En 2025, la industria del bienestar superó los US$ 2 billones, según McKinsey & Co, con salud, sueño, nutrición, fitness, apariencia y mindfulness, consolidados como sus pilares definitorios. Pero la pregunta que hoy domina la conversación ya no es simplemente cómo estar bien, sino cómo mantenernos bien por más tiempo. A medida que la longevidad se posiciona como una de las grandes tendencias de 2026, también crece nuestro deseo de medir, monitorear y optimizar cada dimensión de nuestra salud.
Aquí entran en escena los biomarcadores: “señales medibles en el cuerpo que ofrecen información sobre cómo están funcionando el organismo y sus sistemas”, explica el médico general, experto en longevidad y fundador de la clínica HUM2N, Mohammed Enayat. “Pueden ser moléculas en sangre, hormonas, marcadores inflamatorios, métricas de condición física o incluso aspectos como la composición corporal y la calidad del sueño”.
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No son algo nuevo —la presión arterial, la frecuencia cardiaca y los niveles de vitamina D ya son biomarcadores habituales que evalúa tu médico, al igual que muchas métricas que ofrecen los wearables y la tecnología wellness—. Sin embargo, dentro de la medicina de longevidad, tanto la escala de lo que puede medirse como la sofisticación con la que se interpreta están avanzando con rapidez. ¿La filosofía rectora? “Maximizar la esperanza de vida saludable, no tratar la enfermedad cuando ya ha aparecido”, señala Enayat.
Recogidos mediante análisis de sangre, orina, saliva, heces, estudios de imagen o pruebas de rendimiento, las evaluaciones especializadas en longevidad pueden medir hoy más de 100 biomarcadores. El objetivo, explica el médico Mark Hyman, es “mostrar cambios tempranos en áreas como la salud cardiovascular, el metabolismo, la inflamación y el equilibrio hormonal, a menudo antes de que aparezcan los síntomas”. En su experiencia, el enfoque ha sido “transformador”. “Durante décadas vi a pacientes a quienes se les decía que estaban ‘normales’ cuando claramente no se sentían bien. Cuando empezamos a profundizar en los biomarcadores, pudimos detectar problemas años antes de que la enfermedad apareciera en un diagnóstico”.
Entre los marcadores que están ganando mayor atención se encuentra ApoB. “En lugar de observar solo el colesterol, ahora nos enfocamos en ApoB, que representa el número de partículas aterogénicas capaces de dañar las arterias. Un ApoB elevado está fuertemente vinculado con la enfermedad cardiovascular, la principal causa de muerte a nivel mundial”, apunta Enayat.

Otro es la hs-CRP (proteína C reactiva ultrasensible), un marcador de inflamación sistémica. “Es un motor central de muchas enfermedades relacionadas con la edad —dice Enayat—, incluidas las cardiovasculares, el cáncer y la neurodegeneración. Niveles más bajos de hs-CRP suelen asociarse con una mejor salud a largo plazo”.
Olga Donica, directora de longevidad en Clinique La Prairie, también destaca el valor de las pruebas de glicanos IgG. “Son cadenas de azúcares que se adhieren a la superficie de las células, como la inmunoglobulina G (IgG), uno de los anticuerpos más importantes que tenemos". La estructura de estos glicanos modifica la función de la IgG y su perfil puede predecir distintos problemas de salud como: trastornos cardiometabólicos o autoinmunes.
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Más allá de los análisis de sangre, ambos expertos subrayan la importancia de evaluar la aptitud cardiorrespiratoria, en particular el VO₂ máx. “Es un excelente biomarcador funcional de longevidad porque refleja qué tan bien trabajan en conjunto el corazón, los pulmones, los vasos sanguíneos y los músculos para transportar y utilizar oxígeno —señala Donica—. Es más sistémico que otros biomarcadores que reflejan el estado de una sola función corporal o vía metabólica. Existe evidencia sólida de estudios longitudinales que demuestran que una alta capacidad cardiorrespiratoria es un potente predictor de longevidad”.
"Los biomarcadores convierten la salud de una suposición en precisión; y la medicina reactiva en un cuidado verdaderamente proactivo”, afirma Hyman.
Dado que la mayoría están influenciados por el estilo de vida, la alimentación y el entorno, los datos pueden guiar intervenciones profundamente personalizadas, desde nutrición y entrenamiento hasta protocolos médicos avanzados. Como resume Enayat:
“La genética carga el arma, pero el estilo de vida suele apretar el gatillo”.
“Bien utilizados, los estudios de biomarcadores pueden hacer más tangible tu capital de salud y ayudarte a ajustar tu estrategia de longevidad, con base en datos reales”, añade Donica. A medida que la tecnología de testeo se vuelve más accesible y la interpretación más sofisticada, cada vez se recomienda con mayor frecuencia realizar evaluaciones anuales.
“En mi opinión, cualquier persona que se preocupe por su salud futura —no solo quienes ya están enfermos— debería considerar una evaluación exhaustiva de biomarcadores a partir de los 35 años, e incluso antes si existe un fuerte historial familiar de enfermedad cardiovascular, diabetes, cáncer o afecciones autoinmunes”, recomienda Enayat.
“Esperar a que aparezcan los síntomas es llegar demasiado tarde. La medicina de longevidad y el análisis de biomarcadores buscan detectar cambios sutiles mucho antes de que se conviertan en enfermedad”.
Aun así, el auge de la cultura del health score trae consigo una advertencia importante. “Los biomarcadores son herramientas, no veredictos. Los números no deben asustar, sino empoderar —recuerda Enayat—. Ningún biomarcador por sí solo cuenta toda la historia. La medicina de longevidad trata de patrones y de ensamblar las piezas del rompecabezas para comprender cómo interactúan múltiples marcadores, tu genética, tu estilo de vida y tu experiencia vital”.
Para quienes buscan un conocimiento más profundo de su cuerpo —no para perseguir la perfección, sino para proteger su salud futura—, los biomarcadores se están convirtiendo rápidamente en una de las herramientas más poderosas disponibles. (I)
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Reino Unido.