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Yuliana Ortiz se ríe cuando trata de definir en qué momento de su vida está. “Es como un oasis de caos en un desierto de aburrimiento”, reflexiona entre broma y seriedad. Está descansando. El día después de esta entrevista viajó a Estados Unidos para dar una charla. También acaba de terminar su próxima novela y, por tres meses, ha dejado la pluma como prioridad. En estos periodos le gusta nadar, montar bicicleta, cocinar y escuchar podcasts. Este espacio es necesario, porque cuando Yuliana escribe, todo su enfoque va en sus historias, en sus personajes, en la música y en las problemáticas que desea tocar. 

Tiene 33 años y se describe como una escritora “profundamente fronteriza”. Nació en 1992, en Limones, una isla y parroquia urbana cabecera del cantón Eloy Alfaro, en la provincia de Esmeraldas. Creció en la frontera acuática entre Ecuador y Colombia, viendo pasar por esas aguas a narcos, comerciantes, personas de otros países… Ortiz recuerda que siempre estuvo rodeada de mujeres en su familia. Figuras como su abuela Aura Montaño y su bisabuela, curanderas de la comunidad, marcaron su infancia. Su amor por la escritura, en cambio, se fue cocinando con el tiempo. Su madre y su tía fueron las que más influyeron en esta pasión. La primera trabajaba en bibliotecas y empresas y, cuando necesitaba cuidarla, le armaba una pequeña “oficina” para que dibuje y escriba. 

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Aunque los libros se convirtieron en una parte importante de su vida, también crecía en ella un interés por las ciencias. Estudió biología y química en el colegio y luego ganó un cupo para cursar ingeniería ambiental en la Universidad Agraria. Sin embargo, a los 20 años se retiró de la carrera y se mudó a Quito. 

“Me parecía que la ingeniería no me daba las herramientas necesarias. Estaba muy apartada de la realidad social y yo quería problematizar mi entorno y encontrar soluciones”.

En la Capital, Ortiz se conectó con las artes. Trabajaba en un bar por las noches y, en las mañanas y tardes, iba a la Cinemateca Nacional, a la biblioteca de la Universidad Andina y a un café en la zona de La Mariscal para escribir. Pese a la desaprobación de su familia en ese momento, ella logró entrar a la Universidad de las Artes con una beca y estudiar literatura. 

Fue en este punto, alrededor de 2016, cuando sus letras empezaron a ser reconocidas. Gracias a su participación en grupos de poetas jóvenes y un blog que creó junto a sus compañeros, algunos de sus poemas fueron publicados en revistas internacionales y traducidos al gallego e italiano. “Eso empezó a validar mi trabajo de cierta manera. Cuando uno escribe, si nadie te dice que lo que escribes está bien, pues no sabes si es que va a servir”. Su primer poemario fue Sovoz en ese año, luego Canciones desde el fin del mundo (2018 - 2021) y Cuaderno del imposible regreso a Pangea (2021).

Antes de terminar la carrera empezó con su novela Fiebre de Carnaval. Más que un salto a la narrativa, para ella este proyecto fue un viaje de regreso a la oralidad esmeraldeña y, al mismo tiempo, una forma de trabajar un malestar. 

“Algo que me molesta profundamente es la idealización de la familia en la comunidad, que no permite hablar sobre el abuso sexual y de poder”. 

La obra tomó forma en la pandemia y fue publicada en octubre de 2022 por La Navaja Suiza, en España, y por Recodo Press, en Ecuador, de manera paulatina. Salió en la rentrée, una temporada europea conocida como la vuelta del verano, que es un momento importante porque las personas regresan de las vacaciones y vuelven para encerrarse a leer. En estas 176 páginas conocemos a Ainhoa, una niña de ocho años que vive en Limones a finales de los noventa y que ve de primera mano las consecuencias de la violencia, la pobreza y los secretos familiares durante las festividades de Carnaval. 

Esta voz infantil fue importante para hablar sobre la idea de la adultez como un deseo y casi como una ilusión. Para Ortiz, la adultez es una promesa que no termina de cumplirse. “Yo soy un desastre como adulta y creo que muchas lo somos”. Le interesa “agujerear” esa idea, hacerla tambalear. Una de las formas en que lo hace es a través del lenguaje: traicionando el discurso adultocrático. Por eso eligió la voz de la niñez, para dejar al descubierto la doble moral, la mentira y los abusos que se esconden detrás del supuesto “mundo de los adultos”.

Con esta obra, Ortiz ganó en enero de 2023 la primera edición del Premio IESS para Primera Novela Latinoamericana, organizado por IILA, Edizioni SUR y otras instituciones culturales italianas. “Siento que el recibimiento fue muy bueno y la gente fue muy amorosa. Gracias al premio recorrí varias ciudades italianas presentando el libro”. En estos viajes también vio cómo muchas personas afrodescendientes de otras comunidades sintieron a Fiebre de Carnaval como algo propio.

Esta escritora admite que el mundo de la poesía y la literatura es complicado e incluso es un espacio donde también existe violencia. 

Ella lo vivió en carne propia a los 17 años cuando leyó por primera vez sus poemas en público, donde estuvo a punto de ser abusada por otro poeta. “Tengo muchas amigas de esa época que ya no escriben porque les pasaron cosas horribles. Creo que es importante poder decirlo, porque existe una especie de terrorismo ejercido por algunos escritores y poetas varones en Latinoamérica, que van desplazando a las mujeres”.

Ortiz se encuentra siempre entre fronteras, entre Guayaquil y Esmeraldas. Se dedica a la docencia comunitaria, a talleres de escritura y a otros proyectos. En 2023 sacó Litorales que explora las mismas temáticas que la anterior novela. A pesar de haber construido un grupo de lectores amplio, ella no escribe pensando en gustar. “Yo creo que un artista tiene que hacer lo que desea”. Ella prefiere tomar riesgos al escribir y hablar de sus obsesiones, aunque eso implique desafíos. 

Entre esas obsesiones están el mar, las islas y el pensamiento archipiélago. Aunque ya terminó su novela, la única pista que nos da es esa: una historia llena de mujeres y de mar. “El agua está desbordada por todos lados, huele a playa y a manglar”. Mientras hablamos, reconoce que su camino la ha forjado. “Creo que soy muy matemática en lo que escribo, muy metódica; las ciencias me heredaron esa disciplina". 

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Hace poco dejó un trabajo estable en la universidad para enfocarse en el nuevo proyecto. Para ella, escribir no nace solo de un sentimiento, sino de una investigación profunda y de la búsqueda obsesiva de referentes. Le gusta pensar sus libros como parte de un universo de lecturas. Antes de entrar a la narrativa, escribe en cuadernos a mano. Ortiz arma la vida de sus personajes y sus historias mínimas, hasta sentir que los conoce de memoria. Solo entonces pasa a la novela. No le interesa “inventar el agua tibia” ni escribir desde la nada. Le gusta leer muchísimo y trabajar rodeada de otras voces.

No siente que haya un equilibrio en su vida, pero es una que, en sus propias palabras, escogería mil veces. “Ojalá Ecuador fuera un país con más becas y oportunidades para los escritores como México, Colombia o Brasil. No estamos en ese lugar, pero de todas formas no vamos a dejar de escribir. Espero que más personas escriban, especialmente más mujeres, y que sepan que no es necesario estar en Madrid o en Estados Unidos, ni pertenecer a una clase social específica o graduarse en una universidad determinada, sino hacerlo por el gusto”. (I)