Éramos cinco personas en el Centro Mama Cuchara sentadas para esta entrevista. Cuatro habían sido tocadas por el trabajo de un artista ecuatoriano que está a más de 9.900 kilómetros de distancia, en Alemania. Cada uno había sentido ese talento desde un ámbito distinto: desde lo cultural, la investigación, la música, la creatividad o la amistad. Mesías Maiguashca no estaba en aquella mesa, pero se sentía su presencia. Sus notas resonaban en más de 80 artistas que ensayaban para un evento que vuelve a ocurrir en Quito luego de 13 años.


Un repertorio —ligado a un lugar y un momento concretos— organizado en el Palacio de Cristal del Itchimbía, para el inicio del solsticio de verano con el amanecer. Un repertorio creado para los ensambles y los coros de la ciudad, los únicos autorizados para tocarlo. A esto se suma la llegada de toda su vida —entre papeles, pensamientos e instrumentos— en un archivo que viajó por el Atlántico.
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Maiguashca nació en 1938 en la Capital. Es uno de los compositores ecuatorianos más importantes en música contemporánea y electroacústica, con trayectoria en Ecuador, Europa y América Latina. Se formó en el Conservatorio Nacional de Quito, la Escuela de Música de Rochester (Estados Unidos), el Centro Latinoamericano de Altos Estudios Musicales del Instituto Torcuato di Tella (Buenos Aires) y los Cursos de Nueva Música de Colonia (Alemania).
Entre 1968 y 1972 trabajó estrechamente en Alemania como asistente del célebre compositor Karlheinz Stockhausen. Formó parte activa del Grupo Oeldorf en los años setenta, colaborando con destacados intérpretes y creadores europeos. Resumir toda su trayectoria desbordaría estas líneas y su música es difícil de encapsular en un solo concepto. Su estilo se basa en la manipulación del sonido como materia prima: en sus creaciones conviven música electrónica experimental, instrumentos tradicionales y sintéticos, y la captura de sonidos del entorno para crear texturas. Aunque pasa su vida en Alemania, el país tiene una resonancia persistente en su carrera.

“Él es un investigador que trabaja a profundidad. No solo la materia sonora, sino la memoria, la historia, la política, la cultura, la literatura popular. Entonces, en esas investigaciones él ha recogido material, incluido el sonoro. Venía cada dos años a Ecuador desde hace 60 años para grabar el sonido del agua y de la naturaleza. Hay algunos que son memorias de su infancia: desde un vendedor ambulante, un mercado, la calle, el grito del señor que sale del bus, el de la vendedora… eso se ha incorporado musicalmente en su obra”, explica Ana Rodríguez, productora del proyecto.
Maiguashca ha escrito piezas específicamente para los artistas y los coros tan queridos de la ciudad y, tal vez, una de sus obras cúspides y más reconocidas es la que terminaron de practicar mientras nos sentábamos a conversar con Jorge Oviedo, Fabiano Kueva, Tatiana Carrillo y Rodríguez. Esta creación fue escrita entre 2011 y 2012 y terminada en 2013.

En sus propios archivos, este quiteño explica que para él la música es un proceso. Filosóficamente, los entrevistados coinciden en que la obra no se diseñó como un homenaje o una canción para la tierra, sino como una propuesta en la que esta aparece y se manifiesta a través de los músicos, los instrumentos y los objetos sonoros. El repertorio está conformado por una secuencia de 19 cantos, entre ellos: “Canción del ser”, “Canción del ruido cósmico”, “Canción del viento”, “Canción de la papa chuna”, “Canción del agua” y “Canción del amanecer”.
“Estamos hablando de una obra que está hecha con una serie de especificidades que le dan un carácter muy especial. Diría que se comunica con tu ADN, dialoga ancestralmente a otros niveles de genética”, explican los entrevistados. El día del evento, así como hace 13 años, los músicos estarán distribuidos a lo largo del espacio y el público tendrá que circular. La idea de Mesías (como apodan a este compositor), así como en la mayoría de sus creaciones, está en la espacialización del sonido o la musicalización del espacio.
En el centro de este lugar está un tótem que se llama el Puma. Ese objeto sonoro está dentro de una celda, colgando y sus vibraciones resuenan en toda la pieza. Tiene otras dos celdas en donde están objetos sonoros de madera, de metal y de piedra. “Quien asiste tiene una experiencia completa de su obra. Son las cinco de la mañana, ves el espacio exterior, el amanecer en los Andes y la obra finaliza con el primer rayo de sol. Es una bienvenida”, indica Rodríguez sobre el show, en el que participarán la Orquesta de Instrumentos Andinos, la Banda Sinfónica Metropolitana de Quito y el Coro Mixto Ciudad de Quito, además de la instalación electroacústica.

Las risas de los entrevistados aparecen cuando les pregunto cómo son los ánimos antes de la presentación. Oviedo, director invitado para el evento, denota justamente esa energía que requiere dirigir a una cantidad grande de músicos y lograr que capten la esencia de la obra de Maiguashca. “Es la primera vez que se va a ejecutar su obra sin él presente. Su ausencia se siente —señala—, mientras se le corta un poco la voz, porque han pasado horas de ensayos y esta obra, como dije anteriormente, ha llegado a tocar las fibras más sensibles de quienes la interpretan. Por ejemplo, hay músicos antiguos que hoy, en la última parte, se quebraron y me pidieron un abrazo”.
Oviedo recalca además que —en gran parte— es otra generación de músicos la que ahora está en el show. “Hoy vienen nuevas generaciones con más información musical y con mayores capacidades, pero tienen una resistencia a este tipo de musicalidad, a este otro tipo de sonoridad”. A pesar de este reto, parece que el director ya formó su propio lenguaje: él mismo afirma que tienen códigos internos y señaléticas para comunicarse en escena.

Esta presentación es el acompañante de algo más grande: la llegada del archivo de Maiguashca. De acuerdo con Fabiano Kueva, quien estuvo presente en Alemania cuando el compositor empacaba sus pertenencias, son más de 15 años de trabajo para lograr que todo ese material esté en manos ecuatorianas. “Es todo su legado, es su historia musical. Mesías nos está entregando a sí mismo para que esté aquí, en esta casa, que es donde están los ocho elencos musicales, grupos que él tanto quiso, con los que trabajó, con quienes pasó semanas y meses”.
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Según Tatiana Carrillo, directora del Centro Mama Cuchara, son más de 1.000 documentos, entre partituras, cuadernos, libros y objetos, que hoy pasan a estar a cargo de esta institución. Ella manifiesta que se crearán protocolos para un buen manejo, pero sobre todo para que estén al servicio de los músicos y de la comunidad en general. El lugar tendrá un espacio de consulta e investigación y otro específico para fines educativos, además de un jardín sonoro. Rodríguez y Carrillo enfatizan que fue el propio Maiguashca quien dio claves para el manejo de este material.
“Él dice que, en la música en general, y en la ecuatoriana, hay muchos mitos y se construyen nombres grandes, sin profundizar en la obra. Maiguashca nos dijo que no quiere ser un mito, quiere que la gente descubra sus creaciones”.
No construir el “mito de Mesías” es, en sus palabras, un gesto consciente, aunque medio inevitable: una persona tan brillante como él tiende a convertirse en una figura legendaria. Por eso ha hecho tanto esfuerzo por bajar ese pedestal y lograr que su trabajo dialogue con un espacio vivo, que le siga dando esa característica de materia en movimiento.
Estas cuatro personas recuerdan entre risas cómo es Mesías. Todavía parece que siguen descubriendo nuevas cosas de él, a pesar de la distancia: sus manías de investigación, la manera en que mezclaba la matemática y otras ciencias para crear y sobre todo esa necesidad de entender el mundo a través de las notas musicales. Sobre la obra, aseguran que quien la vea tendrá, de cajón, una experiencia inolvidable. “Probablemente no sepas si te gustó o no, pero te va a llegar en otro nivel”, advierten.
13 años después para ellos volver a hacer sonar “La canción de la tierra” en Quito es un honor, una responsabilidad y, sobre todo, un acto de gratitud: dejar que la obra —no el mito— vuelva a recibir el primer rayo de sol. (I)