Lo primero que me llamó la atención de este lugar no es la sesión, es el espacio. El verde aparece en las paredes y el techo; el rosa, en los detalles y algunas estructuras. Hay plantas, sillones de tonos claros, lámparas que parecen burbujas de vidrio y un columpio tejido que cuelga del techo. En uno de los muros, un estampado de hojas rompe con cualquier idea de spa tradicional. Sobre nuestras cabezas hay instrucciones como “1. Pick a day” y “2. Visit us”.
Todo está abierto, iluminado y pensado para que la vivencia se sienta personalizada. “No somos convencionales”, explica María Emilia Pareja, fundadora de Skin Co. Hace siete años creó el negocio con la intención de ofrecer una visita distinta a la de los faciales clásicos: espacios cerrados, música zen y una atmósfera completamente silenciosa. La propuesta es que el cuidado personal pueda ser divertido. Llegó el momento de probar el tratamiento que da nombre a buena parte de la experiencia: el face gym.
Antes de comenzar, Abigail Cofre, especialista y cosmetóloga de la firma, me explicó qué iba a pasar. El entrenamiento elegido se llama The Boss, dura una hora y cuesta US$ 58. Es uno de los procedimientos más completos del menú y trabaja los más de 43 músculos de la cara y del cuello. Las otras opciones de este sitio tienen precios que van desde US$ 52 hasta US$ 92, dependiendo del entrenamiento elegido.

La comparación con un gimnasio es real. El servicio está dividido en cuatro etapas: calentamiento, cardio, tonificación y enfriamiento. Comenzamos con una pelota que Abigail pasó por algunas zonas de mi cuerpo. Primero el pecho, después el cuello y finalmente el rostro. La faceball se sintió firme, pero no me incomodó. Después llegó un masaje acompañado de respiración y aromaterapia.
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Por unos minutos, cerré los ojos y todo parecía como un facial habitual. Hasta que llegó el cardio. Abigail empezó a trabajar con sus manos. Primero son movimientos rápidos y luego unas leves percusiones. O, dicho de otra manera: me empiezan a dar cachetadas en la cara.
No son golpes fuertes ni duelen de una manera insoportable, pero sí lo suficiente como para preguntarme en qué momento acepté voluntariamente que alguien me pegara durante un tratamiento de belleza.
La respuesta está en el concepto. El objetivo, dentro del protocolo, es estimular la circulación y la musculatura facial, además de identificar las áreas donde se acumula tensión. Así que sí, la belleza duele y aquí hay un pequeño sacrificio que hacer.
Mientras las manos recorrían mi cutis, la técnica detectó que tengo bastante tensión en los maseteros, los músculos ubicados a la altura de la mandíbula. Al pasar sus dedos por ese punto se sintieron saltos, como si el músculo reaccionara por sí solo. Además, encontró acumulaciones rígidas alrededor de las cejas. La piel se puso roja y la sensación cambió. Mi cara se puso caliente y despierta. Ya no parece un masaje y, literalmente, se sintió más como un entrenamiento.

La siguiente etapa es la tonificación. Los movimientos son más lentos, pero mucho más profundos. La intención es trabajar distintas zonas para conseguir una apariencia más definida. Para comprobarlo, primero se masajeó un lado y se dejó el otro intacto. Me miré en el espejo y mi mandíbula de la parte activa se veía más marcada y el ángulo de la ceja parecía más elevado. Hay también una diferencia en los pómulos.
María Emilia explica que la intención es que el gimnasio facial funcione de manera similar a un entrenamiento corporal; es decir, “la constancia es parte del proceso”. Una sesión permite observar cambios inmediatos, pero el proyecto está pensado para repetir los entrenamientos y aumentar progresivamente la intensidad.
El siguiente paso fue la electroestimulación. Abigail aplica un gel neutro de conducción y coloca el dispositivo. La máquina provoca pequeñas contracciones y relajaciones musculares. Ejercitamos cinco minutos de un lado y cinco del otro.
La sensación es completamente diferente a las cachetadas del cardio. Ahora son sutiles impulsos eléctricos los que hacen que determinados músculos se contraigan. Al combinar esta tecnología con las maniobras manuales y, dependiendo del entrenamiento y de la frecuencia con la que una persona realice el face gym, puede aumentar la fuerza con otros equipos. Su propuesta está dividida en dos mundos: tratamientos para los músculos del rostro y para la piel.Por eso, más tarde llegó la limpieza facial.

Se evaluaron las condiciones de mi dermis y empezaron con un ablandador de células que contiene ácido láctico y ácido salicílico en bajas concentraciones. Entonces, empezaron las extracciones. Esta parte no tiene nada de relajante. La paleta ultrasónica ayudó a retirar impurezas mientras se trataron las partes que necesitan mayor atención. Después utilizó el extractor para puntos negros y otras acumulaciones. Es, probablemente, el momento menos glamuroso de todo el facial; pero, uno de los más satisfactorios porque la tez va quedando limpia.
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Enseguida, usó alta frecuencia, seguida de una mascarilla cremosa con caléndula y aloe vera. Su temperatura fría se sintió especialmente bien. Para terminar, Abigail aplicó contorno de ojos y herramientas frías. Primero aparecieron el Gua Sha y los rodillos fríos. Luego, unas pequeñas ventosas pasaron por mi rostro con movimientos de drenaje. También utilizó Iris, un masajeador para el contorno de los ojos.

Skin Co. tiene tres locales (Quito, Cumbayá y Samborondón) y la idea de cambiar la manera en que entendemos un facial. María Emilia quería que el resultado no fuera lo único importante. Aquí el bienestar, dice Pareja, no está construido desde el silencio absoluto ni desde los colores neutros. Y, al menos después de probarlo, entiendo por qué la propuesta busca que el facial se sienta menos como una pausa y más como una experiencia. (I)