El 3 de enero de 2026, la revista especializada en música, Rolling Stone, en su versión original —es decir, la de Estados Unidos—, publicó una nota titulada Los álbumes latinos más esperados 2026. En ella, entre una lista que incluye los próximos trabajos de Julieta Venegas, Peso Pluma, Tokischa, Greeicy, Juanes, Camilo, Jorge Drexler y Fito Páez, está anunciada la nueva producción de una banda ecuatoriana.
Contenido relacionado: Esta es la elegancia que envejece bien
Lolabúm es, en este momento, el proyecto ecuatoriano con más proyección internacional dentro del pop de la región. Y es un tipo de proyección que tiene que ver con su trabajo y su música, porque no se trata de un grupo prefabricado, ni de estrellas de realities de televisión. Lo de este grupo —originario de Quito— tiene que ver la conexión que ha generado con sus oyentes a través de sus canciones y la decisión que tanto Pedro Bonfim, como Martín Erazo —conocido como Techo— tomaron en 2024: radicarse en Bogotá, para que su carrera musical pudiera seguir creciendo.
Y el resultado está a la vista.
Entonces, ¿es una presión mayor, una responsabilidad adicional ver que un medio tan grande esté expectante de un nuevo disco de Lolabúm? De acuerdo con Bonfim —el cantante, guitarrista y principal compositor del grupo—, no necesariamente: “Para mí siempre ha sido como una cosa por la que me desvivo un poco; es decir, me lo tomo muy en serio, incluso mucho más de lo que debería”.
Grabado entre Colombia y Chile, el nuevo álbum de Lolabúm tiene una fecha límite que cumplir. “La idea es que el disco salga, más tardar, en agosto. Nuestra idea loca, y también por eso es un poco el apuro de hacerlo, es que queremos ver si logramos sacarlo primero el vinilo”, dice Bonfim. Para el 10 de febrero de 2026, él acababa de llegar a Quito y tenía tiempo para una charla de 30 minutos. En tres días tocaría en Cuenca y el domingo, ,15 de febrero, en Quito; entonces, los ensayos eran necesarios con los músicos que iban a ser parte de estos conciertos.
Al momento de escribir esta nota, la banda se encuentra en una gira latinoamericana de nueve shows, que los está llevando por Ecuador, Perú, Argentina y Chile. Todo culmina el 7 de marzo, con un concierto en Santiago de Chile, en el Club Chocolate. “Vamos a grabar la segunda parte del disco en Chile. Una vez que terminemos la gira, nos quedamos un rato más y grabamos”. El reconocido músico y productor chileno, Yaima Cat —el seudónimo de Alan McDonnell—, que ha trabajado con artistas como Rosario Alfonso y Niños del Cerro, es el productor de este nuevo disco, que aparecería luego de tres años de la salida de su anterior trabajo, Muchachito roto.
Pasado, presente y futuro
Esta es una época de celebración para Lolabúm, porque su primer disco, El Cielo, cumplió 10 años. En toda esta década, la banda ha lanzado cinco discos —luego del primero están Tristes trópicos (2018), Verte antes de fin de año y O Clarividencia (ambos pueden ser escuchados como un mismo disco, pero se lanzaron con meses de diferencia en 2020) y Muchachito roto (2023)— y si todo marcha bien, tendrán una sexta producción. Eso habla del compromiso de una banda que constantemente se reinventa.
Estos 10 años del primer álbum significaron que se lo reeditara en físico —en formato CD—, remasterizado y que el show de Quito —en La Estación, ubicada en Puembo— sea la celebración en vivo. Para ese 15 de febrero, Lolabúm tocó con su alineación más reconocida, que aparte de Bonfim y Erazo incluía a Joaquín Prado en la guitarra y José Miguel “Jim” Fabre, en la batería. Prado parece haberse integrado de vuelta al grupo, al menos para esta gira.
Pedro, ¿qué significa para ti mirar atrás y ver a El Cielo?
Es muy loco porque siento que ya en ese disco están muchas inquietudes que, hasta ahora cargo, en muchos sentidos. Como eso de referencias a música ecuatoriana, que pasa en Ventanas, una de las canciones más importantes de Lola, donde se hace referencia, un poco en chiste, a El General Villamil, que tenían esta canción que dice “quiero estar contigo todo el tiempo”. En Ventanas yo digo: “El general ya dijo esto hace un momento, pero yo quiero estar contigo todo el tiempo”.
También tiene que ver con los géneros y sonidos ecuatorianos que aparecen en tu música…
O con referenciar música ecuatoriana en un sentido más amplio, que sigue siendo uno de mis intereses. Como mostrar a gente que admiraba y decir: bueno, esto me hace sentir muy ecuatoriano, aunque no tenga que ser tradición.
¿Es como lo que pasa con la canción Guayaquil Tyci?
Sí, la canción se llama así por Guayaquil City, de la Rocola Bacalao, así que literalmente le íbamos a poner Guayaquil City, pero el Techo dijo: “No, pongámosle Tyci, para que no sea igual a la de la Rocola”.
¿Qué te ha pasado al volver a escuchar ese primer disco que lanzaron?
Volviéndolo a escuchar, me encanta que exista por lo improbable que era que existiera en muchos sentidos. No había un solo adulto responsable que nos dijera que usáramos este micro mejor que el otro, o que esta cosa era mejor que esta o que esto se hacía de esta manera. Nadie había hecho discos antes y que este haya trascendido, para mí, es asombroso. Eso es lo que a mí más me gusta y siento que todavía cargo eso de lo improbable, porque con Lola nos siguen pasando cosas improbables y aquí estamos...
Lee también: El layering maximalista vive su mejor momento
¿Miras ese pasado con nostalgia?
Como que me interesa cada vez más el futuro y, de hecho, cada vez que miro hacia atrás veo como una búsqueda, como una emoción hacia el futuro. Lo que más me gusta de El Cielo es que teníamos ganas de hacer algo nuevo, que esté mirando hacia adelante. Es curioso que me hagas esa pregunta…
¿Por qué?
Porque en el nuevo disco hay una canción en la que hago una pregunta: ¿Qué crees que es más fácil: la nostalgia o la esperanza? Y eso es algo que me he estado preguntando porque ahorita que está de moda esa tendencia de 2016 —gente que coloca sus fotografías de hace 10 años en sus cuentas de Instagram, por ejemplo— yo viví lo de El Cielo como un buen momento y lo recuerdo muy bien.
¿Qué es eso que recuerdas muy bien?
Las ganas que teníamos. No había cansancio, ni frustración tan acumulada. Había esta cosa como de querer probarle al circuito y a la escena que sí valíamos la pena, porque nosotros nos íbamos en contra de muchas cosas. Como que nos parábamos un poco en contraposición, por ejemplo, a Da Pawn, que era una banda muy prolija, afinada, muy elaborada y con músicos de altísimo nivel, bien grabados e híper bien mezclados. Entonces como que solo tomamos esa ruta y por eso mismo no nos tomaban tan en serio, porque yo no cantaba tan bien, no sonábamos tan bien, nuestras bateristas eran chicas y como que no teníamos esa cosa de ser los virtuosos, que en el circuito era como lo mejor.
Era como si existiera una necesidad de conseguir las cosas bajo su ley…
Como que había un poco esta sensación de querer probar un punto. Me acuerdo que, en esa época, con la arrogancia propia del adolescente, pensaba que este disco era igual al primer disco de la Velvet Undeground. Pero, a pesar de esto, yo ni loco quiero volver a vivir esta época, a mí me interesa ver qué pasa mañana, o lo que está pasando hoy.
¿Y en ese sentido, cómo ves al pasado?
Me interesa el pasado como una cuestión histórica, como saber por qué pasó algo.
Y hablando del futuro, ¿cómo va el proceso del nuevo disco?
Lo más bacán es que no ha sido ni un poquito fácil. Eso, más bien, me pone orgulloso, porque no optamos por ninguna ruta sencilla. Si bien en un momento nuestra postura fue como, listo el disco ya está, porque ya teníamos algunas canciones y, de pronto, sentimos que nosotros mismos lo podíamos terminar porque estábamos cuestionando la figura del productor, que muchas veces termina siendo un ingeniero, la persona que graba y, entonces, estábamos en eso.
Pero luego pensaron en Yaima Cat…
Porque lo conocí cundo fui a Chile a grabar para el disco de la Rosario —Alfonso— y me cayó bien y pensé que tenía otra perspectiva. Entonces, dijimos: “¿Y si vemos la posibilidad de hacerlo con él, un chileno, con nosotros ecuatorianos, en Bogotá?”. Nos pareció una idea que podía resultar y lo contactamos.
¿Cómo fue el proceso de trabajar con él?
Al rato de trabajar, lo loco fue que yo llegué y le pasé las canciones, diciéndole: “Mira, este es el disco”. Y como que el disco ya podía estar y él lo reconoció, pero me dijo que creía que podíamos hacer un disco mil veces mejor, así que borramos muchas canciones. Y en Navidad, en Bogotá, me quedé encerrado, completamente aislado, no estaba ni mi novia, así que estaba solo y de ahí salieron como 23 canciones nuevas.
Wow…
Suena a que fue fácil, pero fue un sacrificio real. Estamos en un punto en que podríamos darnos el lujo de publicar casi lo que sea y como ya tenemos fans fieles, ellos lo van a escuchar y nosotros nos podríamos sentir bien, pero hacer esto ha sido un desafío. Ha sido como enfrentarnos a nuestros propios límites y traspasarlos.
¿No quedó nada de esa primera versión del disco?
Quedaron muchas cosas del disco viejo, pero también hay muchas cosas nuevas y eso es loco. El sábado pasado acabamos de grabar la primera parte en Bogotá, y yo decía: “¡Qué loco! Estamos grabando una canción que compuse hace menos de un mes”. Eso no había pasado. En este disco conviven canciones compuestas hace dos semanas, con otras que tienen un par de años y eso es lo que me gusta, como que siento que nos vimos obligados a lanzarnos al agua y nadar.
¿Qué expectativas tienes del disco?
Este es un disco que vamos a lanzar en el mejor panorama posible. Muchachito roto nos llevó a otro nivel, pero ahora estamos mucho más internacionalizados y lo de la Rolling Stone es señal de eso. Somos una banda más de la región y si bien estamos viviendo en Colombia, seguimos estando muy presentes en Ecuador, incluyéndolo en la gira de ahora. Eso sí me parece una responsabilidad y esto es algo que discuto con artistas de nuestro tamaño: nuestra responsabilidad no es probar cuán buenos somos, sino de hacer un buen disco porque un buen disco no sale por sí solo, viene de una escena, de un circuito. (I)