The Devil Wears Prada 2 (El Diablo Viste a la Moda 2) comienza de una manera muy similar a la película de 2006. Vemos a Andy Sachs, ahora con 20 años de trayectoria en el periodismo, preparándose apresuradamente para ir al trabajo antes de hacer lo que mejor sabe hacer: cruzar una calle de Nueva York. Momentos después, recibe un golpe inesperado cuando es despedida del periódico donde trabaja como reportera galardonada. Y, poco después, a través de una serie de acontecimientos inesperados, termina de regreso donde realmente pertenece: en la oficina de Miranda Priestly, enfrentándose nuevamente a esa mirada fulminante.
La película original es un texto importante para los millennials: una cinta tan icónica visualmente como infinitamente citable. No era solo una carta de amor a la industria de la moda —donde una colección de vestidos de Oscar de la Renta podía popularizar el ahora inconfundible tono azul cerúleo—, sino también al concepto mismo del trabajo. Estrenada poco antes de dos momentos decisivos —el lanzamiento del primer iPhone en 2007 y la crisis financiera de 2008— la película encapsuló (y glamurizó) lo que se convertiría en la actitud millennial dominante frente al trabajo: la “cultura de ajetrero”, la autoexigencia constante, hacer del trabajo toda tu vida. Y al volver al mundo de Miranda y Andy, la historia revela algo mucho más amplio que la moda o la crisis de los medios impresos: muestra cómo las promesas generacionales hechas a los millennials sobre lo que podían esperar de su vida laboral terminaron rompiéndose.
Contenido relacionado: El órgano que controla nuestras emociones no es el que pensabas
En 2006, la película fue promocionada como una clásica comedia romántica, pero las relaciones de amor y odio más intensas eran, en realidad, las que los personajes tenían con sus trabajos. Conocemos a Andy y a sus amigos al inicio de sus carreras, en una etapa donde trabajar desde el puesto más bajo era visto como un rito de paso hacia algo mejor. Andy deja muy claro que solo aceptó el trabajo de asistente en Runway —el empleo “por el que un millón de chicas matarían”, donde ni siquiera le permiten levantarse del escritorio para ir al baño— con el objetivo de convertirse en una periodista “seria”. El conflicto central de la primera película gira en torno a su ambición frente a las exigencias de sus relaciones personales: con sus padres, sus amigos y su (bastante insoportable) novio, Nate.
Como la generación que se incorporó al mercado laboral justo en el cruce entre la revolución digital y la crisis financiera, los millennials formaron parte de una cultura definida por el trabajo y la autopromoción. A mediados de la década de 2010, cuando estaba en la universidad, recuerdo claramente sentir una presión indirecta por optimizar mi vida financieramente y tener un “segundo trabajo” incluso antes de graduarme. (Incluso hice mi obligatoria etapa como becaria de moda sin remuneración un verano, llevando pedidos de sushi a jefes que, como Miranda, ni siquiera sabían mi nombre).
En la era de las infografías de Instagram, la cultura millennial giraba en torno a la idea de “amar tanto tu trabajo” que “¡nunca tendrías que trabajar un solo día de tu vida!”. Y no digo que hayamos inventado el concepto de tener una carrera satisfactoria o trabajar duro, pero sí representó un cambio frente a la generación de mis padres, la mayoría de los cuales veía el trabajo principalmente como una forma de ganar dinero.
Para los millennials —tan conectados digitalmente y preocupados por la imagen— nuestros trabajos se convirtieron en una identidad.
Todo el sufrimiento —las peleas con amigos, los cumpleaños perdidos y la ruptura amorosa— valió la pena con tal de estar en el camino correcto hacia una carrera exitosa. Este tipo de emprendedoras femeninas está en el corazón de la primera película. Emily, la tensa e impecablemente vestida “primera” asistente de Miranda, está impulsada por el estatus de trabajar en Runway, hasta el punto de permanecer sentada en su escritorio, constantemente al borde del agotamiento, murmurando para sí misma: “Amo mi trabajo, amo mi trabajo…”. Miranda logra mantenerse al mando de Runway, mientras que el gran plan de Andy funciona cuando utiliza su paso como asistente de Miranda para entrar al periodismo “serio” en un periódico. Todo el sufrimiento —las peleas con amigos, los cumpleaños perdidos y la ruptura con Nate— valió la pena con tal de estar en el camino correcto profesionalmente.
También te puede interesar: ¿Tu relación podría sobrevivir a una revelación impactante?
La secuela vuelve a plantear esa misma pregunta, pero esta vez la respuesta es mucho más compleja. Dentro de la historia de la primera película existía una promesa implícita: que si, como Andy, trabajabas sin descanso en ese agotador puesto de asistente y escalabas posiciones, algún día te convertirías en “Miranda”. No necesariamente en la poderosa editora de una revista de moda, sino en la persona que toma las decisiones: quien ordena el Starbucks “bien caliente”, no quien corre a buscarlo. Sin embargo, en las primeras escenas de la secuela vemos que esa promesa aún no se ha cumplido. Cuando Andy y todos sus colegas son despedidos, ella le dice a su mejor amiga.
“Todo el mundo que conozco está pasando por esto: despidos, recortes, fusiones”.
Y esto va mucho más allá de la industria de los medios. A pesar de las oportunidades de la era digital, los millennials son la primera generación en la historia que gana menos dinero que sus padres. En el Reino Unido, de donde soy, un tercio de los hombres de treinta y tantos todavía vive en casa de sus padres. Y a ambos lados del Atlántico existe una realidad compartida: como generación, estamos tardando mucho más en alcanzar los mismos hitos de la vida adulta. Experiencias que pensábamos haber superado hace tiempo —como ser desalojados por un propietario, quedarnos desempleados de repente o no poder permitirnos vivir solos incluso teniendo trabajo— siguen siendo preocupaciones muy reales. Muchos de nosotros estamos postergando tener hijos —como Andy, que congeló sus óvulos— porque es difícil hacer planes a largo plazo cuando ni siquiera sabes si tu trabajo existirá dentro de unos años.
Y los amigos de Andy ejemplifican este estancamiento. Como ella, ya no trabajan en los puestos más bajos de la escalera laboral, pero siguen sintiéndose insatisfechos y frustrados. (Uno de ellos está editando las “memorias” de uno de los chihuahuas de Paris Hilton). Emily, ahora una poderosa ejecutiva de moda, es la única persona del círculo de Andy que realmente ha aumentado su estatus de forma significativa; y eso se debe principalmente a que su novio es uno de los famosos multimillonarios tecnológicos de la Generación X que, por supuesto, ama la inteligencia artificial.
En el nivel más básico, resulta bastante revelador que cuando Andy regresa a Runway, siga trabajando bajo exactamente las mismas personas. Claro, Miranda es ahora una figura considerablemente disminuida: viaja en clase turista y (horror) cuelga sus propios abrigos, además de parecer consciente de que hay ciertas cosas que ya no puede decir. Antes, Runway tenía presupuestos exorbitantes para sesiones fotográficas, pero ahora Nigel tiene “suerte si consigue dos días para crear contenido que la gente pasa de largo mientras está en el baño”. Como editora, Andy ya tiene un asiento —literal— en la mesa de la lujosa casa de Miranda en los Hamptons, pero aun así sigue esforzándose desesperadamente por impresionarla. En realidad, como periodista cuyas paredes están cubiertas de premios, ya debería estar en el nivel de desafiar a alguien como Miranda, igual que Jacqueline Follet en la primera película. En cambio, sigue corriendo detrás de ella mientras escucha frases como: “No te has ganado este trabajo”.
La secuela está llena de referencias a la primera entrega. Desde la banda sonora hasta las frases icónicas, el vestuario y las impecables miradas y discursos de ánimo de Stanley Tucci, hay incontables guiños para los fans más observadores. Solo que, dos décadas después, esas referencias funcionan como recordatorio de cuánto ha cambiado todo. A medida que los millennials vieron cómo el optimismo de la era Obama se desvanecía frente a una realidad económica mucho más dura, no sorprende que durante la pandemia muchos de mis amigos comenzaran a replantearse su relación con el trabajo, ni que la Generación Z parezca rechazar la “cultura de ajetreo” para priorizar un equilibrio distinto entre vida y trabajo. ¿En esta economía? Quemarse por completo ya no parece valer la pena, ni siquiera por un empleo que amas.
Lee más: Pacha Luque Light, la surfista ecuatoriana-australiana que conquista el cine
Ese cambio de mentalidad definitivamente no ha llegado ni a Andy ni a Miranda. En una de las escenas más referenciales, ambas viajan juntas en un auto y Miranda le recuerda a Andy que siempre está un paso adelante. Pero esta vez se muestra mucho más conciliadora que cuando decía aquella famosa frase: “Todo el mundo quiere ser nosotras”. En cambio, habla del costo humano de su carrera, de cuánto se perdió de la vida de sus hijos, antes de concluir que, aun así, todo valió la pena. “Me encanta trabajar”, dice. “De verdad”.
Una vez más, ese amor por el trabajo —el rasgo que siempre compartieron Miranda y Andy— es el lugar donde termina su historia. En la última escena vemos a Andy trabajando hasta tarde, café en mano, usando un suéter que los fans atentos reconocerán enseguida. La gran diferencia entre estas dos adictas al trabajo es que la carrera de Miranda la convirtió en una mujer rica, respetada y poderosa. Pero para gran parte de la generación de Andy, que comenzó llevando cafés y trabajando sin descanso desde entonces, las cosas siguen avanzando a un ritmo glacial. (I)
Esta nota se publicó originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.