HBO/And Just Like That
HBO/And Just Like That

“La vida se mueve bastante rápido. Si no te detienes a mirar a tu alrededor de vez en cuando, podrías perdértela”. Es una frase de Ferris Bueller’s Day Off en la que pienso a menudo. La película se estrenó en 1986, cuando, en comparación con hoy, la vida avanzaba con mucha más lentitud. Y aun así, el mensaje era claro incluso entonces: detente, baja el ritmo; ahí es donde la vida se vuelve interesante.

Hoy, esa advertencia parece casi entrañable. Tal vez porque la velocidad de la vida actual se siente como una amenaza activa: para la calma, para la perspectiva, para la cohesión social. Tal vez porque, en el camino, se impuso un nuevo mantra: muévete rápido y rompe cosas.

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La prisa de la modernidad es un síntoma de nuestra era de la conveniencia. Ya no tenemos que esperar por nada. Las películas pasan apenas unos días en el cine antes de aparecer en línea o directamente las vemos desde la comodidad de casa. La comida a domicilio llega en minutos; ni siquiera necesitamos hablar con alguien del restaurante por teléfono. Los taxis aparecen con solo tocar una pantalla. Todo se puede comprar en línea y —si no llega con la rapidez necesaria, nos irritamos—. 

¿Por qué esperar si no hace falta? 

Lo queremos todo y, sobre todo, lo queremos ahora. Nuestra vida entera está diseñada para esta disminución colectiva de la paciencia. Como resultado, nuestra capacidad de atención se va afinando hasta quedar como la mecha apenas encendida de una vela derretida. El enemigo es la espera; el enemigo es la incomodidad.

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Barry Wetcher. 20th Century Fox. Kobal. Shutterstock.

Y, sin embargo, la incomodidad es precisamente lo que más necesita nuestra sociedad en este momento. Hace poco, la publicación estadounidense The Cut escribió sobre la importancia del friction maxxing: el proceso de desarrollar tolerancia a las “incomodidades” percibidas. El artículo plantea la conveniencia como un campo de batalla, especialmente para el desarrollo intelectual de las generaciones más jóvenes. En un sentido más amplio, sugiere que muchos de los males del mundo han sido provocados por una carrera hacia la conveniencia, tanto a gran como a pequeña escala. El ejemplo más contundente, por supuesto, es el cambio climático. Pensemos en lo conveniente que es volar a cualquier lugar. Un poco más de incomodidad podría, sin embargo, lograr algo tan pequeño —y tan enorme— como salvar el planeta.

Industrias enteras han sido destruidas al encontrar una forma más conveniente de hacer las cosas. Es una progresión natural, podría decirse. Pero también existe el argumento de que este avance debería ir acompañado de una pausa reflexiva sobre sus consecuencias de largo alcance. Al fin y al cabo, en una economía inestable, donde millones de personas podrían quedarse sin trabajo de un día para otro, sin acceso a salud pública ni a una vivienda segura y asequible, por qué tenemos tanta prisa por reemplazar fuerzas laborales completas con el agente último de la conveniencia: la inteligencia artificial

El surgimiento de esta tecnología y la reacción en su contra, suele compararse con la Revolución Industrial y con los luditas que protestaron cuando las máquinas comenzaron a sustituir el trabajo humano en el siglo XIX. Los bienes podían producirse más rápido y a una escala mucho mayor gracias a esas máquinas, así que por qué no adaptarse a ese nuevo modelo de fabricación. Pero lo que aquella revolución puso en marcha fue, quizá, algo mucho más insidioso.

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El entorno laboral que surgió de este auge de la productividad —incluso más de un siglo después— suele ser hostil a las necesidades humanas más básicas de quienes trabajan en él: pausas, vida personal. El tiempo es dinero. No lo desperdicies. El siguiente paso natural de esta forma de pensar (ahora impulsada por la IA) es asumir que, para lograr la máxima eficiencia, lo más fácil es eliminar por completo a los humanos de la ecuación.

La tecnología, por supuesto, nos ha dado muchísimas cosas maravillosas. Incluso las redes sociales, pese a todo el rechazo que generan, pueden ser una herramienta de conexión extraordinaria. Y existen usos realmente asombrosos y valiosos de la inteligencia artificial, sobre todo en la ciencia y la medicina. El problema aparece cuando la adoptamos de manera indiscriminada solo para hacer nuestra vida más cómoda. Incluso si dejamos de lado el temor a que esta tecnología reemplace el trabajo humano, deberíamos detenernos a pensar que “más conveniente” no siempre es mejor.

La conveniencia a cualquier costo nos ha llevado a un lugar intelectualmente resbaladizo. 

Hablamos de brain rot, de cómo se erosiona nuestra capacidad de empatía y de cómo el discurso crítico simplemente se atrofia. Y, claro, es lógico que así sea. Hemos hecho que todo resulte casi demasiado fácil.

Pensemos en cuando usábamos calculadoras en la escuela. Para comprobar que realmente habíamos entendido cómo llegábamos a una respuesta, los profesores decían: “muestren el procedimiento”. Cuando las herramientas de nuestra sociedad se han convertido en una gran calculadora para todas nuestras preguntas, ¿podemos decir honestamente que aún sabemos mostrar el procedimiento? Si se cae el wifi, ¿las generaciones más jóvenes sabrán escribir correctamente, construir un argumento, pensar?

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Sony Pictures Entertainment. Kobal. Shutterstock.

Hoy tomamos atajos para todo. Y aunque algunos de estos gestos son devastadores a pequeña escala —leer resúmenes en lugar de libros completos, pedirle a una IA que genere una imagen que quizá habría sido más divertido intentar pintar—, otros han demostrado ser verdaderamente corrosivos para la sociedad. 

Leemos tuits y titulares en lugar de informes extensos llenos de matices e investigación. Formamos opiniones a partir de consignas, eslóganes o imágenes potencialmente manipuladas o engañosas en internet, en lugar de cuestionar la verdad, simplemente porque hacerlo de otro modo nos incomodaría. El arte vital del pensamiento crítico se ha perdido en nombre de la conveniencia y me preocupa que estemos aceptando de forma voluntaria un mundo que prioriza la eficiencia desenfrenada y tiene el descaro de llamarla progreso.

Trabajar por algo —trabajar de verdad, con esfuerzo intelectual— y aceptar la incomodidad: ahí está el punto mágico en el que recuperamos nuestras fortalezas más humanas; ahí es donde aprendemos. No se trata de llegar rápido a la meta. La forma en que llegamos importa. Si tengo un deseo para 2026, es que, por el bien del planeta y de la sociedad, aprendamos a usar estas herramientas con moderación. Que sepamos tolerar un poco más la incomodidad. (I)

Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Reino Unido.