Biomateriales

El proyecto ecuatoriano que convierte hongos en objetos de diseño

Tal vez el futuro del diseño no salga de una fábrica, sino de un cultivo.

Por Emilia Palacios Mosquera

Harper's BAZAAR Ecuador — Fotografía: Daniel Queirolo.

No son animales ni plantas. No realizan fotosíntesis ni producen su propio alimento. Durante años los hemos asociado con la humedad, el deterioro o la descomposición, pero el reino Fungi encierra un potencial que apenas comenzamos a comprender. Cuando hablo con la diseñadora industrial Fátima Arregui sobre estos organismos, sus ojos se iluminan. Hoy su vida —y la de su esposo, el arquitecto Andrés Neira— gira en torno a ellos.

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Según reportes internacionales, los hongos están entre los organismos más abundantes del planeta. Su biomasa combinada supera a la de todos los animales juntos y, sin embargo, más del 90 % de las cerca de 3,8 millones de especies estimadas siguen siendo desconocidas para la ciencia. De acuerdo con el Real Jardín Botánico de Kew, ya se utilizan de cientos de maneras: en la fabricación de papel, productos de limpieza, alimentos e incluso vacunas.

Fotografía: Daniel Queirolo. 
Fotografía: Daniel Queirolo. 

Sin embargo, esa fascinación no llegó a la vida de Fátima hasta 2019. Su esposo desarrollaba una tesis sobre la optimización de residuos sólidos urbanos, con el objetivo de dar valor agregado al plástico, al papel, a los metales y a los restos agroindustriales. “Decidí hacer un envase biodegradable para restaurantes de alta gama con hojas de achira, caña de azúcar y totora. Pero no queríamos fabricar algo desechable a partir de alimentos que pueden servir a la gente”, recuerda Neira. Entonces decidieron mirar hacia afuera. Revisaron investigaciones internacionales hasta encontrar en los hongos un aglutinante natural con múltiples aplicaciones. Para entonces, empresas en Europa y Estados Unidos — como Ecovative, MycoWorks o Mogu— ya desarrollaban materiales a base de esta especie para reemplazar plásticos y compuestos sintéticos.

Fotografía: Daniel Queirolo. 
Fotografía: Daniel Queirolo. 

Desde entonces, Fátima dejó el taller de metal y madera para instalarse en laboratorios de cultivo en Tumbaco y en el norte de Quito. Durante un año aprendió a trabajar en condiciones rigurosas y conectó su mirada creativa con la disciplina del método científico, basada en la observación constante. Esa combinación dio lugar a Mush: un proyecto que utiliza residuos como el aserrín y los mezcla con el hongo reishi, conocido por alimentarse de madera en descomposición. La premezcla se coloca en moldes y, bajo condiciones controladas de temperatura y humedad, el micelio crece como una red que une las partículas hasta formar una estructura sólida. Después de cinco a nueve semanas —sin importar si la pieza pesa gramos o varios kilos—, el proceso se detiene mediante un secado controlado.

El primer producto fueron paneles acústicos inspirados en la cordillera de los Andes…

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