En un rincón del Teatro Sánchez Aguilar, adaptado como sala de prensa, la colombiana Leila Cobo, una de las mentes poderosas de la industria musical global, hace un silencio que pesa más que cualquier acorde. Es el reconocimiento pausado a la pregunta: ¿qué se escucha de la música ecuatoriana allá afuera?
La editora en jefe de Billboard no solo aterrizó por primera vez en el país por una invitación protocolaria, su presencia en los Premios REM de la Sociedad de Autores y Compositores del Ecuador (SAYCE 2026), el pasado 15 de abril, responde a una misión de observación estratégica para presenciar, en primera fila y sin filtros digitales, la efervescencia de la nueva generación que busca suceder a los gigantes. Esta entrevista con Harper’s BAZAAR Ecuador la concedió seis horas antes de la gala.
Para Cobo, estar aquí fue redescubrir una frecuencia que tiene años. Para entender el presente, Leila aplica una autopsia técnica al año 2001, cuando “Un nuevo amor”, de Tranzas, se impuso (no se viralizó). Leila ya insinuaba en su artículo “Por siempre” una certeza que hoy vuelve a cobrar sentido: el talento local podía trascender las ondas radiofónicas y abrirse paso hacia mercados más amplios, si el ecosistema lograba sostenerlo.
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Era una época donde las bandas ecuatorianas movían cientos de miles de unidades físicas antes del desplome paulatino del modelo discográfico global por la piratería; y de la migración del sucre al dólar en el año 2000 en el país, que complicó por un tiempo la infraestructura de exportación nacional. Sin embargo, hoy los nuevos formatos brindan oportunidades, para esa fecha, inimaginables. Lejos de la nostalgia, en los Premios REM, Cobo buscaba validar si el ecosistema actual logró reconstruir esos puentes rotos, aunque ahora enfrenta un escenario más complejo por la hiperconexión. Dice que la sobreabundancia de plataformas y la velocidad de circulación vuelven inestable la visibilidad, capaz de amplificar y diluir una canción en el mismo movimiento, entre algoritmos, ruido y audiencias fragmentadas.
“Si bien la música es hoy un bien democrático, también es un océano de ruido ensordecedor”.
Según la industria musical, cada 24 horas se suben aproximadamente cerca de 100.000 nuevas canciones a Spotify. Así, la democratización del streaming —que ya representa más del 90 % del consumo global— fragmentó el mercado de tal forma que la visibilidad se ha vuelto el activo más caro del mundo.
Aquí es donde Cobo desmantela el mito del “fenómeno viral” orgánico. Con la precisión de quien conoce los libros contables de Billboard, advierte que el 98 % de lo que percibimos como un éxito espontáneo en redes sociales es, en realidad, el resultado de una ingeniería de marketing estratégica, deliberada y costosa. “La puerta que se lanzó como una oportunidad para todos se está volviendo a cerrar —afirma—. Solo aquellos que entienden la música como un binomio de talento y music business lograrán que su frecuencia no sea un destello fugaz en el algoritmo”.
En la actualidad, los nombres aparecen como mapa de una transición. Juan Fernando Velasco surge como referencia inevitable. “Siempre pienso en él como el cantautor por excelencia”, dice con un hablar pausado y una sonrisa amigable que la acompaña en toda la conversación. En el otro extremo del espectro, detiene su lectura en una señal más reciente, donde menciona a “Jombriel”, como ese tipo de artista que puede funcionar como detonante de movimiento, más que por su escala actual, por la capacidad de abrir camino para otros. Entre uno y otro no hay comparación, sino tensión de un ecosistema que todavía busca cómo transformar talento en circulación regional sostenida; y figuras en industria.
“Es importante tener una figura y ahora creo que es Jombriel. Es importante tener esa figura para que abra, que vaya con el machete y corte la trocha, para que vengan otros detrás de él”.
La nueva cartografía
“Para triunfar fuera, eventualmente hay que estar fuera”, analiza Cobo. Pero ese “estar fuera” significa operar bajo los códigos de la industria global, más allá de solo habitar un espacio geográfico. Leila introduce un concepto que resuena con la crudeza del campo: la figura del machete. En Colombia fue el reggaetón de Medellín; en Puerto Rico, su dominio absoluto del género urbano. Ecuador, según el análisis de Cobo, se encuentra en el proceso de identificar a esa figura, capaz de abrir caminos para que el resto del engranaje local pueda transitar. “La música es un negocio donde la acción genera acción; los artistas locales necesitan ocupar los escenarios que se abren con las visitas internacionales, que validen su sonido en casa para exportarlo”.
Tres indicadores como ruta
Cobo propone leer el desarrollo de la industria musical ecuatoriana a partir de tres indicadores que, más que medir el éxito inmediato, permiten observar si existe un ecosistema en construcción. El primero es el crecimiento de los grandes conciertos y la llegada de artistas internacionales, un fenómeno que, según explica, no solo dinamiza el mercado, sino que abre oportunidades concretas para los talentos locales, especialmente cuando son convocados como actos de apertura o parte de la programación. “La acción genera acción en este campo”, señala, al subrayar que la industria funciona por movimiento constante, porque entre más actividad haya en el país, más se activan sus propios circuitos.
El segundo indicador es más intangible, pero decisivo. Se trata de la existencia de un movimiento con proyección fuera del país. El tercer indicador es la educación, un factor que considera estructural y aún subdesarrollado en muchos mercados de la región. La formación en música y, sobre todo, en music business, aparece como una pieza clave para profesionalizar tanto a artistas como a los equipos que los rodean. Países como México y Colombia ya han integrado estas estructuras dentro de universidades y circuitos académicos, lo que ha permitido consolidar industrias más sostenidas. “No se trata solo de talento, sino de preparación. Entender el negocio, producirlo y sostenerlo como una práctica formativa dentro del propio sistema creativo. Cuando yo estudiaba piano clásico en Nueva York, nadie me enseñó cómo buscar un manager o cómo leer un contrato y eso es tan importante”.
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El hecho de que hoy existan facultades de industria musical en universidades de negocios es el verdadero cambio de paradigma. Ecuador está en ese umbral, por la necesidad de formar artistas y todo el engranaje de profesionales que operan detrás de ellos. “La música ya no es solo un arte; es una disciplina económica que requiere especialistas en derechos de autor, estrategas de datos y gestores de talento”.
Sin “balas de plata”
Al final de la conversación, Cobo sintetiza el cambio de era con una idea que desmonta cualquier ilusión de atajo. “Antes había balas de plata, ahorita hay que hacer 100 cosas para tener el mismo efecto de una”. En esa frase se condensa la lógica de la industria actual, donde ya no existe un único disparo capaz de convertir un artista en fenómeno, sino una suma de acciones sostenidas, simultáneas y constantes.
Sin embargo, en esa misma complejidad también encuentra una oportunidad, porque si antes la distancia con los grandes mercados dependía de estructuras externas, hoy la circulación digital, la profesionalización del sector y la expansión de escenarios en vivo abren un campo más horizontal. En ese nuevo mapa, Ecuador aparece como un territorio en reconfiguración, donde la visibilidad ya no depende de un solo golpe de suerte, sino de la capacidad de construir presencia de manera continua. (I)