Entre las calles Vicente Ramón Roca y García Moreno, el tráfico marca el ritmo. La gente pasa con prisa y la ciudad se mueve a esa misma velocidad, siguiendo el paso de quienes la transitan. En medio de ese movimiento, y a unas cuadras de la famosa Plaza de Ponchos, se levanta un edificio de adoquines. Una puerta de más de dos metros de alto deja entrever, a través de sus vidrios, lo que ocurre en el interior.
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Casi escondido, pero no desapercibido, está el Hotel Otavalo. No es la creación nueva de un arquitecto ni un proyecto desde cero, sino una casa patrimonial de la ciudad que se transforma con el tiempo. Sebastián Vergara, gerente general de Art Hotels —el grupo al que pertenece el lugar— recuerda todas las historias relacionadas con el establecimiento.
"Se dice que el edificio fue una de las cuatro edificaciones que se mantuvieron en pie tras el terremoto de 1986".
Antes de recibir huéspedes fue una finca, luego una casa rentista, también sede de la radio "La Voz de los Lagos" y, finalmente, un antiguo hotel que llevaba el mismo nombre. Al entrar, cruzas una especie de umbral entre la entrada y la recepción. Este, además, el primer encuentro con su historia: cuadros, piezas de arte y objetos que reciben al visitante antes de llegar siquiera al mostrador. Una placa cuenta la llegada de los incas al país, pero hay una frase que, entre todas, permanece: “Este hotel rinde homenaje a los que se fueron y llegaron, y a muchísimos otros más que sería imposible enumerar. Sin todos ellos, Otavalo no sería lo que es”.
Carmen Torres, especialista de calidad, nos da la bienvenida en la recepción, donde una puerta se lleva todas las miradas. No cumple otra función que la de asombrar a quien entra y no es la única. En casi todos los hoteles del grupo, las puertas que pertenecían a antiguas iglesias —son más de diez— son un guiño a su identidad. Vergara cuenta que “eran puertas originales que, tras varias décadas de uso, dejaban de funcionar para su propósito original. Cuando los sacerdotes enviaban a realizar nuevas piezas con carpinteros, las viejas normalmente se convertían en leña porque ya no servían para otra cosa. Nosotros les pedimos que nos las vendan y que las arreglen. Las rescatamos y las convertimos en una obra de arte".
Pasado ese espacio se revela un hotel imponente: tres pisos y 28 habitaciones. Su techo permite la entrada de luz y nos invita a recorrer cada uno de sus pasillos. Llegar a este punto no fue fácil. Tras adquirir la propiedad, la remodelación comenzó en 2016 y tomó un poco más de tres años antes de poder abrir sus puertas. “Se instaló un esqueleto metálico oculto sobre el tumbado para asegurar que la casa resista futuros sismos y que dure al menos entre 120 y 150 años más. Así mismo, se recuperaron los arcos estructurales ocultos y se restauraron artesanalmente ladrillos de 100 años de antigüedad, pintándolos uno por uno con una mezcla de polvo de arcilla y resina para devolverles la vida”, indica el gerente. La restauración no buscó "modernizar" el inmueble, sino revelar lo que estaba oculto bajo capas de pintura y reformas: ladrillo, piedra pómez, caliza y arcos originales.
Son esas estructuras las que hoy le dan a este sitio una estética difícil de definir. El color de los ladrillos está mezclado con los tonos de los muebles, las paredes blancas y las plantas se toman el lugar junto al arte. Vergara explica que en sus pasillos, el Hotel Otavalo alberga la tercera exhibición más grande de obras de Oswaldo Guayasamín y piezas de Eduardo Kingman. Asimismo, cuentan con una colección de retratos de personajes locales de Otavalo realizados por Roberto Mora. Estas piezas hacen dudar si lo que se ve es una fotografía o algo hecho a mano. El artista trabajó con carboncillo de totora del lago San Pablo. También hay obras de Botero y Vurkovitsky.
El hotel tiene cuatro categorías de habitaciones: deluxe, superior, premium y luxury. Cada cama tiene cabeceras hechas por artesanos. Algunas cuentan con balcón y jacuzzi, con vista a la ciudad. Adicionalmente, ofrecen experiencias como visitas a talleres artesanales, caminar por el volcán Imbabura, recibir una limpieza espiritual, volar en parapente sobre lagunas y aprender a cocinar cuy. El concierge del lugar ayuda a navegar por las infinitas opciones y el personal traslada a los huéspedes hasta los talleres y hogares de los artesanos para brindarles una experiencia más íntima y cómoda. Trabajan con "guardianes de culturas y tradiciones" locales como tejedores de telares del siglo XVI y músicos andinos.
Bajando las gradas, la iluminación es tenue y cálida. Este ambiente nos dirige hacia el restaurante Sarance. Leonardo Alcocer, chef encargado, explica que la propuesta gastronómica se fundamenta en el respeto y la recuperación del producto local a través de una cocina 100 % ecuatoriana. La experiencia culinaria inicia con un abrebocas de panes de ajonjolí negro y cebolla, acompañados de hummus de garbanzo para preparar el paladar.
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Como entrada, nos presentan el ceviche "Mi Tierra", elaborado con leche de tigre de pepas de zambo, camarones salteados, una rosa de aguacate, chips de camote y aceite de cilantro y chillangua. El plato fuerte consiste en una tierna y jugosa costilla de cerdo cocinada a baja temperatura por cuatro horas. La misma se acompaña con chips de papa chola, una reducción de oporto y peras, y vegetales salteados como zanahorias baby, espárragos y tomates cherry.
Para el cierre, se ofrece un postre insignia de la cadena: un volcán de chocolate Pacari al 75 % decorado con tierra de vainilla, salsa de frutos rojos y frutas locales como uvilla y frutilla. Toda esta propuesta busca un equilibrio de sabores ácidos, dulces y texturas crocantes. El ticket promedio va desde los US$ 15 a US$ 25. Incluye una combinación de entrada y plato fuerte, o un plato fuerte y postre.
Ángel Dávila, parte del staff, presenta la coctelería de autor. Cerca de cinco opciones inspiradas en productos locales y referentes geográficos de la sierra ecuatoriana deleitan a los comensales. Entre ellas, el Ucumanta, hecho con uvilla; el Taita Imbabura, un gin tonic con arándanos que hace alusión al mortiño de los páramos del Imbabura, Cayambe y Cotacachi; el Pangaladera, que tiene pisco, mora y amargo de angostura; y el Mama Cotacachi, una mezcla de vodka, zumo de tomate de árbol, maracuyá, arrope de mora y especias de la casa. Hay también una especialidad con ají, whisky, cáscara de naranja y un toque de agua tónica. A futuro, el equipo evalúa una nueva carta de cócteles y comida pensada para despertar el sentido sensorial de los clientes a través de frutas y plantas tradicionales de la región.
En el mismo espacio, otra puerta nos llama la atención. Tiene más de cinco metros de vidrio y da paso a un pequeño pasaje de la ciudad. Torres y Vergara cuentan que este sector —conocido como "corazón de manzana"— estaba antes asediado por la delincuencia. El hotel colaboró con artistas jóvenes en la pintura de murales culturales para que la comunidad sea parte y cuide la zona. El grupo empresarial no se plantea como una cadena que "vende hoteles", sino como experiencias de destino bajo el concepto Beyond a Great Stay. En Otavalo, esa idea se materializa en arte, gastronomía, arquitectura, memoria local y vínculos con artesanos, músicos y cocineras de las comunidades.
Su modelo de relación con la comunidad se basa en la gestión compartida —dialogar, participar en reuniones barriales, colaborar en proyectos concretos—. Él insiste en que el hotel es un vecino más. Su idea es que la hospitalidad puede tener impacto urbano: más visibilidad, cuidado, seguridad y activación de espacios antes olvidados. Vergara recalca que la idea de “The Sense of Place” se define y se aplica a través de dos conceptos. Primero está el sentido de pertenencia que busca que el huésped sienta al destino como un lugar al que pertenece. Luego está la experiencia única, que consiste en encontrar elementos que difícilmente podría vivir en cualquier otro lugar del mundo.
Cuando se le pregunta cómo definiría al hotel, responde que para él es como “una mujer otavaleña innovadora, con el mayor sentido de hospitalidad por ser de esta ciudad”. Habla de la calidez y de esa forma particular en la que los otavaleños, muchos de ellos viajeros del mundo, saben relacionarse y recibir a visitantes extranjeros.
En los pasillos de este lugar se podrían pasar horas descubriendo nuevos elementos: secretarios con cajones ocultos, confesionarios sacados de capillas que, sin embargo, terminan calzando con la estética del lugar, y las puertas de iglesia que, si uno pone atención, cuentan historias —como todo, en este hotel. (I)