Vivimos en una era de contenido mediocre generado por IA, deepfakes y antiintelectualismo. Mientras que cada rato Hollywood parece lanzar un remake, un reboot o la secuela largamente postergada de alguna franquicia, la directora Emerald Fennell ofrece un producto cada vez más raro, pero algo original. Bueno, tan original como puede ser la adaptación de una novela publicada hace 179 años.
Es parte de lo que hace que una película como Cumbres borrascosas resulte tan emocionante. Es cierto, la novela de Emily Brontë suma, hasta la fecha, al menos 30 adaptaciones para cine y televisión. Gigantes de la pantalla, desde Juliette Binoche hasta Laurence Olivier, dejaron su huella en los personajes centrales de la historia: Catherine Earnshaw, una joven caprichosa y orgullosa cuya única cualidad redentora es su amor por Heathcliff, un muchacho que su padre recoge en los muelles de Liverpool y acoge bajo su tutela.
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Durante más de un siglo, su historia de amor hechiza a lectores y cautiva —cuando no escandaliza— al público gracias a la capacidad implacable de Brontë para retratar la obsesión, los celos, la rabia y la venganza. La autora entendía, como cualquiera de sus contemporáneos góticos, que el amor puede ser un arma de doble filo, que junto a una devoción profunda existe también una capacidad casi ilimitada para el odio. Cualquiera puede albergar ambos sentimientos a la vez y los personajes que se sienten más reales son aquellos que despiertan tanto nuestra compasión como nuestra repulsión.
Ninguno de nosotros es —del todo— héroe ni villano.
Pero esa no es necesariamente la historia que Fennell se propuso contar en su versión. En su afán por crear algo “original”, utilizó la obra de Brontë como cimiento para un mundo de fantasía en el que las mujeres de la era Regencia llevan pecas de pedrería y los mozos de campo tienen fetiches con mordidas de caballo. Aunque me considero una devota del drama de época, no creo que el género deba ser históricamente exacto para honrar su material de origen.
En el caso de Cumbres borrascosas de Fennell, los vestuarios anacrónicos y los escenarios extravagantes juegan, de hecho, a favor de la película y elevan la intensidad narrativa. Antes del estreno, los fans lamentaron la elección de Margot Robbie, una mujer de 35 años, para interpretar a Catherine, una adolescente, pero todas esas dudas se desvanecen frente a la interpretación creíblemente infantil y caprichosa de ese personaje. Además, hombres mucho mayores interpretan personajes mucho más jóvenes desde tiempos inmemoriales. Incluso la decisión de convocar a Charli XCX, creadora de la banda sonora alt-pop del filme, resultó brillante. Sus pistas cargadas de sintetizadores fomentan el mismo fervor maníaco que uno podría imaginar que siente Catherine al correr por los páramos hacia los brazos de Heathcliff.
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Si un amante de la novela no logra reconocer Cumbres borrascosas en el guion de Fennell, no será por el vestuario, ni por la música, ni por su protagonista.
Será por un error mucho más difícil de perdonar.
El amor obsesivo de Catherine y Heathcliff es tan esencial para la trama de Cumbres borrascosas como lo son las razones por las que no pueden estar juntos. La sociedad obliga a Catherine a casarse dentro de su mismo estrato social, y Heathcliff, un hombre de origen y linaje ambiguos, simplemente no pertenece a su clase —ni a su raza—.
El libro subraya el tono oscuro de piel de Heathcliff en contraste con sus pares blancos; y Nelly, sirvienta de Catherine y narradora principal de la historia, conjetura que podría ser un “lascar” (término usado en la época para referirse a marineros del sudeste asiático), romaní, americano o español.
El señor Earnshaw, uno de los protagonistas, encuentra a Heathcliff en Liverpool en un momento en que la ciudad era el principal puerto negrero de Inglaterra, lo que sugiere la posibilidad de que sea de ascendencia africana. Algunos académicos también plantearon que podría ser irlandés, otro grupo que sufrió opresión racial a manos de los ingleses.
Por supuesto, la blancura evoluciona con el tiempo, además de deformar y ampliar su definición para sostenerse. Aun así, queda claro que Heathcliff no era lo que una persona victoriana consideraba blanco. Desde una mirada contemporánea, un actor racializado habría sido quizá la elección más adecuada para comunicar esa angustia de ser “el otro”. Ya fuera romaní, negro, sudesteasiático o incluso irlandés, el hecho de su otredad racial era central en el corazón de la historia; y ese elemento se borra cuando Jacob Elordi, el actor elegido para interpretarlo, luce como cualquier otro interés romántico blanco al que estamos acostumbrados en pantalla.
La mayor cercanía física de Elordi con la descripción textual de Heathcliff empieza y termina con su cabello y ojos oscuros. Con su incorporación, la historia original se ajusta en consecuencia. Fennell elimina al personaje de Hindley, el hermano mayor de Catherine, cuyos prejuicios profundamente arraigados lo llevan a maltratar a Heathcliff durante gran parte de su vida. Ya adulto, Heathcliff está impulsado por un deseo insaciable de venganza contra ese atormentador.
Algunos rasgos de Hindley se trasladan ahora al personaje del señor Earnshaw, padre de Catherine. En la novela, el mayor de los Earnshaw protege y mima a Heathcliff, pero muere cuando este aún es un niño; en la película, el patriarca es a la vez su liberador y su abusador, aunque se percibe más como un elemento de fondo que como un verdadero antagonista. Eliminar a Hindley y sus actos atroces despoja a Cumbres borrascosas de sus temas explícitos sobre clase, elitismo y poder, una crítica similar a la que Fennell enfrentó tras Saltburn. El libro de Brontë revelaba cómo la degradación y el abuso injustos ejercidos contra una generación pueden filtrarse y afectar a la siguiente. Sin esos elementos, Cumbres borrascosas no es más que una novela romántica, bonita, sin duda, pero una fantasía histórica superficial al fin y al cabo.
Fennell respondió a la controversia en una entrevista con The Hollywood Reporter durante el estreno mundial de la película. “Todo el que ama este libro tiene una conexión muy personal con él”, dijo, en una respuesta medida, con su acento refinado y aristocrático con el que modulaba cuidadosamente cada palabra.
“Solo puedes hacer la película que imaginaste cuando lo leíste. Creo que yo me estaba enfocando en sus elementos sadomasoquistas”.
En efecto, la mayoría de las grandes adaptaciones de Cumbres borrascosas eligieron a un hombre blanco para interpretar a Heathcliff (la versión de 2011 dirigida por Andrea Arnold fue la primera en optar por un actor negro en el papel), y muchas de estas versiones también enfrentaron críticas por su infidelidad al texto. ¿Es Cumbres borrascosas simplemente una historia demasiado ambiciosa para que el cine la adapte con fidelidad? ¿O es que nadie quiere pensarla con la profundidad necesaria e intentarlo de verdad?
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Resulta difícil escuchar la explicación de Fennell y no vincularla de inmediato con la reacción cultural contra la llamada “corrección política”. Se suma así a otros creativos blancos de Hollywood que acaparan titulares por expresar una indiferencia similar hacia la sensibilidad cultural, como Sydney Sweeney y su reconocida reticencia a pronunciarse sobre asuntos políticos, incluso cuando supremacistas blancos se apropian de su imagen.
Puede parecer inofensivo asumir que el arte es algo separado de la política y la identidad, imaginar a un hombre blanco en lugar de un personaje explícitamente no blanco, cuando las consecuencias simplemente no te afectan. Para algunos, Cumbres borrascosas es lectura optativa. Para otros, una advertencia. Peor aún, para muchos de sus defensores más fervientes, es un espejo de nuestras realidades más incómodas.
Quizás por eso esta adaptación es una película perfectamente aceptable si no se piensa demasiado en ella. Es exactamente el tipo de filme que cabría esperar en una época que nos exige no pensar demasiado en nada. (I)
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.