Hay una idea que se repite durante los 39 minutos de conversación con Cristina Guillén: la atención al detalle. Después de 10 años de trabajo como gerente comercial en la joyería Guillermo Vázquez, reconoce una forma de entender el oficio que atraviesa toda la empresa, desde el diseño de una pieza hasta la manera de recibir a quien entra a uno de sus locales. Cuando le preguntamos dónde está el lujo, más allá del valor del oro o de las piedras, vuelve a esa misma convicción: “en la atención a los detalles”.
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La historia de la firma se remonta a más de ocho décadas y al oficio que su fundador, Guillermo, comenzó a aprender a los 14 años. Para Cristina, mantener vivo su espíritu es fundamental para la continuidad de la empresa. “El compromiso con la calidad, con el cliente, con la atención y con la honorabilidad. Eso se transmitió a cada uno de los elementos de la empresa”. Y ese legado tiene un escenario concreto en el centro histórico de Cuenca, en un edificio ubicado en las calles Gran Colombia y Luis Cordero.

En el sexto piso funcionan las oficinas administrativas, desde donde se tiene una vista privilegiada de las cúpulas de la Catedral. Cristina cuenta que algunos visitantes encuentran estos espacios parecidos a los de Velvet, la serie ambientada en unas galerías de moda. La comparación sirve para adentrarse en la dinámica del lugar, aunque hay otro rasgo que a esta profesional le interesa destacar sobre la joyería: su relación con la ciudad.
Habla con especial orgullo de las manos de los artesanos locales, de su destreza y de las obras por las que han sido reconocidos.
Cuando se refiere a quienes trabajan en el área de orfebrería, dice que “tenemos artistas”. El camino hacia el taller tiene algo de pasadizo secreto. Según Cristina, quien lo cuenta de memoria como si en su mente estuviera haciendo el recorrido, hay que recorrer pasillos, subir y bajar gradas antes de llegar al espacio de producción. Allí trabaja un equipo de 15 personas.

En ese espacio conviven la maquinaria sofisticada y las herramientas más sencillas. La incorporación de tecnología no ha desplazado ciertos procedimientos manuales que son necesarios para dar forma a las piezas. “Si bajas, te encuentras con maderas de una dureza excepcional que, en manos expertas, se transforman en instrumentos capaces de dar forma a ciertos elementos de joyería, incluso a algunos anillos. Es un encuentro fascinante entre la fuerza de la naturaleza y la precisión del oficio artesanal”.
La permanencia de esos saberes también está ligada a la de las personas. Algunos colaboradores llevan cerca de 30 años en la empresa. A esa experiencia se suman los bocetos antiguos del fundador que todavía conservan por el apego a sus inicios. La firma ha crecido hasta reunir alrededor de 75 colaboradores, distribuidos entre producción, marketing, las áreas comercial y financiera y la fuerza de ventas, pero ella insiste en que sus principios deben mantenerse también en las relaciones cotidianas.
Al hablar de las piezas tiene claro que el objetivo de la firma es la atemporalidad. “Las joyas que vas a tener de Guillermo Vázquez no van a basarse en modas, ni van a responder a un tema estacional, sino que van a acompañarte bien durante el resto de tu vida”. La intención es que una pieza siga funcionando 20 o 30 años después de haber sido creada. Para conseguirlo, ella explica que es esencial tanto su construcción como las decisiones estéticas. “El cuidado de las formas, de las líneas, de los colores que garanticen una armonía y una sobriedad que perdure”.
Esto no significa que el diseño permanezca ajeno a lo que sucede fuera del taller. Cada semana, un comité se reúne para revisar qué piezas han tenido mayor acogida e intercambiar observaciones sobre las tendencias de la joyería. El interés por las esmeraldas, los zafiros o los topacios London puede abrir nuevas posibilidades, pero su incorporación pasa por ese criterio de permanencia. La firma no trabaja con un calendario de primavera-verano u otoño-invierno; procura realizar al menos dos lanzamientos importantes al año y sumar elementos a sus líneas de base.
Algunas colecciones permiten entender esa continuidad. La colección Infinito, que se lanzó hace ocho años, todavía es solicitada por los clientes. También menciona Allegra , una propuesta más reciente que busca transmitir dinamismo y alegría a través de la cromática. En cambio, la línea Basics ha cumplido otro papel: acercar la firma a nuevas generaciones. Esta sección reúne pulseras, collares, aretes, piercings y anillos sencillos para el uso diario. Cristina explica que responde a la búsqueda de “tener algo valioso que dure en el tiempo, pero que sea de alguna forma asequible”. Son diseños minimalistas, pequeños acentos que describe como “detalles de luz”.
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Ese cuidado que comienza en el taller en Cuenca debe continuar en los 14 puntos de venta de la empresa. Mantener la experiencia en ciudades distintas y con equipos diferentes es uno de los retos que identifica, junto con las fluctuaciones del precio del oro. Aunque la firma también vende a través de su canal digital, ella comenta que la compra de joyas conserva un componente presencial importante.
Las personas buscan la atención y la confianza que se construyen al momento de elegir.
Su aspiración es que quienes visiten los locales “sientan que les dieron el espacio que merecían”, que hayan tenido un momento placentero y quieran regresar por el trato recibido. A veces, Cristina identifica esa intención en una frase de sus clientes: “Yo voy a Guillermo Vázquez porque saben cómo hacerme sentir especial”.
Después de 10 años, cuando le pedimos definir a la joyería en tres palabras, se detiene y considera varias opciones. Finalmente, se queda con confianza, elegancia y atemporalidad. Las tres se sostienen en un mismo principio: prestar atención a cada detalle, tanto en la pieza que sale del taller como en la persona que la llevará en cada momento. (P)