El uso de pieles animales por parte de los seres humanos tiene raíces profundas y comprobadas. Desde los primeros grupos de Homo sapiens, las pieles se emplearon como prendas básicas de abrigo y protección frente a climas extremos. Esto ocurrió, sobre todo, durante las glaciaciones del Paleolítico, cuando cubrir el cuerpo con pieles era una necesidad para sobrevivir al frío, según investigaciones arqueológicas difundidas por Smithsonian Magazine, que identifican herramientas para el procesamiento de pieles en asentamientos humanos de más de 100.000 años de antigüedad.
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Con el desarrollo de sociedades más complejas —según la Enciclopedia Británica—, ese uso funcional se transformó en un símbolo cultural y social. La durabilidad de las pieles, su tacto y su relación directa con la naturaleza hicieron que, con el tiempo, se asociaran también con estatus y prestigio entre élites sociales. En el siglo XX, —particularmente las de animales como visón, zorro y mapache— se consolidaron como un elemento visible de lujo en las grandes casas de moda.
En las últimas décadas, sin embargo, ese mismo material pasó a ser el centro de un debate más amplio que trasciende su valor estético o económico, como indica la Enciclopedia Británica. La discusión contemporánea sobre las pieles ya no se refiere únicamente a su significado dentro de la moda de lujo, sino que incorpora cuestiones éticas, ambientales y de bienestar animal. Cada vez más consumidores y diseñadores cuestionan no solo qué materiales se utilizan, sino cómo y por qué se emplean, lo que genera un cambio en su valor simbólico dentro de la industria.
Lo que antes era un atributo común en las colecciones de alta costura empezó a desaparecer cuando consumidores y diseñadores cuestionaron el uso de materiales obtenidos de animales criados o sacrificados exclusivamente por su pelaje, práctica conocida como peletería. Un punto de inflexión fue la decisión del conglomerado de lujo francés Kering en 2021 —propietario de casas como Gucci, Balenciaga, Bottega Veneta, Saint Laurent y Alexander McQueen—, de dejar de usar estos materiales en todas sus marcas, en respuesta a las expectativas cambiantes de sus clientes y a una visión de lujo más responsable. Un anuncio que se dio previo a las colecciones de otoño/invierno 2022.
Gucci fue una de las primeras marcas en empezar este proceso.
En 2017, el entonces director ejecutivo Marco Bizzarri anunció la política durante la conferencia Kering Talk 2017, celebrada en el London College of Fashion. Indicó que sus colecciones dejarían de incluir pieles reales desde la temporada primavera/verano 2018 y se comprometió, además, con organizaciones como la Fur Free Alliance. Otros grandes nombres de la industria siguieron este movimiento. El Grupo Prada —que incluye Prada, Miu Miu y más recientemente Versace— indicó en un comunicado que dejaría de usar piel en sus productos a partir de las colecciones primavera/verano 2020, como parte de una política que buscaba alinear innovación y responsabilidad social. Marcas icónicas como Chanel, Burberry, Michael Kors, Armani, DKNY y varios diseñadores independientes anunciaron políticas fur-free en distintos momentos entre mediados y finales de aquella década, según varios reportes de la organización PETA (Personas por el trato ético de los animales).
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En un análisis de Business of Fashion se menciona que este movimiento no solo responde a criterios éticos vinculados al bienestar animal, sino también a una presión cultural más amplia por sostenibilidad y transparencia en las cadenas productivas. El debate sobre qué materiales son aceptables hoy implica entender diferencias entre piel, cuero, lana, sintéticos y alternativas, lo que obliga a redefinir qué puede considerarse “lujo ético” en el mundo contemporáneo…
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