La distancia no diluye el magnetismo de Irene González Alcívar. Al otro lado de la pantalla, el sonido de los trenes italianos y la brisa del Adriático se mezclan con su voz y la risa que la caracteriza. El viernes 12 de junio de 2026, cuando concede esta entrevista a Harper's BAZAAR Ecuador, se encuentra en medio de una travesía idílica: un viaje de tres generaciones por Europa para celebrar la graduación de su hija menor en Madrid, acompañadas por su madre, Catalina, de 84 años.
Se encuentran en Ravenna, antes de visitar Bolonia y embarcarse en un crucero. En las plataformas digitales, esta experiencia se ha convertido en un entrañable diario de viaje donde su progenitora acapara los reflectores como la "señora de los tacos". Para Irene, sin embargo, estos días representan su filosofía de vida: cultivar el afecto y valorar el tiempo; con ambos, todo lo demás termina encontrando su lugar.
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“La vida es corta. Este viaje inyecta en el alma memorias que guardaremos para siempre en el corazón”. Aunque reúne miles de seguidores en redes sociales y es una figura habitual para distintas marcas, no se considera una influencer. “Soy una comunicadora de lo positivo. Este viaje nació para transmitir la importancia de darle calidad a la gente que amas y motivar a otros a valorarlo. Al final del día, la privacidad de tu familia es lo más sagrado”.
A sus 55 años también se define como una eterna aventurera y una buscadora de bellezas simples. Para comprender esa manera de ver la vida hay que volver al origen. Tras un historial de embarazos complejos y pérdidas dolorosas, su madre dio a luz en Guayaquil bajo la estricta supervisión de su abuelo materno, el prominente médico Eduardo Alcívar Elizalde. Pocas semanas después, la familia se trasladó a Cuenca por los compromisos laborales de su padre, quien se desempeñaba como gerente de una compañía de aceites.
Los años que pasó en Cuenca, entre paseos en bicicleta y tardes de exploración bajo la lluvia o las granizadas, moldearon su independencia y fortalecieron su conexión con la naturaleza. A los ocho años acompañaba a su abuelo a congresos médicos con hojas y crayones; aprovechaba cualquier momento para retratar a los asistentes y luego se acercaba a venderles sus dibujos. “No entiendo por qué me los compraban, yo solo veía que me pagaban”.
A los 12 años regresó a Guayaquil debido al trabajo de su padre. El contraste entre la tranquilidad andina y la personalidad abierta, rápida y alegre de la Costa amplió su visión del mundo. Muy pronto convirtió ese nuevo entorno en combustible para su curiosidad. Su espíritu comercial apareció temprano y, a los 13 años, mientras estudiaba en el Liceo Panamericano, transformó una clase de manualidades de repujado en pergamino en un pequeño taller de tarjetería fina que abastecía algunos de los eventos sociales más exclusivos de la época.
“Al principio hacía esas tarjetas para regalarles a mis amigas, pero sus mamás me hacían pedidos para quinceañeras y otros compromisos”. Incluso contrató a una amiga un par de años mayor para cumplir con las entregas, hasta que su madre le planteó una elección: "O estudias o trabajas". “La decisión era obvia”.
Esta hiperactividad creativa se complementó con la disciplina del deporte de alta competencia. Fue seleccionada provincial de atletismo por Guayas y jugadora intercolegial de básquet y vóley. Desde entonces, la organización del tiempo se convirtió en una de sus mayores fortalezas, una habilidad que años después le permitió llegar a la televisión ecuatoriana en un programa de entrevistas dirigido al público juvenil.
Entre formar su familia y dirigir los negocios
Se enamoró joven. A los 19 años se casó y, tres meses después, quedó embarazada de su primer hijo. Mientras remodelaba su casa, advirtió la escasa oferta local de acabados con personalidad, por lo que decidió viajar a Estados Unidos. Con apenas 23 años y una audacia poco común, convenció a firmas internacionales de griferías y sanitarios de lujo para obtener sus representaciones.
Primero la conocieron como clienta. Después les hizo una propuesta sencilla: "No necesito que inviertan. Lo único que necesito son sus catálogos para salir a vender. Yo les pagaré antes de que importen la mercadería, así que ustedes no asumirán ningún riesgo". La propuesta los convenció. Le entregaron catálogos de reconocidas marcas y comenzó a tocar puertas. "Primero fueron amigos y conocidos; luego llegaron las recomendaciones y los nuevos clientes".
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Aquella primera maleta terminaría convirtiéndose en Designer's, la tienda de terminados arquitectónicos que hoy, tras casi 35 años de trayectoria en Entre Ríos (Samborondón), continúa siendo un referente para los proyectos de diseño más exigentes. "Observaron mi compromiso y decidieron apostar por mí: me entregaron el showroom de la compañía", cuenta. Allí confirmó una idea que aún defiende: no se necesitan grandes presupuestos para tener buen gusto. "El lujo reside en el ojo crítico, en el valor de lo bonito y en la autenticidad", sentencia.
Si el diseño define su faceta pública, la gastronomía es el lenguaje de su intimidad. En su familia, de raíces italianas, la cocina era el corazón de la casa. Su abuela, Aída Andretta de Alcívar, convirtió la mesa en un espacio sagrado donde el vino no se entendía como un exceso, sino como parte de la cultura y la tradición. “Mi abuela nos enseñó a beber una copita de vino entre comidas”.
Hace casi dos décadas, tras uno de sus viajes a Italia y ya con tres hijos, decidió combinar su experiencia empresarial con la importación de insumos alimenticios para el canal Horeca (hoteles, restaurantes y cafeterías). En ese camino despertó su pasión por la cocina clásica e inauguró Il Buco. Lo que comenzó como un pequeño espacio para reunirse entre amigos terminó convirtiéndose en una trattoria de culto en Samborondón.
La fórmula de su permanencia es simple, pero rigurosa: el respeto absoluto por los sabores tradicionales de Italia. Como suele decir, "aquí no se inventa el agua tibia", sino que las recetas continúan transmitiéndose con orgullo. Es el triunfo de la memoria gustativa, esa que transformó una antigua aversión infantil por las berenjenas al pomodoro en un romance culinario maduro y que mantiene viva la mítica lengua al pomodoro de su abuela.
Al preguntarle cuáles son los platos estrella de la casa, responde que, paradójicamente, la berenjena a la parmesana encabeza la lista de los favoritos. Le siguen los ñoquis de ricotta con salsa de cuatro quesos y el ragú a la boloñesa, preparado con la receta tradicional de su nonna. “Son nuestros platos insignia”.
MasterChef: un punto de inflexión
El verdadero temple de Irene González se puso a prueba durante el confinamiento de 2020. Al frente de Il Buco, se vio obligada a tomar decisiones difíciles para evitar el cierre definitivo. "Cuando estás en la guerra herido, ¿te cortas el brazo o pierdes la vida?", cuestiona con crudeza. La respuesta fue cerrar uno de sus dos locales para contener las pérdidas económicas y conformar un riguroso "equipo de guerra" con el personal más joven, mientras los colaboradores de mayor edad continuaban trabajando de forma remota para proteger su salud.
Fue precisamente en ese periodo cuando el destino le tendió una mano inesperada. Tres meses después del inicio del confinamiento recibió la propuesta para incorporarse como jueza de MasterChef Ecuador. “Llegó en el momento más duro. Fue una balsa donde pude descansar la mente de la presión económica de los restaurantes y descubrir que podía abordar otros proyectos”.
Tras seis años consecutivos al aire, el programa no solo consolidó su perfil a nivel nacional, sino que también le permitió construir alianzas genuinas con distintas marcas. Explica que siempre ha privilegiado las relaciones humanas por encima de las transacciones comerciales. En la pantalla aprendió el arte de juzgar con empatía y reafirmó que el ser humano es, por definición, "imperfectamente perfecto". Además, amplió su mirada sobre la evolución y la proyección internacional de la gastronomía ecuatoriana.
Aplaude cómo la academia y la empresa privada han llevado al mundo productos como el chocolate, el camarón, el encebollado y el corviche. Con la misma convicción con la que vio al chocolate ecuatoriano conquistar vitrinas en Suiza durante uno de sus viajes, está convencida de que el país ocupará un lugar cada vez más relevante en el mapa culinario internacional.
Al cerrar el día en Ravenna, antes de empacar maletas para continuar su recorrido, deja un mensaje para las lectoras de Harper's BAZAAR Ecuador: desterrar el mito de que la edad o las circunstancias representan un límite. "Hay que perderle el miedo al riesgo. Si las cosas no resultan, se da un giro al timón y se cambia de rumbo, pero no se queden con las ganas de hacer". Su recomendación final es preparar a las nuevas generaciones para asumir ese desafío.
Hoy, mientras su hijo lidera la expansión de la línea Il Buco a Casa en las perchas de supermercados del país, planea su regreso a Guayaquil para retomar su ritmo de vida. La actitud es mental, asegura. “Si entrenas tu cerebro para la positividad, porque es selectivo, te abrirá las puertas de par en par”. (I)