Más de un tercio de las mujeres en el mundo muere por una enfermedad cardiovascular, según un informe publicado en The Lancet, en 2021. En Ecuador, la situación no es muy distinta. La Organización Panamericana de la Salud señala que la mortalidad prematura por estas enfermedades alcanza el 21 % entre mujeres de 30 a 69 años. El INEC registró hace apenas cinco años el fallecimiento de 6.615 mujeres por estas causas.
Aun así, muchas de nosotras seguimos sin reconocerlo como un problema que merece atención. ¿Por qué le restamos importancia a la principal causa de muerte femenina? Y, sobre todo, cómo podemos proteger nuestro corazón.
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No es noticia nueva que la medicina haya pasado por alto el corazón femenino. Ana Sofía Ayora y Liliana Cárdenas, médicas ecuatorianas especialistas en cardiología, enfatizan que en la mayoría de estudios e investigaciones sobre este tema las mujeres han llegado a constituir menos del 30 % de la población estudiada. Ahora vemos más análisis, pero casi siempre el factor común es que no se incluye a la mujer, lo que puede traducirse en una mayor dificultad para diagnosticar problemas cardíacos frecuentes en este sexo.
Incluso la tecnología médica parte, muchas veces, de un cuerpo masculino como referencia. En el caso de las intervenciones cardíacas, a muchas mujeres se les colocan stents (dispositivos para las arterias coronarias) pensados para el calibre de las arterias de los hombres, lo que puede incrementar el riesgo de complicaciones, algo que explicó Leslee Shaw, directora del Instituto de Investigación de Salud Femenina en el Hospital Mount Sinai (Estados Unidos).
A esto se suma una situación de síntomas subvalorados tanto por los profesionales como por las propias mujeres. “En Latinoamérica, las mujeres nos preocupamos más de otros aspectos antes que de nosotras mismas. Nos preocupamos más de la salud de nuestros familiares, pareja, hijos…”, indica Ayora. Muchos dolores o señales tempranas se ignoran y, en algunos casos, se confunden con síntomas de otras enfermedades.
Un informe de la Asociación Estadounidense del Corazón reveló que los infartos son más mortales en mujeres que no presentan dolor en el pecho, en parte porque tanto pacientes como médicos tardan más en identificar el problema. De forma similar, un estudio de OMRON Healthcare señalaba que, aunque el 50 % de las mujeres con alguna enfermedad cardíaca había mostrado signos de alerta temprana como palpitaciones y dificultad para respirar, más de la mitad no consultó con su médico y muchas atribuyeron estos signos solo a la menopausia.
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El clásico dolor torácico intenso y opresivo que suelen describir los hombres ante un infarto de miocardio, en las mujeres no siempre aparece igual: puede manifestarse como dolor abdominal, malestar difuso, palpitaciones súbitas o una fatiga que no se explica. Otro factor importante, explica Cárdenas, jefa del servicio de cardiología del Hospital Eugenio Espejo, es que “las mujeres expresamos la enfermedad cardiovascular un poco más tardíamente que los hombres porque tenemos la protección de los estrógenos”. Esta hormona actúa como una especie de “escudo” natural para el sistema cardiovascular durante la edad fértil al ayudar a mantener las arterias más flexibles, regular mejor el colesterol y generar un efecto antiinflamatorio sobre los vasos sanguíneos. Cuando estos niveles hormonales caen con la menopausia, las arterias se vuelven más rígidas, aumenta la presión arterial y se alteran el metabolismo y las grasas, por eso a partir de esa etapa el riesgo de infarto e hipertensión se dispara.
Lo más importante son los factores de riesgo
Ambas profesionales recalcan la importancia de reconocer los factores de riesgo específicos en la salud cardiovascular femenina. Además de otros compartidos con los hombres —como la edad, la dieta, la obesidad y ciertos hábitos—, condiciones como la menopausia precoz o el síndrome de ovario poliquístico no solo alteran las hormonas, favorecen cambios en el colesterol, la presión arterial y el metabolismo que “preparan el terreno” para este tipo de enfermedades.
Algo similar ocurre con los embarazos complicados por preeclampsia u otros trastornos de la presión arterial. Esas experiencias pueden dejar una huella en el corazón y los vasos sanguíneos y, años después, traducirse en complicaciones. A esto se suman las mujeres que atraviesan la menopausia antes de los 45 años y quienes han recibido tratamientos como ciertas quimioterapias y radioterapias para cáncer de mama, capaces de dañar directamente el músculo cardíaco.
También, influyen el uso prolongado de anticonceptivos hormonales y enfermedades autoinmunes como el lupus o la artritis reumatoide, mucho más frecuentes en las mujeres.
“El estrés influye de manera muy negativa porque aumenta la presión arterial, eleva la probabilidad de presentar arritmias y, cuando se vuelve crónico, se asocia con otras enfermedades como la depresión y la ansiedad, que también son factores de riesgo. Hay incluso una enfermedad que vemos sobre todo en mujeres, llamada ‘síndrome del corazón roto’: un daño cardíaco provocado por un exceso de estrés físico o emocional, que se parece a un infarto y puede ser muy grave”, comenta Cárdenas.
¿Qué podemos hacer?
Las profesionales enfatizan en el conocimiento y en un estilo de vida saludable, como factores clave. Interesarnos por nuestra salud e incluir al corazón en nuestros chequeos anuales puede marcar una diferencia, mucho más si conocemos que tenemos factores de riesgo. “Debemos conocer nuestros números: presión arterial, peso, índice de masa corporal y glicemia”, explica Ayora, algo que nace del amor propio como práctica.
Hablar de lo que sentimos, de lo que nos duele y, sobre todo, no minimizarlo, puede ser uno de los primeros pasos hacia un cuidado preventivo real de nuestro corazón. (I)