Harper's

A unos 70 kilómetros al norte de Quito, una vivienda de dos pisos marca el pulso de una calle que, a primera vista, parece silenciosa. Es de aquellos hogares que hoy resultan inexistentes en el mundo de los edificios. La fachada verde, el cerramiento amarillo y una gran ventana en el segundo piso le dan un aire pintoresco. 

Contenido relacionado: Tiken Jah Fakoly: “El reggae sigue siendo la mejor forma de luchar”

Fotografía: Daniel Queirolo - Matico
Fotografía: Daniel Queirolo

Las plantas se abren paso por cada rincón que encuentran; la puerta azul, con detalles amarillos, parece invitar a cruzar el umbral. Al hacerlo, el visitante entra en un espacio que podría pertenecer a una fábula. Es la casa-taller de Matilde Lema Jimbo, una tejedora kichwa de 82 años, originaria de Peguche, Imbabura, que nos recibe
junto a su hija, Paola Quinche.

Antes de entrar a su residencia, hay un telar de pedales donde un colaborador trabaja concentrado. Más adelante, un amplio recibidor iluminado desde el techo funciona como tienda y archivo de memoria. Allí están expuestos los caminos recorridos por estas mujeres y su oficio. Fotos, escritos, dibujos, libros y, por supuesto, los telares que las acompañan. Hay textiles en tonos blancos y beige; otros mezclan colores hasta volver casi imperceptibles sus fronteras. 

Cada pieza revela horas de trabajo, conocimiento transmitido y una relación intensa con la materia.

Fotografía: Daniel Queirolo - Matico
Fotografía: Daniel Queirolo 

Luego del taller, Matilde y Paola nos invitan a la sala. Manuel, un perro pequeño, blanco y viejo es el guardián de la casa que acompaña este encuentro. Ambas llevan su vestimenta tradicional y conversan con una cercanía que desarma la distancia propia de una primera visita. Nos ofrecen algo de beber y, poco a poco, la casa comienza a revelar las historias que guarda.

Lee más: Sebastián Cordero hace las paces con la duda

Matilde es conocida como Matico, un nombre que le dio su abuela por la planta medicinal. Cuando se presenta, lo primero que menciona es esa herencia que se ve en su hogar. “Mi madre y mi padre ya no existen, pero he quedado con todos sus saberes para seguir con el textil y los tejidos a mano”. Esta lideresa es reconocida en su comunidad, en la industria de la moda y también por su trabajo como feminista.

Recuerda a su abuela como ese primer contacto con el arte de tejer. Admite que era una niña curiosa que aprendía de todo cuando se quedaba al cuidado de ella. Conoció cómo hilar a mano, que en quichua se conoce como siksi puchana. 

“No había telares como los que tenemos hoy, solo existían los de cintura”.

Fotografía: Daniel Queirolo - Matico
Fotografía: Daniel Queirolo 

El uso de esta herramienta en el territorio ecuatoriano tiene raíces prehispánicas. Diversas investigaciones académicas sobre textiles andinos y artesanías locales identifican indicios de esta tecnología desde épocas anteriores a la conquista española, aunque las cronologías y evidencias disponibles varían según la región. La expansión inca y, posteriormente, la colonización, transformaron los sistemas de producción y circulación textil, pero no eliminaron el uso del telar de cintura, que continúa vigente en diversas comunidades indígenas y rurales de la Sierra.

El telar de pie o de pedales, en cambio, fue introducido durante el período colonial y se articuló a la expansión de los obrajes, centros manufactureros que tuvieron un papel decisivo en la economía de la Audiencia de Quito, especialmente entre los siglos XVI y XVII. En la región de Otavalo e Imbabura, la producción textil incluyó ambos saberes.

“Cuando una persona estima mucho el textil, seguimos transmitiendo de generación en generación”.

 A los 12 años Matico ya ayudaba a limpiar y preparar la lana. Más adelante aprendió a cardarla (cepillar la lana o el algodón), a reconocer la calidad de las fibras y a memorizar los pasos necesarios para armar un tejido. En el telar, explica, no basta con cruzar hilos: hay que entender la urdimbre, la trama, el orden de las pasadas, la tensión y el diseño.

Es un conocimiento que se aloja en las manos y en la memoria. Sin embargo, antes de consolidarse como tejedora, Matico recorrió otro camino. A los 14 años ingresó a un curso de enfermería auxiliar de la Misión Andina del Ecuador. Se formó en el Hospital San Vicente de Paúl, en Ibarra, y trabajó durante varios meses en comunidades de la provincia. También recibió capacitaciones al sur de Riobamba y realizó prácticas en una maternidad de Quito. Fue enfermera auxiliar y atendió partos en localidades rurales. Esa experiencia le permitió conocer de cerca las dificultades de las mujeres y las desigualdades que atravesaban por la atención médica. 

Fotografía: Daniel Queirolo - Matico
Fotografía: Daniel Queirolo.

Pero su formación se interrumpió. Durante ese periodo, Matico fue obligada a casarse. Habla de ese episodio como un momento que no la define. No con dolor ni peso, si no más bien como un evento que la marcó. “Mi matrimonio era un poco difícil. Sin conocerlo y casarme… fue lo más feo”. Fue así como su voluntad quedó relegada.

Después de este suceso, su padre le pidió que dejara el trabajo como enfermera y permaneciera en el hogar. Le compró una máquina de coser antigua y mandó a construir dos telares de madera. Con ellos empezó a producir bufandas, ponchos y otras prendasBpara vender.

El telar se convirtió, con el tiempo, en una herramienta de independencia. Matico tejía de noche, producía durante la semana y vendía sin calcular todavía el valor real de la materia prima ni de las horas de trabajo. Tuvo cinco hijos —tres mujeres y dos varones— y convivir con su esposo fue difícil, por episodios de alcoholismo y violencia. Cuando sus hijos ya eran mayores, decidió separarse. La elección no fue sencilla. Matico recuerda el peso del juicio social sobre las mujeres que abandonan su relación. “Separarse de un hombre es bien duro. Todo el mundo habla de la mujer. No hay cómo vestirse y después separarse, no hay cómo ponerse la ropa limpia, no hay cómo peinarse…”.

Fotogtafía: Daniel Queirolo - Matico
Fotogtafía: Daniel Queirolo

Su decisión abrió una nueva etapa. Tras recibir una capacitación sobre violencia de género, comenzó a organizarse con otras mujeres de su entorno. Matico comprendió que su experiencia no era aislada y que el oficio podía ser un espacio de encuentro, escucha y autonomía. “Aprendí que debo ser más fuerte. No he sido la única que ha sufrido. Tantas mujeres que experimentaron violencia”.

De esa necesidad nació Huarmi Maqui, un proyecto artesanal cuyo nombre en español significa “manos de mujer”. La iniciativa está cerca de cumplir tres décadas y surgió con el propósito de agrupar a mujeres a través de… (I)

Lee la historia completa en la séptima edición impresa. Ya en circulación.

  • Supermaxi
  • Megamaxi
  • Mr. Books
  • Travel Stores
  • O dale clic aquí. (I)