Vivimos en una era en la que los periodos de atención son cada vez más cortos y en la que todo parece orientarse hacia el microcontenido. Las canciones pop siempre han sido, en cierto modo, el vehículo perfecto para este estado fragmentado: tres minutos de alegría, tristeza o desamor, perfectamente empaquetados para ser consumidos una y otra vez.
Cuando MTV se lanzó en 1981, el primer video musical que emitió fue “Killed the radio star” de The Buggles, una canción de unos tres minutos sobre cómo el video ahora dominaba las ondas, acompañada de imágenes absurdas de inspiración sci-fi que evocaban esas mismas emociones. Y aunque el video no necesariamente “mató” a la estrella de la radio, sin duda la llevó a otro nivel de fama. Escuchar música se convirtió de pronto en una experiencia sinestésica; un video podía transformar una canción sencilla en un clásico simplemente al capturar su esencia visualmente.
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En los años siguientes, hemos visto cómo los videos musicales entraban en ciclos de tendencias como cualquier otro elemento de la cultura. En 1983, “Thriller” de Michael Jackson mostró lo que el formato podía alcanzar en su punto máximo, convirtiendo una canción de cinco minutos (cuatro en su versión para radio) en un cortometraje de terror de 13 minutos, acompañado además de una película adicional de una hora sobre su realización. Una década después, cineastas independientes como Spike Jonze y Michel Gondry estaban dando sus primeros pasos en el mundo de los videos musicales; y las narrativas se volvieron menos lineales y más experimentales. Basta pensar en Christopher Walken bailando y volando dentro de un lobby de hotel en “Weapon of Choice” de Fatboy Slim, dirigido por Jonze, o en cómo Gondry convirtió la lógica de los sueños en realidad en “Everlong” de Foo Fighters.
En 2016, Beyoncé introdujo la experiencia cinematográfica conocida como Lemonade, que convirtió las 12 canciones —y sus respectivos videos musicales— en una película narrativa cuidadosamente construida de 65 minutos. Más recientemente, los videos musicales entraron en su era de “vibes”, transformándose en experiencias hipersensoriales de tres a cinco minutos diseñadas para estimular los sentidos. Zara Larsson bailando en un paisaje exagerado en technicolor durante tres minutos en “Midnight Sun”; o Lady Gaga y Doechii compartiendo un único traje rojo de gran tamaño en “Runway”.
Este año hemos visto una nueva ola de videos musicales narrativos, todos ellos con una duración de cinco minutos o más. Ariana Grande lanzó el primer sencillo, “Hate that I made you love me”, de su esperado octavo álbum de estudio, Petal. El nuevo video, protagonizado por Justin Long, se sumerge directamente en el cine de terror clásico, con textos iniciales en estilo “scrawl” tomados de películas como The thing that couldn’t die (1958).
La canción abre con Long enterrando a su amante y luego arrojando una fotografía suya por la ventana mientras conduce. Pero todo indica que Grande es “la cosa que no puede morir”, cuando aparece como un fantasma en el asiento trasero del auto y luego nuevamente, de pie en medio de la carretera, provocando que Long choque. Sobrevive al accidente en llamas, pero la cantante se niega a dejar que el fuego se extinga: literalmente lo prende en llamas cuando llega a su casa.
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De alguna manera, él sobrevive otra vez y más tarde, al llegar a un restaurante, se encuentra con una sala llena de Ariana Grandes, en un guiño al estilo de Being John Malkovich, lo que lo lleva a un estado de frenesí. Todo lo conduce de regreso a la tumba, donde Ariana lo espera para enterrarlo.
Le sigue el video de Olivia Rodrigo para “The Cure”, que se aleja de la estética de su anterior clip inspirado en María Antonieta, “Drop Dead”, para contar la historia de una enfermera que intenta desesperadamente encontrar una cura para una afección que vuelve los corazones grises. Ella experimenta con ingredientes en un conjunto de frascos y probetas de aire fantasioso cuando también termina contagiándose de la enfermedad.
El arco narrativo concluye cuando la cámara se aleja y descubrimos que la enfermera Rodrigo es en realidad una miniatura dentro de una maqueta; y la verdadera Olivia Rodrigo aparece en escena y pisa el modelo a escala. Las cajas de cartón apiladas a su alrededor sugieren que está en proceso de mudanza.
Pero fue Harry Styles quien dio inicio a la tendencia en enero de este año, cuando lanzó su video musical lleno de acción, de más de cinco minutos, para “Aperture” (aparentemente inspirado en “Weapon of Choice” de Fatboy Slim), el primer sencillo de su álbum Kiss all the time. Disco, occasionally.
El video comienza con Styles caminando por su hotel, cuando de pronto se da cuenta de que está siendo perseguido por un sicario. Ambos protagonizan una prolongada secuencia de pelea, en la que atraviesan máquinas expendedoras y caen por escaleras. Pero no sería un video de Harry Styles si no incluyera también un dueto de baile meticulosamente coreografiado, que interrumpe la pelea con una zambullida al estilo Dirty dancing.
Aunque el video dirigido por Aube Perrie se inclina hacia una estética más centrada en el “vibe”, la secuencia de acción es digna de una comparación con Nolan. Styles termina atrapado en un bucle de retroalimentación, repitiendo los mismos patrones de movimiento, seguido por una versión dócil del sicario. El video concluye con él nuevamente en su habitación de hotel, esperando con solemnidad junto al teléfono.
La tendencia no muestra señales de desaceleración en el corto plazo, ya que Madonna lanzó su propio cortometraje, que combina fragmentos de seis canciones de su próximo álbum Confessions II y se desarrolla en seis capítulos. La Reina del Pop no es ajena, por supuesto, a los videos narrativos, basta recordar “Take a bow” y el altamente controversial “What it feels like for a girl”. La cuestión es que siempre estaremos listos para cualquier historia que Madonna decida contarnos, junto con cualquier otra estrella del pop que quiera llevarnos en el viaje. (I)
Nota publicada originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.