En los últimos años, el farm hospitality ha ganado protagonismo dentro del turismo. Es un concepto donde la experiencia está directamente conectada con el campo: los días siguen el ritmo de la naturaleza, la gastronomía nace de lo que produce la tierra y el bienestar se encuentra en la vida al aire libre. También está profundamente conectado con la comunidad y la sostenibilidad, como parte esencial de la forma en la que estos espacios funcionan y se mantienen vivos.
Si hay un lugar donde esta filosofía ha formado parte de la vida cotidiana mucho antes de convertirse en tendencia, es la Hacienda Zuleta. Ubicada a dos horas de Quito, en la Avenida de los Volcanes, el trayecto ya forma parte de la experiencia. El camino está acompañado por algunos de los paisajes más espectaculares de la Sierra ecuatoriana y, si tienes la suerte de viajar en un día despejado, podrás ver volcanes, como el Cayambe, en el horizonte.
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Entramos a la hacienda por un camino rodeado de árboles altos y al llegar nos recibieron de manera cálida, haciéndonos sentir en casa desde el primer momento. Algo que me llamó la atención fue cómo, mientras ingresábamos, el equipo iba llenando los espacios con flores recién cortadas del jardín. Es un detalle simple, pero dice mucho de cómo se vive la hospitalidad aquí.
La hacienda fue hogar de dos expresidentes de Ecuador, Leónidas Plaza Gutiérrez y Galo Plaza Lasso, y ha permanecido en manos de la familia Plaza Lasso durante más de un siglo. Cada fotografía, cada objeto y cada detalle forman parte de una historia que sigue viva y en constante evolución. Más que un hotel, Hacienda Zuleta se siente como el hogar de una familia que abre sus puertas para compartir su forma de vida.
Los interiores están llenos de detalles que hablan de esa identidad: los bordados zuleteños, una tradición artesanal de la comunidad de Zuleta transmitida por generaciones, aparecen en cojines, libros, manteles y textiles que se encuentran en todos los espacios, mientras las rosas frescas llenan las salas de color y vida. A esto se suman pequeños gestos como estaciones de café o infusiones preparadas con hierbas del huerto, que invitan a quedarse y a sentirse, de alguna manera, parte del lugar.
Aquí no necesitas salir de la propiedad para vivir una experiencia completa. Con más de mil hectáreas, siempre hay algo por descubrir. Puedes recorrer los paisajes andinos a caballo, hacer caminatas por sus senderos, empezar la mañana acompañando el ordeño de las vacas o sumarte a una clase de cocina tradicional, donde aprenderás a preparar su reconocida sopa de quinoa o las clásicas empanadas de queso con maqueño, entre otras experiencias.
Uno de los momentos más especiales que no puedes perderte es la degustación de quesos que ocurre todos los días a las 18:00 en la sala principal. Alrededor de la mesa, y junto a las chimeneas encendidas, puedes probar sus quesos artesanales, desde los clásicos como Danbo, Angochagua y Don Galo, hasta otros creados especialmente para los huéspedes como parmesano, manchego y queso azul. Es un ritual sencillo, pero acogedor.
Mucho antes de que la gastronomía del campo a la mesa se volviera una tendencia global, la cocina de Hacienda Zuleta ya vivía esa filosofía de manera natural. Gran parte de los ingredientes provienen de su propio huerto y de su fábrica de quesos, dando vida a una propuesta gastronómica que celebra las recetas familiares que han pasado de generación en generación.
Hay platos que simplemente no puedes dejar de probar: la sopa de quinoa, el budín de arroz y pollo, uno de los favoritos de la familia, y el clásico pie de limón. Cada desayuno, almuerzo y cena refleja la conexión entre la cocina y la tierra.
Al caer la tarde, otro de mis lugares favoritos fue el Bar Don Tin. Es un espacio cálido, íntimo y perfecto para terminar el día, que rinde homenaje a uno de los miembros más queridos de la familia. Aquí, Danny, el bartender, te recibe con una carta de cócteles de autor elaborados con flores, hierbas botánicas e ingredientes cultivados en sus tierras. Mientras los prepara, te comparte la historia detrás de cada uno: todos están inspirados en miembros de la familia y en recuerdos que han dado forma a la historia de Zuleta, convirtiendo cada cóctel en una experiencia.
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La sostenibilidad también forma parte de la esencia de Hacienda Zuleta. A través de la Fundación Galo Plaza Lasso, este espacio impulsa proyectos enfocados en la educación, la sostenibilidad, el desarrollo de la comunidad y la preservación de tradiciones como el emblemático bordado zuleteño. Si tienes la oportunidad, te recomiendo tomar una clase privada de bordado dirigida por las artesanas de la comunidad, quienes mantienen vivo este arte.
A ello se suma Cóndor Huasi, uno de los programas de conservación del cóndor andino más importantes del país. Allí es posible visitar a los cóndores en cautiverio, conocer de cerca su proceso de rehabilitación y aprender más sobre el trabajo que se realiza para su protección.
El bienestar también encuentra su espacio en el spa de la hacienda, un refugio pensado para desconectarse por completo. Cuenta con piscina climatizada, sauna, baño de vapor y salas de masajes, pero el detalle que más me sorprendió fue su techo retráctil, que se abre para conectar el espacio con la naturaleza. Cada visita se reserva con anticipación, lo cual permite disfrutar del spa de forma completamente privada y en un ambiente de absoluta tranquilidad.
Hacienda Zuleta demuestra que algunas formas de hospitalidad no nacen de una tendencia, sino de una manera de vivir. Así han construido una experiencia donde la naturaleza, la gastronomía, la tradición y la comunidad forman parte de una misma historia. (I)