Era 2016. Estaba en París cubriendo la semana de la moda para BAZZAR, llevándome al límite, saltando de backstage en backstage sin dormir, para reportar las tendencias más importantes de cabello y maquillaje. Tenía unas horas libres y decidí ir al famoso mercado de las pulgas a comprar, cuando, en ese mismo instante, Kim Kardashian apareció en el desfile de Balenciaga, a unos cuantos kilómetros de distancia, sin una gota de maquillaje.
Su piel resplandecía. Mi teléfono no dejaba de vibrar. Puse mis compras en pausa y escribí la nota desde mi celular, de pie en medio del mercado, en apenas cinco minutos.
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Que una celebridad aparezca sin maquillaje no parece gran cosa una década después. Pero en 2016, cuando las cejas gruesas y geométricas, el strobing exagerado y los Lip Kits dominaban cada rincón de la cultura, el gesto de Kardashian fue un shock. También fue extrañamente premonitorio. La estrella, a quien en gran medida se le atribuye haber popularizado el contouring y el highlighting, ya estaba enfatizando en una piel fresca, saludable y luminosa, años antes de que se convirtiera en el estándar de belleza del momento. Años antes de Hailey Bieber y Rhode.
Recuerdo esta historia ahora por lo que está ocurriendo en redes sociales esta semana: personas desplazándose por sus carretes de fotos y feeds de Instagram para volver a publicar imágenes de su yo de 2016. Gran parte de los comentarios gira en torno a qué demonios nos estábamos haciendo en la cara ese año. Destellos de iluminador color champán tan gruesos que podían verse desde la International Space Station. Labiales marrón mate (en eso Kylie Jenner tuvo mucho que ver). Pliegues del párpado recortados con corrector, cejas talladas con precisión geométrica, capas y capas de cremas, polvos y brillos. Tutorial tras tutorial tras tutorial.
Mirar hacia atrás a ese momento de la belleza me provoca una nostalgia agridulce, atravesada por la claridad que da la distancia. Fue el pico de la gran democratización de la belleza, cuando las beauty bloggers se convirtieron en nombres conocidos y enseñaron al público los trucos secretos del oficio. Aprender a maquillarte como una profesional era empoderador y se sentía como si, por primera vez, el maquillaje fuera algo que las mujeres hacían principalmente para sí mismas. (Y, si no para sí mismas, entonces para otras obsesivas del maquillaje). Era lúdico. Los looks a menudo rozaban lo absurdo. Pero nos estábamos divirtiendo con nuestros labiales verdes, ¿no?
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Ese año hubo un énfasis general en la nitidez y la precisión, en el contraste audaz y el color a la hora de pintar nuestros rostros, optimizándolos para Instagram. Usábamos el maquillaje como una forma de ser vistas, de ocupar espacio.
Lo que más recuerdo es el optimismo caótico de aquella época. Nuevas marcas y productos como Estée Edit de Estée Lauder, la paleta Modern Renaissance de Anastasia Beverly Hills y Skin Fetish 003 de Pat McGrath Labs se lanzaban con gran esplendor. Yo escribí sobre cientos de otras paletas de sombras de edición limitada y colaboraciones con YouTubers, mientras todo el mundo se disputaba un pequeño pedazo del pastel de la belleza.
El cierre de ese año se sintió como un golpe directo al estómago y, cuando la incertidumbre comenzó a filtrarse, percibí por primera vez cómo la euforia del maquillaje empezaba a flaquear. No necesito recordarte los años que siguieron. Tú estabas ahí. Lo sabes.
Y aquí estamos ahora, una década después. Muchas de las principales marcas de maquillaje de aquel entonces se han reinventado, han cerrado o han caído en desgracia. La mayoría usamos considerablemente menos maquillaje, tal como Kim Kardashian lo anticipó, y preferimos enfocarnos en el cuidado de la piel como una forma de autocuidado.
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Contorneamos con dispositivos de Medicube y rodillos faciales. Cepillamos las cejas en lugar de delinearlas con plantillas. Los labios son brillantes o difuminados; las mejillas, apenas sonrojadas en un rosa translúcido. Las pestañas postizas han sido reemplazadas por la ausencia total de pestañas; incluso la máscara de pestañas está perdiendo protagonismo. Los años fueron duros, así que nos volvimos más suaves.
Veo destellos de 2016 en la forma en que hablamos hoy del cuidado de la piel y el bienestar —especialmente del K-Beauty— en 2026. Pero no creo que alguna vez regresemos del todo a eso: a esa sensación específica, a la energía contagiosa de una industria lanzada a toda velocidad hacia un futuro brillante y reluciente. Me encantaría estar equivocada. (I)
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.