetcutesnyc) recordando cómo se conocieron en el Gay Parade Festival en 1991, acompañado de fotos analógicas de esa época. Es indescriptiblemente dulce. 

Creo que lo que hace que las comedias románticas de los 90 sean tan infinitamente revisables no tiene tanto que ver con sus grandes gestos o demostraciones vertiginosas de afecto—aunque sí, hay muchas—, sino más bien con sus momentos cotidianos y silenciosos. El meet-cute, en clave analógica. Su encanto reside en lo discreto: en una librería de segunda mano (Notting Hill), en un tren (Sliding doors), en un paseo por el parque (You’ve got mail).

Tom Hanks y Meg Ryan en You’ve Got Mail. Foto: Everett.

Creo que parte de la razón por la que tantos anhelamos estas historias de amor del pasado es el deseo de reconectar con algo que, si no está completamente perdido, al menos parece un poco fuera de alcance en un mundo cada vez más mediado por lo digital. Tiene sentido. El romance verdadero no tiene algoritmo. Matt Starr, poeta, cofundador de Dream Baby Press y autodeclarado estudioso de Nora Ephron y Sex and the City, me dice que parte del atractivo de un romance vintage en pantalla es ver a las personas simplemente “en el mundo real, haciendo cosas reales…”. Se trata de estar presente.

“Capturar esa sensación de estar justo donde debes estar, sin esa ansiedad de sentir que deberías estar en otro lugar, con otra persona”.

Julie Delpy y Ethan Hawke en Before Sunrise. Foto: Everett. 

¿Cómo tener citas como si fuera 1996 hoy? “Cualquier cosa escrita a mano es especial —según Starr—. Una nota, una carta. Lo que sea. Invita a alguien a salir con una nota escrita a mano. Sal a caminar. Ve a ver arte. Ve a un museo. No vayas a bares. Sé valiente”.

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Me recuerda a una de mis películas favoritas, Before sunrise, estrenada en 1995 y la primera de la querida trilogía romántica Before de Richard Linklater. Narra la historia de dos desconocidos—Céline y Jesse—que se conocen en un tren rumbo a Viena, bajan juntos y, a lo largo de un día, se revelan poco a poco el uno al otro. Bien podría haberse titulado “Una conversación de 90 minutos”. Intimidades compartidas libremente en un restaurante, en una tienda de discos, deambulando sin rumbo, simplemente caminando y hablando. “Si existe algún tipo de magia en este mundo, debe estar en el intento de comprender a alguien, de compartir algo —dice Céline—. Lo sé, es casi imposible lograrlo, pero ¿a quién le importa? La respuesta debe estar en el intento”. (I)

Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Reino Unido.