Hay algo en los proyectos de Al Borde que nos obliga a detenernos. Es suficiente encontrarse con una de sus fotografías en redes sociales para querer mirar dos veces. Una biblioteca infantil en medio de la Amazonía, una escuela en la costa ecuatoriana o una estructura levantada con materiales distintos son las edificaciones que llaman la atención. Cada una tiene su propia personalidad.
Para conocerlos, hay que llegar al Centro Histórico de Quito, donde funciona su estudio. La oficina ocupa una antigua casa que el equipo adapta a sus necesidades, sin borrar por completo su fachada original. Al contrario, parece que encontraron en ella una oportunidad para experimentar.
El recorrido es un pequeño laberinto. Hay puertas que se abren hacia otros ambientes, escaleras empinadas que están en medio de los pasillos y puentes que dan vértigo. Las habitaciones se conectan de maneras poco convencionales y algunas funcionan como alojamiento para estudiantes, pasantes, expositores y visitantes extranjeros interesados en conocer lo que hacen.
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David Barragán, uno de los cuatro socios, me recibe en la sala de reuniones. El lugar está lleno de la madera y las maquetas de lo que ya construyeron. En el mismo piso hay una ventana por la que subí para llegar a la cubierta de la casa. Desde allí se observa el paisaje del casco colonial y, a lo lejos, parte de la Basílica del Voto Nacional. Debajo funciona una especie de taller, con herramientas en las paredes y una mesa de trabajo en el centro.
Cuesta no relacionar el lugar con las imágenes de sus iniciativas. Sin embargo, cuando le pregunto por la inspiración detrás del concepto, David se aparta de la respuesta que podría esperarse de un arquitecto. “Nosotros somos muy pragmáticos”. No hablan de inspiración, explica, porque su práctica consiste en resolver necesidades a través de esta disciplina. La forma viene después.
Al Borde nació en 2007, cuando David y Pascual Gangotena, amigos desde sus años en la Pontificia Universidad Católica de Quito, decidieron diseñar juntos una vivienda. Ambos tenían empleos a medio tiempo y la situación profesional no era tan estable.
El pedido era para una clienta que quería vivir más cerca de la naturaleza. En el terreno encontraron una tierra apropiada para la construcción y propusieron levantar muros de tapial, una técnica ancestral que consiste en compactar tierra para crear paredes gruesas de 60 centímetros. Con ello, la idea era mantener el interior fresco cuando hace calor y conservar el calor cuando bajan las temperaturas.
Los dos expertos pensaban que era un trabajo puntual y que después cada uno seguiría su camino. Llegaron otras solicitudes, pero algunas nunca se construyeron. En este mundo, explica David, conseguir que uno de cada 10 proyectos llegue a realizarse ya puede considerarse un buen resultado.
Lo que sí funcionó desde el principio fue la dinámica entre ambos. Querían encontrar una relación más precisa entre los materiales, las personas y el lugar. No creían que todas las viviendas debían hacerse con hormigón, ladrillo o tierra por igual. Cada plan buscaría su propia respuesta.

Así fue construir la escuela comunitaria Nueva Esperanza, en Puerto Cabuyal, Manabí. Esta obra, hecha en 2009, les planteó preguntas que excedían la planificación de un edificio. ¿Cómo acercarse a una comunidad? ¿Cómo involucrar a sus habitantes en las decisiones? ¿Cómo hacer que un lugar respondiera a una manera específica de aprender? Las materias primas con las que este estudio comenzó a pensar el espacio fueron la madera, la caña y la paja. Lo que había que descifrar era cómo utilizarlas para crear un entorno diferente.
El resultado rompía con la imagen habitual de las construcciones hechas con esos recursos. Los techos se elevaron, la estructura cambió y los elementos quedaron a la vista. David recuerda que su equipo imaginaba a este sitio como una nave espacial. Los niños, en cambio, bautizaron una de las estructuras como “el barco”.
También diseñaron el interior para que los estudiantes pudieran apropiarse de él. Los estantes de la biblioteca, por ejemplo, se organizaron a diferentes alturas —con lógica Montessori— para facilitar el acceso a los recursos de estudio. Los ambientes abiertos podían reorganizarse según las necesidades de cada actividad. La idea era motivar a los niños a descubrir, investigar y aprender por su cuenta.

Los habitantes se involucraron en su ejecución, consiguieron los elementos constructivos, organizaron las tareas y participaron en las decisiones. Con el tiempo, la escuela se amplió hasta ser un campus educativo, en un proceso que se extendió por 10 años.
El proyecto comenzó a circular fuera de Ecuador. Su propuesta llamó la atención de publicaciones y sitios especializados, y obtuvo reconocimiento en la Bienal Iberoamericana de Arquitectura (celebrada en Medellín en 2010) y fue finalista del Design of the Year del Design Museum de Londres en 2015. En 2018, la obra formó parte de Escuelas del siglo XXI en América Latina y el Caribe, publicación del Banco Interamericano de Desarrollo, y quedó entre los finalistas del FIBRA Award, dedicado a la arquitectura contemporánea con fibras vegetales.
David dice que no se puede tomar en cuenta solo la repercusión internacional. Para él, es importante resaltar la manera en que cambió la relación de la población con los recursos que tenían a su alcance.
Un material puede tener una larga tradición constructiva y excelentes propiedades, pero su valoración cambia según la técnica en que se trabaja con él y la lectura cultural que se hace de su resultado. La caña, la madera, la paja o la tierra suelen asociarse con la precariedad, mientras que el hormigón y el bloque se convierten en aspiraciones de progreso, afirma.
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Al Borde propone cuestionar esa jerarquía. No se trata de romantizar la escasez ni de defender que los habitantes deban resignarse a utilizar los recursos disponibles. Es reconocer el potencial de los mismos, añade, y construir con ellos entornos dignos, funcionales y adecuados para cada contexto.
A partir de esta obra, María Luisa Borja se incorporó al grupo en 2010 y, poco después, lo hizo Esteban Benavides. En 2012, los cuatro consolidaron su sociedad y dejaron de ser una colaboración entre amigos.
Su siguiente apuesta fue en Yuyarina Pacha, cuyo nombre en kichwa significa “tiempo-espacio para pensar”. La biblioteca se encuentra en Huaticocha, en la Amazonía ecuatoriana, en la zona de amortiguamiento de la Reserva de Biósfera Sumaco.
En 2019, el Laboratorio Creativo Sarawarmi y Witoca, una asociación agrícola dedicada al café, impulsaron un club de lectura para los niños. Con el tiempo, la iniciativa creció hasta convertirse en un ambiente de aprendizaje, juego y creación.

Antes de la intervención, las actividades se realizaban en una habitación pequeña. El presupuesto inicial fue de US$ 25.000, obtenidos mediante un fondo del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural. El colectivo consiguió otros US$ 15.000 y al final llegaron a los US$ 40.000.
La estructura principal se construyó con chonta, una palma amazónica conocida por su resistencia y durabilidad, utilizada históricamente en las viviendas de la región. También se emplearon otras maderas locales, mientras que el techo de paja toquilla se realizó con la participación de tejedoras de otra comunidad que todavía conservaba ese conocimiento.
“La mesa se vuelve 100 % horizontal. Ya no está el arquitecto arriba y la comunidad abajo. Cada participante aporta los conocimientos que tiene”, dice David.
En ese sentido, la experiencia de quienes viven en el territorio es una herramienta de diseño para estos profesionales. Ellos saben cómo se comportan los materiales, cuándo se cosechan y cómo se utilizan. Los cuatro integrantes aportan con sus conocimientos técnicos para transformar esa información en una solución, explica el especialista.
Además de la biblioteca, estos creadores construyeron un laboratorio de microorganismos para el control biológico de plagas del café y el cacao, una planta de procesamiento de café, una vivienda prototipo para campesinos y un comedor comunitario. También construyeron oficinas y nuevas instalaciones destinadas a la formación y al desarrollo de productos amazónicos.
Su labor se mueve entre la práctica arquitectónica, la investigación y el diseño social. En 2026, Yuyarina Pacha es parte de la exposición The Geopolitics of Architecture – Frontiers of Design, en el MAXXI, el Museo Nacional de las Artes del Siglo XXI de Roma. Ese mismo año, Al Borde participó en otras muestras internacionales dedicadas a la arquitectura y al bienestar en la ciudad. Fuera del país, en Chile, también levantaron una “Escuela Sustentable” y llevaron sus ideas a Lo Zarate, región de Valparaíso.

La atención que reciben sus iniciativas demuestra que las soluciones nacidas en contextos rurales pueden abrir discusiones que trascienden su lugar de origen. Sin embargo, para David, el desafío sigue estando en cómo hacer que estas experiencias dejen de ser excepcionales.
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Considera que existe un interés creciente por este oficio con impacto social. El problema está en conseguir financiamiento para desarrollarlo de manera sostenida. La cooperación internacional permite avanzar en algunos casos, aunque todavía falta que existan más mecanismos de apoyo desde las instituciones públicas.
David habla del equipo sin atribuirse el mérito de los proyectos de manera individual. Mientras conversamos, María Luisa está en Nueva Orleans, donde participa en actividades académicas; Esteban atiende asuntos de obra y Pascual se encuentra en Suiza. Cada uno desarrolla distintas tareas, pero el trabajo lleva el nombre de los cuatro. “Creo que la construcción, la solidez de esta sociedad y los chicos es lo que te da la permanencia en el tiempo”.
En el fondo, la pregunta que guía a estos cuatro arquitectos no es cómo hacer que una obra se vea distinta. Es cómo lograr que funcione para las personas que la necesitan. Lo demás —las formas inesperadas, los materiales, las fotografías que recorren el mundo— viene después. (I)