Dentro de la escena musical del país, el nombre de Ernesto Karolys no pasa desapercibido. No solo por su trabajo como baterista, que lo ha llevado a tocar para bandas —como Cruks en Karnak, Biorn Borg y Can Can— y para solistas —como Mauricio Samaniego, Danilo Parra, Mariela Condo, Jenny Villafuerte, Sergio Sacoto y el español Mikel Erentxun, entre otros—, sino por su rol como productor de algunos de los discos más relevantes de los últimos años.
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Se podría hasta decir que Karolys ha sido uno de los responsables del sonido de la música independiente de Ecuador de los últimos 10 años. Y eso no sería equivocarse, porque lo prueba su labor con Tripulación de Osos, Da Pawn, Lolabúm, Joanne Vance, Cometa Sucre y Toño Cepeda. Hoy, ya no solo se trata de aportar en el sonido y en la forma de las canciones de otros. En 2026, Ernesto Karolys acaba de lanzar el primer trabajo de su proyecto, Hipsteria, en el que el jazz —que estudió en Estados Unidos, donde obtuvo una maestría con la tutoría del gran bajista y compositor John Patitucci— y un rock experimental parecen mezclarse como si se tomaran de la mano con facilidad.
Es decir, hay algo íntimo y propio en las cuatro canciones que integran este Ep —extended play—, que habla de confianza y de soltura. Son canciones que empezaron a componerse hace 11 años y que ya se habían grabado una primera vez en 2018, con una versión distinta de la banda. Literalmente solo había que lanzarlas, porque ya habían sido masterizadas: los procesos finales antes de que las grabaciones dejen el estudio y pasen al disco o a los servicios de streaming para escucharlas.

Pero él se contuvo, no quiso que salieran. Eran sus canciones y él prefirió el silencio por un tiempo: “No sé por qué, pero nunca me convenció, nunca me llegó a matar”, dice él de esa primera grabación. En un estudio dentro de su casa, en el barrio de La Floresta, con un partido de la Premier League encendido en su computadora —“soy un enfermo del fútbol”, confiesa—, Karolys recuerda el camino que tuvo que seguir el Ep El principio del fin, que vio la luz en enero de 2026.
“Yo quería hacer algo de lo que estábamos haciendo en ese momento, pero cuando lo estaba mezclando, me di cuenta que no era el camino que tenía que seguir”, cuenta Karolys. Fueron esas grabaciones las que se usaron como demos para la postulación a fondos concursables del Instituto de Fomento de las Artes, Innovación y Creatividades (IFAIC)—, con lo que se realizaron cuatro canciones en Quito.
Un Alfa y Omega sonoros
El principio del fin es una producción integrada por Sick, 7:15, Tron y DaDiDa, que fueron registrados en vivo por parte de una banda que está integrada hoy, aparte de Karolys en la batería, por Mauricio Vega en el bajo, Luis Sigüenza en el saxofón y Camilo Pérez en la guitarra. A nivel sonoro esta es una exploración instrumental que se mueve por un carácter experimental que por momentos recuerda a lo que musicalmente hizo David Bowie en su último álbum, Blackstar. En otros resuena a cierta estética de jazz fusionada con una pizca de funk, que remite a lo que el baterista, compositor y cantante norteamericano Louis Cole intenta, sobre todo con su proyecto Clown Core. No se trata de virtuosismo gratuito —una de las críticas más constantes al jazz—, sino de generar atmósferas y producir colores distintos a cada momento.
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El solo de Sigüenza en Sick, el tema de apertura, es simplemente fabuloso. Pérez toca riffs propios del rock en medio de un desarrollo rítmico que hace comprender la apuesta con claridad, casi siempre empatada con cierta tensión en las armonías. Vega es un motor melódico que acompaña con precisión los beats de Karolys, quien, dependiendo del tema, busca sonidos distintos. El resultado impresiona y no se necesita ser experto para apreciarlo.
Tron.0 es la canción más compleja del conjunto. “Nos costó muelas porque no sonaba bien. De ahí le hicimos unas notas mentales y a la quinta o a la sexta salió. Fue un reto que no había tenido hace mucho tiempo”, cuenta Karolys, el músico que nació en Moscú en 1980, de ahí el apodo con el que todo el mundo lo conoce: Ruso.
En conjunto, hay un espíritu de libertad en estos temas, que abraza las imperfecciones y las dinámicas que se dan cuando varios músicos se juntan a tocar al mismo tiempo. “Yo quería esa rebeldía desde nuestro lado musical (…) que podamos hacer lo que nos diera la gana”, dice el baterista.
Y eso tiene que ver con lo que sucede con los músicos, con tocar una y otra vez y conseguir una química que se vuelve tan natural como aprender a andar en bicicleta, porque una vez que sucede el clic, todo lo demás es más fácil. Karolys lo evidencia cuando habla del concierto de lanzamiento del Ep, el pasado 24 de enero, en el Quito Jazz Club. “Los manes me decían: brother, esto es mucho mejor de lo que tocamos en el Ep. Y es verdad”. Esa presentación fue grabada en audio y video y eventualmente deberá ver la luz. Así como un nuevo Ep en el que están trabajando.
El principio del fin es el resultado de 10 años de trabajo. Del baterista que decidió empezar a componer mientras vivía en Nueva York, en 2015, utilizando el programa Ableton, aprovechando el tiempo libre que le daba su trabajo como bartender. El Ruso no buscaba nada en particular, solo intentaba cosas y si sonaban bien, se quedaban. Así salieron demos que compartió con los músicos que se sumaron a Hispteria.
Hoy, este proyecto que lleva su firma, su ADN, está mucho más asentado y existe porque hay canciones que se pueden escuchar. Y son las suyas, las que compuso un baterista; quizás para alguno haya limitaciones ahí, pero pensar la música desde el ritmo es una forma de hacer cosas interesantes. Hipsteria es el vehículo preciso para llegar a esa música inesperada que puede transportar a quien la escucha. (I)