Los mundos del arte y la moda nunca han estado tan entrelazados. Hace algunos días, en la semana de la moda de Nueva York, Carolina Herrera envió a la pasarela a destacadas artistas y galeristas, mientras que Diotima colaboró con el legado del modernista cubano Wifredo Lam, actualmente objeto de una retrospectiva en el Museo de Arte Moderno. La colección Frick inauguró recientemente una exposición que examina el papel del vestuario en los retratos de Thomas Gainsborough y —este mayo— el Museo Metropolitano de Arte presentará “Costume Art”, el próximo gran evento del Costume Institute que explorará la relación entre la indumentaria y el cuerpo mediante diálogos entre prendas y obras de arte.
Si el momento actual parece especialmente entrelazado, el diálogo entre arte y moda dista mucho de ser nuevo. La exposición “Art X Fashion”, del Museo del Instituto Tecnológico de la Moda, ofrece un amplio recorrido por esta relación desde el siglo XVIII hasta la actualidad. Abierta del 18 de febrero al 19 de abril, la exposición reúne 140 prendas, accesorios, textiles, fotografías y obras que trazan el intercambio sostenido entre ambas disciplinas a través de estudios de casos temáticos.
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“Se ha escrito muchísimo sobre esta intersección”, afirma Elizabeth Way, curadora de vestuario y accesorios en MFIT y creadora de la muestra. “Esta exposición trata sobre cómo la colección del museo responde a ese tema”. En lugar de apoyarse en ejemplos evidentes —como la colaboración de Louis Vuitton con Takashi Murakami o los estampados de Marilyn Monroe de Versace tras Warhol (artista plástico)—, Way profundiza en las razones por las que este fenómeno de larga data persiste.

En el centro de su tesis está la idea de que la moda siempre ha sido socia de las bellas artes, no simplemente su seguidora. Históricamente relegada al ámbito de las artes decorativas —y por tanto situada en un peldaño inferior dentro de las jerarquías occidentales de la cultura visual—, la moda ha sido percibida con frecuencia como derivativa. “Art X Fashion” cuestiona ese marco. “Las bellas artes y la naturaleza son probablemente las dos fuentes que con mayor constancia inspiran a los diseñadores”, señala Way, aludiendo a la posición privilegiada de las artes plásticas en la cultura euroamericana. Sin embargo, cuando el arte circula a través de la moda, su reproducción no necesariamente diluye su valor: puede amplificarlo. Una inversión de papeles que sugiere que hoy el mundo del arte corteja a la moda con el mismo entusiasmo con que la moda ha cortejado al arte durante décadas.
La exposición se abre con lo que Way describe como una “línea de tiempo de Historia del Arte 101”, que ilustra cómo ambos campos emergieron de las mismas corrientes culturales. Los visitantes descubren, por ejemplo, que los artistas estuvieron entre los primeros coleccionistas de indumentaria histórica, utilizando prendas para vestir a los sujetos de sus pinturas; las colecciones de dos pintores británicos acabarían convirtiéndose en el germen del archivo de moda del Victoria and Albert Museum. A su vez, la historia de la moda ha ayudado a los especialistas a fechar pinturas.
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A partir de ahí, viñetas temáticas trazan paralelismos entre movimientos como el rococó, el art déco, el surrealismo, el pop y el posmodernismo. Un corsé de los años cincuenta de Charles James, diseñado para una bailarina de cabaret, rebosa referencias de la historia del arte, desde los ojos de Dalí hasta la Mona Lisa.
Una instalación de video explora el “garmenting”, una práctica del arte contemporáneo que incorpora prendas y accesorios en obras de arte.

La galería principal, de estética “cubo blanco”, alberga quizás la sección más resonante: la pregunta perenne: “¿Es la moda arte?”. En lugar de ofrecer una respuesta definitiva, Way invita a la reflexión. Como ha argumentado Valerie Steele, directora y curadora en jefe de MFIT, la moda no necesita ser arte para ser importante.
Apoyándose en el historiador del arte y la moda Christopher Richards, la muestra propone que si la moda demuestra innovación formal, artesanía exquisita e impacto cultural, puede razonablemente considerarse arte. Los diseños escultóricos de Martin Margiela, Rei Kawakubo e Iris van Herpen ejemplifican la innovación. Charles Frederick Worth, Paul Poiret y Elsa Schiaparelli representan la maestría técnica. Mientras tanto, el New Look de Christian Dior y la indumentaria punk de los años setenta subrayan la capacidad de la moda para reconfigurar el tejido social y cultural.
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Secciones adicionales examinan la reproducción, la interpretación y la colaboración. El abanico es notable: el vestido Mondrian de 1965 de Yves Saint Laurent; un vestido de 2014 de Eric Gaskins que traduce la abstracción gestual de Franz Kline en bordados de cuentas; y una camiseta fruto de la colaboración en 2023 entre Grace Wales Bonner y Kerry James Marshall, en beneficio de Study and Struggle, un colectivo abolicionista con sede en Mississippi. Aquí, lo comercial se convierte en un canal antes que en una concesión.

En última instancia, “Art X Fashion” replantea un debate desgastado. “Esta pregunta sobre si la moda es arte oscurece el papel fundamental que tanto las bellas artes como la moda desempeñan en la representación de nuestra cultura e identidades”, afirma Way. Quizás haya llegado el momento de dar por terminada, de una vez por todas, esa rivalidad. (I)
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.