Hay accesorios que completan un look. Y hay otros que lo definen. El sombrero, cuando está bien hecho y mejor llevado, pertenece a la segunda categoría. Para Bryan Bartolomé, CEO de Bartolome Hats, los sombreros son una firma, una postura y, sobre todo, una forma de mostrar Ecuador al mundo.
Nació en Quevedo, provincia de Los Ríos. Su madre fue costurera desde los 15 años y él creció entre telas, convirtiéndose en su primer asistente. “Siempre estuve en medio de las máquinas de coser. Yo iba a comprar los botones, las agujas, hacía entregas”. A los 23 años empezó a confeccionar trajes y vestidos de novia en Guayaquil. Antes había intentado estudiar fotografía, pero no terminó. Con el tiempo entendió que no fue un error, sino una señal.
“Ser diseñador estaba en mi mente. En el colegio hacía carpetas de tela, le hacía un montón de cosas a mis jeans, pintaba mis zapatos. Siempre estaba buscando qué hacer con mis manos”.
El primer vestido de novia que confeccionó fue para un matrimonio civil —sencillo, cuenta Bartolomé—, hecho con mucha dedicación. Esa clienta le trajo a sus amigas. Y esas amigas a otras más. El crecimiento fue a paso lento, sin campañas ni grandes vitrinas. “Normalmente mis clientes llegan por recomendación, valoran mi trabajo y pagan por él. Eso me llena el corazón”.
Contenido relacionado: 170 eventos convierten a Milán en el epicentro absoluto de la moda
Hoy, un vestido de novia firmado por Bartolomé puede partir desde los US$ 1.000 y subir según la tela y el nivel de intervención. Importa materiales desde Israel y Turquía para asegurar esa exclusividad que buscan las novias. “Si hago un vestido, no repito el diseño. Puede ser la misma tela, pero nunca la misma pieza”.
En 2020, llegó la pandemia y con ese huracán, muchas ideas. Con el mundo en pausa y los eventos suspendidos, necesitaba moverse por otras ramas. En un viaje a Cuba llevó un sombrero, trabajado con fieltro de lana, que diseñó con un artesano en Otavalo. “Me preguntaban dónde lo compré y yo respondía: lo hice yo”. Un amigo se lo llevó a Miami. Influencers comenzaron a usarlo. Las fotos circularon. Los pedidos también. “Empecé vendiendo seis a la semana, luego 12, 24… todo se duplicaba. Era una locura”. Así este quevedeño empezó con una nueva línea de sombreros.
Actualmente, la marca vende entre 15 y 30 sombreros semanales en Ecuador y Estados Unidos. En el mercado local cuestan entre US$ 75 y US$ 90; en Estados Unidos, entre US$ 150 y US$ 200. Las piezas más elaboradas —con cristales aplicados a mano o detalles en oro— pueden alcanzar los US$ 250. El modelo de negocio es principalmente online, con un showroom en Guayaquil y alianzas para distribución en Miami.
La estructura también creció. Bartolome Hats genera empleo directo para ocho personas y trabaja con artesanos en Otavalo, Cuenca y Montecristi. Utiliza fieltro de lana 100 %, paja toquilla y palma natural. Cada sombrero nace de una campana tejida a mano que luego se moldea, se prensa y se personaliza. “Todos vienen de manos artesanas. Uno a uno, no es producción en masa”. Los materiales que utiliza son parte central del relato que quiere proyectar.
“Cuando hice la marca pensé en que la gente diga que ese sombrero es de un diseñador ecuatoriano”.
Cada año lanza al menos una colección principal entre junio y julio, con cinco o seis modelos por temporada. Algunas son limitadas, otras permanecen. Summer 2025 apostó por la paja toquilla con ala amplia, tonos claros y piezas versátiles, incluso con cadenas para llevarlas como mochila. La identidad se basa en colores beige, blancos, cafés y una elegancia que no exagera con un outfit bien pensado, asegura Bartolomé.
El proceso creativo es una montaña rusa. “Cuando estoy inspirado, tengo que terminarlo. Hago un desastre, pruebo, desarmo, vuelvo a armar”. Disfruta especialmente dos momentos: diseñar y entregar. “Cuando me dicen ‘lo amo’, con eso me basta”. Para él, el sombrero transforma la actitud. No se trata de tendencia, se trata de seguridad. “Lo importante no es lo que está de moda, sino cómo lo luces. Puedes usar algo sencillo y si te sientes seguro, la rompes”. Su cliente ideal busca llamar la atención, pero también quiere proyectar una elegancia sin disfraz.
Lee también: Lo que debes saber sobre la feria de moda y joyería en Milán
Vive entre Ecuador y Miami, dos ciudades que alimentan su red creativa. En Estados Unidos tiene alianzas con empresarios que solicitan su producto mensualmente para despacho en esa ciudad. Sus piezas han llegado a México, Colombia, Venezuela y España. Una vez —según su relato— vio una caja de su marca en un aeropuerto europeo.
Su mayor sueño es tener tiendas propias y ver a personas que prueben sus piezas alrededor del mundo. Pero, hay algo que no negocia y eso es la conexión. “Bartolome es mi vida. Si un cliente siente que no es lo que soñó, lo rehago. Quiero que amen mi marca, que la respeten, que la valoren. Literal les estoy entregando algo de mí”. (I)