Karwai Tang

Los mensajes de WhatsApp en todo el mundo entraron en ebullición hace un par de semanas, cuando Brooklyn Beckham publicó lo que ya se conoce como “el comunicado”. En él, contó a sus 16,5 millones de seguidores en Instagram —y, por extensión, al resto del mundo— que había cortado definitivamente los lazos con su familia, a quienes acusó de haberlo controlado durante toda su vida

A lo largo de seis publicaciones distintas, relató cómo supuestamente intentaron presionarlo para que cediera los derechos sobre su nombre y afirmó que sus demostraciones públicas de amor en redes sociales eran performativas. También, se quejó de que su madre no se hubiera pronunciado públicamente en apoyo a las iniciativas de bienestar animal de su esposa para perros desplazados.

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“Mi familia valora por encima de todo la promoción pública y los acuerdos comerciales. Brand Beckham es lo primero”, escribió. “El ‘amor’ familiar se mide por cuánto publicas en redes sociales o por qué tan rápido dejas todo para aparecer y posar en una foto familiar”.

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Dave Benett. Getty Images.

El comunicado hace referencia a años de rumores sobre un distanciamiento entre Brooklyn y sus padres, Victoria y David Beckham, y más recientemente con sus hermanos, Cruz y Romeo, quienes —según él— ahora lo han bloqueado. Las especulaciones comenzaron a circular en 2022, cuando el fotógrafo y chef autodenominado se casó con Nicola Peltz. El mundo del entretenimiento se preguntó por qué la novia no había llevado un vestido diseñado por su suegra, diseñadora de moda (un tema que Brooklyn ya abordó en sus publicaciones), y optó por Valentino en su lugar.

El pasado julio, las tensiones latentes parecieron alcanzar un punto álgido cuando Brooklyn estuvo notablemente ausente de las multitudinarias celebraciones por el cumpleaños 50 de su padre. Tampoco asistió al más reciente desfile de Victoria Beckham en París ni al estreno de su documental en Netflix en octubre. 

“Los Beckham son una tradición en Reino Unido”, afirma la psicóloga conductual Jo Hemmings. 

“Lo que deciden mostrar, por ejemplo, en sus documentales, frente a lo que realmente está ocurriendo en la vida real, son dos cosas completamente distintas. Así que, por supuesto, nos fascina conocer la verdad detrás de todo esto. El relato de Brooklyn es además tan definitivo y tan cargado de ira. Marca el final de algo y resulta bastante impactante. He visto muchos casos así a lo largo de mi carrera, pero creo que este tiene que ser uno de los comunicados más amargos y virulentos que he presenciado”.

Los Beckham convirtieron a su familia en su marca desde que Victoria anunció por primera vez su embarazo de Brooklyn en una revista de chismes en 1998. Cuando llegaron las redes sociales, cultivaron una imagen aparentemente perfecta de unidad y cercanía familiar, publicando con regularidad fotos de los seis juntos y escribiendo mensajes cariñosos en las publicaciones de los demás. 

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El superpoder de los Beckham era esta idea de fortaleza familiar: pasara lo que pasara, se tenían los unos a los otros. A los ojos externos, resultaba aspiracional y extrañamente identificable. Con toda su fama, éxitos y riqueza, los Beckham parecían una familia común que se respaldaba mutuamente. Todo esto se desarrolló de manera pública y ahora esa imagen ha quedado cósmicamente hecha añicos, irónicamente a través de la misma plataforma que los Beckham utilizaron para controlar su narrativa.

Antes de juzgar, la psicóloga infantil y educativa Emily Crosby dice que deberíamos pensarlo dos veces. “Cada padre y cada familia tiene sus propias razones (para publicar imágenes de sus hijos en redes sociales), pero todo depende del propósito que hay detrás de compartir esas imágenes. También vale la pena considerar qué es exactamente lo que se está compartiendo del niño o la niña y si eso puede revelar más información personal de la que debería”.

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David Beckham con un joven Brooklyn en Old Trafford en 2001. Stu Forster. Getty Images.

Nunca sabremos realmente la verdad sobre lo que ocurrió entre Brooklyn y sus padres, pero a internet no le importa. Los memes han sido de tono exaltado, diseccionando el comunicado y algunos de los detalles más turbios. Se han hecho comparaciones con otra famosa disputa familiar: la del príncipe Harry y los Windsor. Al fin y al cabo, él también denunció a su familia a través de múltiples canales: primero en redes sociales, luego en una entrevista reveladora con Oprah y después en sus memorias confesionales y superventas, Spare. Su salida de la familia real estuvo estrechamente vinculada a su pareja, Meghan. Al igual que los Beckham, los Windsor priorizan cómo se ven las cosas por encima de cómo son en realidad, sin importar el costo personal. 

Esa historia fue consumida por el público de una manera igual de intensa y voraz.

Las disputas familiares dramáticas, dice Crosby, son más frecuentes de lo que se suele pensar. “Las peleas y los distanciamientos familiares son extremadamente comunes y ocurren todo el tiempo. Las rupturas en las relaciones son muy típicas y, de hecho, cumplen una función para que los sistemas familiares sigan operando, aunque no siempre resulten cómodas”.

Es una mezcla embriagadora de identificación y drama lo que hace que las batallas familiares de alto perfil nos resulten tan irresistibles. Aunque el conflicto de los Beckham pueda parecer distinto a la mayoría de las disputas familiares (pocos de nosotros nos peleamos con nuestros parientes por no mostrar apoyo público a causas relacionadas con perros desplazados), es precisamente su carácter cotidiano lo que lo vuelve tan fascinante. Todos tenemos una familia disfuncional de alguna manera y nos hace sentir mejor y menos solos ver la disfunción dentro de los hogares de personas que parecen tenerlo todo.

El modelo de la familia perfecta, en la que todos se llevan bien y se apoyan sin límites, es uno de los mitos más antiguos de la sociedad y una de sus expectativas más castigadoras. No todos podemos tener una madre que sea como una mejor amiga ni hermanos a los que adoremos. Tampoco todos nos casaremos con familias políticas que nos resulten agradables. Hay una extraña sensación de afinidad al ver que incluso las familias de celebridades sienten lo mismo que nosotros. “Nos hacen pensar en nuestras propias dinámicas familiares y en las disputas que hemos vivido. Casi sentimos que es imposible que una familia ‘perfecta’ presente dificultades así, pero en realidad es algo completamente normal”, explica Crosby. 

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David, Cruz, Brooklyn y Harper Beckham con Nicola Peltz en un desfile de Victoria Beckham en marzo de 2024. Darren Gerrish. Getty Images.

“Habrá muchas familias que han tenido problemas para relacionarse con sus suegros y que han experimentado rupturas en momentos clave, lo que hace que esto resulte extremadamente identificable. En psicología —manifiesta Crosby— sabemos que a menudo externalizamos nuestros desafíos y tener una situación externa como esta puede ayudarnos a representar nuestras propias narrativas internas”.

Las razones por las que vemos reality shows son las mismas por las que nos encontramos devorando disputas entre celebridades. El drama es intoxicante. Todos, al menos en algún nivel, disfrutamos observar los altibajos de la interacción humana, especialmente cuando no nos afectan de manera directa. Es una parte esencial de la narración que se remonta a las tragedias griegas antiguas y llega hasta Love Island y Succession, ofreciéndonos una vía de escape de la vida cotidiana. Es más agradable pensar en la disfunción de la familia Beckham que en el hecho de que el presidente de Estados Unidos esté considerando invadir Groenlandia.

“El mundo está en un momento inestable, así que esta noticia aparentemente trivial, que no nos amenaza ni impacta nuestras vidas de ninguna manera, funciona como escapismo”, dice Hemmings. “De forma consciente o inconsciente, pensamos: ‘Voy a centrarme en esta historia porque está en desarrollo, es dramática y es diferente’. Durante ese momento, desaparecemos del ruido constante de noticias inquietantes que nos rodean todo el tiempo”.

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La verdad se encuentra en algún lugar de los recovecos más profundos y oscuros de nuestro corazón: disfrutamos ver cómo los bellos, exitosos y ricos ventilan su ropa sucia y demuestran ser tan problemáticos, caóticos y mezquinos como nosotros. Ya sea que estemos del lado de Brooklyn o del lado de los Beckham (y seguramente a estas alturas todos ya hemos tomado partido), hay un componente humano universal que es innegablemente trágico.

“Que un hijo te corte de su vida es inimaginable para cualquier padre y, si ocurriera, sería algo privado”, afirma Hemmings. “Es como un duelo: han perdido a alguien de una manera tan contundente, tan gráfica. Me preocupa el estado mental de él para haber dicho todo esto. Hay un lado más oscuro en muchas personas que quizá disfrutan ver el supuesto fracaso de esta familia, pero también hay quienes lo encuentran profundamente triste y eso depende del tipo de persona que seas. A mí me resulta fascinante, pero a nivel humano me siento muy triste por ambas partes. Ambos han perdido algo precioso”. (I)

Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Reino Unido.