Jannina Cabal nunca quiso ser arquitecta, según sus propias palabras, pero parece que su historia siempre la quiso llevar por ese camino. Esta guayaquileña, la mayor de cuatro hermanos, creció en un entorno profundamente creativo. Su abuela pintaba “maravilloso”, su madre era una “arquitecta frustrada” y su padre era ingeniero civil. Desde niña, su familia alimentó esa sensibilidad con cuadernos, colores y clases de arte. Las pinturas y los crayones se convirtieron en sus mejores compañeros.
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“Me encantaba dibujar y observar cómo los espacios podían ser mejores. Arreglar mi cuarto, la sala... creo que siempre tuve esa sensibilidad espacial, pero era algo que todavía no acababa de entender por completo”. Cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria, Cabal se inclinaba más por el diseño de interiores e incluso por el diseño gráfico. Sin embargo, fue una psicóloga quien cambió su rumbo. Tras realizarle una prueba de aptitudes, le recomendó estudiar arquitectura. “Me dijo que yo tenía buenas cualidades para los números y que esa profesión era más abierta, con varias posibilidades y ramificaciones para hacer lo que me apasione. Me convenció y me di cuenta de que sí me gustaba diseñar en una escala mucho más amplia. La arquitectura me dio esa libertad”.
Su experiencia laboral comenzó al mismo tiempo que sus estudios en la Universidad Católica de Guayaquil. Con apenas 19 años ya buscaba entender ese universo. Su curiosidad la llevó a participar en distintos proyectos como asistente, hasta que llegó el primero que marcaría su carrera: la casa de una de sus compañeras de oficina. “Ella vio lo que hacía y le gustó. Justo me acababa de graduar, pero siento que ese lugar todavía sigue hablando mucho de mí y de mi lenguaje. Hoy es más amplio, pero con las mismas bases”.
Más de dos décadas después, con alrededor de 60 proyectos al año y obras en seis países, Cabal entiende con claridad qué fue lo que la enamoró de esta profesión. “Antes lo entendía empíricamente, pero hoy tengo la seguridad de decirte que es la capacidad de la arquitectura de transformar un espacio. Eso es increíble y me sigue encantando”.
Para ella, lo que diferencia a un proyecto es la trascendencia, uno de los pilares de su oficio. “Todo arquitecto se propone crear obras bonitas y funcionales. Pero para mí no se finaliza si es que ese lugar no me genera emociones. Por ejemplo, calma, inspiración o bienestar. Eso es lo que hace trascender a un diseño”. Eso se suma al reto de descifrar a cada cliente y generar una conexión.
Cabal explica que cada individuo es un mundo y que, por ende, para ella es importante entender cuáles son sus necesidades, para no solo hacer espacios físicos —como casas o interiores—, sino escenarios para vivir realmente. “Eso me apasiona, ese match, y creo que lo transmito en cada proyecto. Yo te puedo hacer algo bonito, una referencia de Pinterest o algo que generó inteligencia artificial, pero lo más duro es entender profundamente a alguien y traducir eso en un espacio”.
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Además de ese primer proyecto que la marcó, con los años Cabal ha consolidado un portafolio en el que la Casa Ronald McDonald y su propia vivienda, Casa 6M, son símbolos de su lenguaje arquitectónico. La primera fue un hito en el país, al ser un proyecto de la Fundación Casa Ronald McDonald Ecuador que proporciona alojamiento gratuito a familias de escasos recursos, que deben desplazarse para que sus hijos reciban tratamiento contra el cáncer. Ella la mantiene como una de sus favoritas al sintetizar su intención de generar refugios emocionales a través de este arte.
La segunda, su casa, es el laboratorio íntimo donde llevó al máximo su búsqueda de amplitud, luz, agua y vegetación, con ambientes que se sienten tanto contemporáneos como profundamente humanos. En su residencia se utilizaron materiales como el hormigón visto, hierro negro y madera, con un estilo mid-century hasta en el mobiliario y los artículos de decoración. En cada proyecto, Cabal insiste en que la arquitectura debe…
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