Describir a Óscar Santillán resulta difícil. Su carrera parece un mundo en expansión. Es un camino construido con preparación, preguntas y una curiosidad capaz de moverse con la misma naturalidad entre las matemáticas, la física, la literatura, la filosofía, la ciencia y el arte. En su obra caben los materiales más elementales y las ideas más complejas. Una piedra puede ser una reflexión sobre la geografía; la arena de un desierto, un lente fotográfico; las cenizas de un coyote, una escultura; y la luz del sol, en algo que puede imaginarse, medirse y pesar. Incluso la metafísica encuentra un espacio en su práctica.
Santillán tiene 46 años. Nació en Milagro, en la provincia del Guayas, y allí pasó su infancia y adolescencia hasta los 17. Después se mudó a Guayaquil para formarse en la universidad y por 10 años construyó las bases de una trayectoria que lo llevó mucho más lejos de lo que podía imaginar entonces.
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Nos encontramos en Quito, en el sillón de su taller. Por casi dos horas, Óscar habla de su infancia, de sus padres, de los artistas que fueron sus primeros maestros, de las instituciones que influenciaron una generación y de las coincidencias —o aparentes coincidencias— que fueron abriendo su sendero. El equipo de Harper’s BAZAAR Ecuador se sienta a escucharlo y, por momentos, la conversación parece menos una entrevista. Es una clase sobre las distintas opciones de mirar al mundo. Él conversa de números, de perros, de montañas, de planetas, de cerámicas y de Ecuador.

No se formó en una escuela de artes. En su familia, el camino estaba trazado por la ingeniería. Su madre estudió la rama química; su padre es agrónomo; sus hermanos siguieron carreras vinculadas a la misma profesión. Lo enviaron a un preuniversitario de la Escuela Politécnica del Litoral, ESPOL. Era, en teoría, el siguiente paso a seguir.
Allí, Santillán vio a jóvenes capaces de resolver problemas matemáticos complejos con una facilidad que admiraba. A él también le gustaban las matemáticas y la física, pero se dio cuenta de que aquello, no era necesariamente su llamado. Había otra cosa que hacía desde niño y que, en ese momento, cobraba sentido: dibujar.
“Yo era de aquellos que llenaban el cuaderno de dibujos”.
Dibujaba alrededor de los apuntes y desde la última página hacia adelante. Los cuadernos de biología podían ser lienzos y superficies para bosquejar.
A los 16 años decidió que quería ser artista. En un viaje a Cuenca, su padrino —el pintor ecuatoriano Jorge Mogrovejo— lo recibió durante sus vacaciones. Allí vio cómo pintaba y dibujaba, y conoció las obras de algunos de los grandes representantes del surrealismo europeo de comienzos del siglo XX: Salvador Dalí, René Magritte y Max Ernst. Para un adolescente como él, fue una revelación. “Yo me quedé enamorado y dije: ‘Esto es lo que quiero hacer con mi vida’”.

No había, sin embargo, un lugar académico para llegar hasta allí. Santillán pertenece a una generación que se formó en un momento en que Guayaquil todavía no contaba con un centro universitario dedicado a las artes. Primero estudió diseño gráfico en la Espol, como un plan alternativo. “Yo era muy mal diseñador gráfico”, dice entre risas. A los 18 años hacía arte por su cuenta y fue admitido por primera vez en una galería. A los 19 ya exponía en otros salones nacionales. “Solamente hay una forma de aprender en la vida, que es haciendo”.
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En la historia reciente de esta industria, los primeros años de la década de los 2000 ocupan un lugar especial. En la Perla del Pacífico comenzó a reunirse un colectivo de artistas que buscaba prepararse y encontrar nuevas maneras de producir. Santillán integró ese movimiento.
Antes de que el Instituto Tecnológico de Artes del Ecuador, ITAE, abriera sus puertas en 2003, muchos de estos jóvenes no tenían dónde estudiar formalmente en la ciudad. Fue una educación que no sucedía necesariamente dentro de un aula. En 2002 nació La Limpia, una red a la que Santillán se sumó junto a otros profesionales.

El grupo funcionó hasta 2008 y fue mucho más que una alianza para producir exposiciones. Ellos mismos se convirtieron en su propia escuela. “Nosotros nos enseñábamos los unos a los otros lo que no sabíamos”.
Compartían libros y revistas en una época sin tanto acceso a información internacional. Discutían sobre política, filosofía y literatura. Se reunían en talleres, organizaban exposiciones y emprendían iniciativas que, con recursos limitados, adquirían dimensiones ambiciosas. (I)
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