FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.

Eran las 8:00 cuando nos embarcamos en la travesía hacia la Hacienda La Ciénega, uno de esos lugares que parecen estar suspendidos en otra época. Quito todavía tenía esa luz clara, el cielo azul y todo apuntaba a una jornada veraniega. Pero, en cuanto tomamos la carretera hacia la provincia de Cotopaxi, el paisaje empezó a cambiar. El sol salía y se escondía mientras que aparecía una llovizna ligera que se percibía en las ventanas del auto. 

Antes de llegar ya tenía mis expectativas. En redes sociales leí varias leyendas sobre supuestos visitantes del más allá. Así que, honestamente, esa fue la primera pregunta que hice. La entrada es imponente. Desde el camino principal se puede ver un corredor largo, rodeado por árboles que superan los 15 metros de altura. Eucaliptos, pinos y otras especies cubren el acceso como si custodiaran la llegada de cualquier visitante. Al fondo aparece una casa blanca construida con piedra volcánica del Cotopaxi. La arquitectura tiene un estilo colonial y republicano.

FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.
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En el centro del ingreso hay una pileta rodeada de plantas. Me recordó a esas películas antiguas en las que los autos llegan hasta un pequeño redondel frente a mansiones familiares. La lluvia caía sobre las piedras y el ambiente tenía algo cinematográfico. En la recepción nos recibió Isabel Bros, jefa de marketing de este hospedaje. Tiene 29 años y habla de La Ciénega con admiración y responsabilidad. Me da la impresión de que intenta proteger un pedazo del legado ecuatoriano. “Mi intención es mostrar uno de los patrimonios más lindos que tiene Ecuador y ayudar a que este tipo de lugares tengan mayor visibilidad”, dice mientras caminamos por uno de los pasillos de madera oscura.

FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.
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Nos dieron la bienvenida con una empanada de queso caliente y un chocolate que todavía recuerdo. Tenía un sabor intenso a cacao, una textura sedosa y un punto exacto de dulzor. Afuera seguía lloviendo y adentro el olor a chimenea creaba una sensación difícil de explicar. La agenda del viaje incluía una cabalgata, una experiencia gastronómica y un taller de pintura. El clima nos hizo perder la salida a caballo, pero nos regaló el tiempo de atravesar  sus corredores y entender el relato que existe detrás de cada pared. Y sí, hice la pregunta.

             —¿Aquí hay fantasmas? —Isabel se ríe. 

“No les decimos fantasmas. Les llamamos guardianes”. Según cuenta, trabajadores, que llevan más de 30 años allí, aseguran ver presencias durante las noches o incluso en el día, especialmente cuando la casa queda vacía después de feriados largos. Lo que me impresiona es que nadie habla de miedo. La idea de los guardianes se relaciona más con una especie de protección simbólica hacia un lugar que ha sobrevivido más de tres siglos, terremotos, erupciones volcánicas y generaciones enteras.

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FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.
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En medio del recorrido, un gato de color crema, llamado Miel, aparece en cada rincón al que vamos. Se mueve como si supiera exactamente dónde ubicarse y cuándo desaparecer. “Yo creo que él es otro guardián”, dice Isabel. 

La historia de La Ciénega comienza oficialmente en 1695, cuando Mateo De la Escalera adquirió la propiedad. Desde entonces, permanece en manos de la misma familia. “El linaje nace con Mateo y continúa con su hijo Gregorio De la Escalera, que fue quien se enamoró de la Marquesa de Maenza, una mujer peruana cuya familia no aprobaba la relación”. Según se dice, él reunió a 100 hombres a caballo y viajó hasta Lima para traerla a Ecuador. En honor a ella se construyó el palacete (casa grande y elegante) que se conoce como la residencia principal. Su nombre es debido a que fue construida en un pantano. 

FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.
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Los últimos administradores fueron Juan Manuel Lasso y María Carrión. Después, la herencia se dividió entre sus tres hijos y hoy existen alrededor de 13 herederos directos, mientras una nueva generación de aproximadamente 30 miembros empieza a formar parte de esta herencia. Isabel cuenta que el mantenimiento no es sencillo. Por eso, en 1981, se transformó oficialmente en hotel porque era la única manera de conservarla y financiarla. 

Caminar por La Ciénega es entrar en una cápsula del tiempo. Los pasillos son largos, silenciosos y están iluminados por lámparas cálidas, los pisos de madera crujen al caminar y las paredes de piedra volcánica conservan el frío del clima andino. Hay retratos de la época, esculturas, muebles de madera maciza y objetos familiares distribuidos por toda la casa. Muchos de los enseres pertenecieron realmente a la familia. 

“Tratamos de restaurarlos y conservarlos en su mayoría”. 

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Las suites están ubicadas en los pisos superiores. Son espacios amplios, de aproximadamente 40 metros cuadrados, con salas privadas, balcones y techos altos. La más importante es la suite Von Humboldt, llamada así por Alexander Von Humboldt, quien visitó el sector en 1802 para estudiar las erupciones del volcán Cotopaxi y analizar la fauna de los alrededores.

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En este ambiente hay una sala de estar independiente del dormitorio principal, grandes ventanas y una vista al patio y a la entrada del lugar. Todo mantiene esa estética clásica española que dominó durante siglos las casas hacienda de la Sierra ecuatoriana. Las tarifas actuales van desde los US$ 150 por habitación estándar hasta los US$ 300 por la suite más grande. Todas incluyen desayuno buffet.

FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.
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Este sitio cuenta con 30 habitaciones y busca convertirse en el punto de encuentro para explorar la provincia de Cotopaxi. Desde allí se organizan cabalgatas guiadas por chagras locales, recorridos históricos, experiencias gastronómicas y talleres de pintura de Tigua. Otra opción es visitarla solo por el día para tomar un chocolate caliente o un café.

Otra de las áreas más curiosas e interesantes es la capilla. Antes incluso de que existiera la casa como tal, ya estaba la iglesia. Se cree que es el segundo templo más antiguo de Ecuador, después del Santuario de la Virgen María Natividad de Balbanera, ubicado cerca de Colta, en Chimborazo. La puerta es tallada a mano y está cubierta de símbolos y relieves. En su unión aparece el águila bicéfala vinculada a la Orden de Calatrava, además de otros elementos relacionados con el escudo familiar. 

FOTOGRAFÍA: DANIEL QUEIROLO.
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Detrás de toda la zona hotelera, existe otro sitio amplio de tierra donde funcionaba parte de la producción agrícola y ganadera. En la actualidad, se utiliza para bodas, celebraciones y eventos sociales.

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En una de las salas, Isabel abrió una de las reliquias que todavía se conserva. Un enorme libro de registros de la antigua administración, escrito completamente a mano con tinta. El ejemplar que revisamos pertenecía a la década de 1950 y allí se anotaba absolutamente todo: cuántos litros de leche se producían, cómo estaba el ganado, quién entraba y salía e incluso cómo estaba el clima ese día. Antes, La Ciénega no tenía solamente tres hectáreas. La propiedad llegó a formar parte de un enorme latifundio de aproximadamente 3.000 hectáreas que se extendía hasta la provincia del Napo.

fotografía: Daniel Queirolo.
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Para cumplir con nuestro itinerario realizamos el taller de pintura de Tigua. Nos trasladamos hacia un área adaptada para la actividad y ahí comenzó una dinámica completamente distinta al ritmo de la ciudad. Esta es una técnica tradicional originaria de la provincia, conocida por sus colores intensos y escenas andinas. Nos entregaron pequeños lienzos hechos de cuero y pinturas. Por dos horas plasmamos nuestras ideas y, como novatos, el proceso tomó tiempo. Creo que eso fue lo más valioso. Hacer algo despacio, concentrarse, equivocarse, borrar y volver a pintar.

fotografía: Daniel Queirolo.
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Después llegó la hora del almuerzo. El restaurante conserva la esencia estética de toda la hacienda. Hay vajillas antiguas colgadas en las paredes, cerámicas blancas con bordes azules y la palabra “Ciénega” pintada en el centro. Antes, el comedor funcionaba como habitación de las familias. Ahora es uno de los lugares más acogedores. Las chimeneas encendidas y la iluminación tenue crean una atmósfera cálida que nos resguardó del frío. 

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La propuesta tiene una cocina local con un toque internacional. “La familia siempre tuvo influencia extranjera y buscamos que eso también se refleje”. Salmón, trucha, cerdo, lomo, locro de papa, ensaladas, empanadas, postres, jugos naturales y demás platillos forman parte del menú. Son alrededor de 20 opciones que bordean un ticket promedio de US$ 20. 

Mientras terminamos nuestra pequeña estadía, hay huéspedes entrando y saliendo, personas tomando café, turistas extranjeros que llegan equipados luego de su ascenso al volcán y trabajadores que conocen cada rincón desde hace décadas. (I)