El rojo es lo primero que llama la atención. Cinco mujeres lo llevan sobre los hombros, en una bayeta que acompaña sus movimientos y enmarca una vestimenta que no necesita presentación. Son blusas bordadas, anacos y accesorios que forman parte de su identidad. Estamos en el Centro Histórico de Quito, donde las hermanas Quinatoa nos reciben para conversar sobre Kilaya, la firma que fundaron para trasladar los saberes de su familia y de su comunidad a la moda.
La manera en que hablan deja clara su intención. Estefanía, Samay y Tamia tienen edades, experiencias y recorridos distintos, pero están convencidas de que lo que aprendieron de las mujeres de su familia merece un lugar en el presente. Mientras una habla de los años de investigación y del valor de los saberes ancestrales, otra explica las posibilidades de las fibras y los tintes naturales. La menor escucha, participa y parece tener la mirada puesta en todo lo que todavía pueden hacer.
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Cada una encuentra su lugar para explicar el proyecto. En Estefanía, la mayor, hay experiencia y madurez; en Samay, conocimiento y una sabiduría que nace de observar y comprender su hogar; en Tamia, la curiosidad de quien aún está aprendiendo y tiene ganas de comerse el mundo. No son papeles que se repartieron para presentar su trabajo. Son impresiones que me quedan después de escucharlas hablar de sus raíces y de las posibilidades que ven en ellas.
Al encuentro también las acompañaron Juana Chuquiana, su madre, y María Manuela Chadan, su abuela. En esta familia, la artesanía empezó en sus manos. Las fundadoras crecieron en Pucará Grande, una comunidad de Quisapincha, en Tungurahua. Allí, María Manuela y su esposo Gregorio tejían shigras, bolsos tradicionales elaborados con cabuya, una fibra natural que se obtiene del penco. Una pieza grande, de aproximadamente 50 por 50 centímetros, requería hasta cinco días de elaboración y podía venderse por US$ 10. “El tiempo y la destreza que demandaba no siempre se reflejaban en el precio”, dice Samay.
Las hermanas conocían el valor de lo que hacían sus abuelos y veían cómo la falta de ingresos suficientes llevaba a muchas personas de la localidad a abandonar esos oficios. La artesanía, pese a todo lo que exigía, difícilmente se percibía como una actividad de la que se pudiera vivir.
Ante esa realidad, las hermanas se preguntaron cómo mantener vivas las técnicas heredadas y, al mismo tiempo, generar ingresos dignos. De esa inquietud nació Kilaya. El proyecto comenzó con Samay, quien experimentó con vegetación y arte botánico a través de Tuna, un emprendimiento en el que prensaba hojas y flores para crear cuadros y separadores de libros. Así, conoció las propiedades tintóreas de las plantas y aprendió a reconocer su conexión con las prácticas que vio en su infancia.
La marca, fundada hace aproximadamente dos años, reúne esos aprendizajes para presentar una propuesta llena de artesanía y diseño contemporáneo. Su nombre une quilla, luna, y aya, espíritu. La primera palabra tiene que ver con el calendario agrícola, en el que la luna orienta los ciclos de cultivo; la segunda, con la presencia de las plantas en cada modelo. Para ellas, los materiales tienen una procedencia, una historia y un ciclo que continúa después de que la ropa cumple su vida útil.
Así, investigan técnicas de teñido natural que sus abuelos y padres ya conocían, recuperan la cabuya y trabajan con bordados inspirados en las siluetas de la flora. A estos saberes suman decisiones de diseño que llevan las prendas a distintos espacios para combinarlas de diferentes maneras. Por eso, su madre y su abuela no son referencias lejanas a las que recurren para construir su relato. Son parte de la herencia familiar que sostiene el proyecto y de los aprendizajes que buscan transmitir a otras generaciones.
Las plantas, las montañas, el agua, el aire y el sol son su fuente de inspiración para las siluetas, las texturas y los bordados. Estefanía explica que, para encontrar nuevas formas, a veces basta con salir al campo, mirar las hojas y detenerse en los detalles que pasan inadvertidos.
Los bordados, por ejemplo, buscan trasladar al tejido elementos del paisaje andino. Una puntada recuerda el contorno de una montaña o una combinación de figuras evoca un ave. Para teñir utilizan especies vegetales y fibras naturales, sobre todo algodón en las piezas de tela. El resultado depende de factores como el momento de recolección, la cantidad de calor y la presión aplicada en el proceso. Por eso, aunque puedan repetir un patrón de confección, no consiguen reproducir exactamente el mismo tono. Un color es más intenso o más tenue de lo esperado; una prueba puede dar un resultado distinto al que imaginaron. Por eso hablan de creaciones únicas.
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Para los looks tejidos utilizan una mezcla de 70 % de lana de alpaca y 30 % de lana de oveja. La cabuya, por su parte, sigue presente en las shigras, cuya elaboración exige especial cuidado. Son procesos que requieren tiempo y destreza, dos elementos que las posicionan dentro del slow fashion. La intención de Kilaya es que esa actividad se reconozca tanto en el acabado como en el precio. Los precios oscilan entre US$ 65 y US$ 350, según los materiales, el nivel de elaboración y las técnicas empleadas.
La primera línea de Kilaya se presentó en 2025, durante la Tungurahua Fashion Week. Se llama “Andes donde andes”, un nombre que resume la intención de crear prendas que acompañan a quien las lleva en diversos momentos y lugares, sin perder la conexión con su origen. La misma tiene alrededor de 14 piezas entre chalecos, suéteres, blusas, faldas, pantalones y vestidos. La línea combina diseños de lana y de algodón teñidos naturalmente. Entre sus diseños destacan los chalecos Kipus, Flor, Flecos y Surcos, además de los suéteres Capulí y Arroz.
El vestido Tungurahua es uno de los más solicitados. Su nombre se debe al volcán que forma parte del paisaje de su pueblo y que reconocen como una presencia cercana. Las siluetas son fluidas y ligeras. Por su parte, los vestidos, las blusas y otras piezas incorporan encarrujados, elásticos y amarres que permiten adaptarlas a diferentes cuerpos.
En julio de 2026, Kilaya presentó su segunda colección “Páramo”. Si la primera recorría los Andes desde una mirada amplia, esta propuesta se concentra en el ecosistema donde ellas nacieron y crecieron. Pucará Grande se encuentra a unos 3.200 metros sobre el nivel del mar, en un paisaje que determina la vida cotidiana de su comunidad. Conserva las líneas de la anterior —chalecos, suéteres, blusas, pantalones, faldas y vestidos—, pero incorpora nuevas siluetas, texturas, cortes y métodos de tejido.
Vestir una creación de este lanzamiento supone, en la intención de sus creadoras, acercarse al páramo y reconocer la importancia de conservar los ecosistemas andinos, sus plantas, su diversidad y su capacidad de adaptación. Al despedirnos, me queda la impresión de haber conocido algo más que una marca joven. La moda, para las hermanas Quinatoa, es el medio. El propósito está en mantener viva esa memoria, reconocer el trabajo artesanal y recordar de dónde vienen. (I)
* Créditos
Fotografía: Daniel Queirolo e Iván Franco.
Modelo: Milena.
Agencia: D.I.S Management.
Prendas: Kilaya.
Maquillaje y Peinado: Aracely Chicaiza.