En medio de agendas apretadas y semanas que se pasan sin darnos cuenta, las escapadas cortas se convierten en una forma posible de descanso. Sin necesidad de tomar muchos días libres ni de recorrer grandes distancias, estos refugios cerca de Quito ofrecen el escenario ideal para reconectar con lo esencial: el entorno andino, el silencio, el frío andino y la calma compartida.
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Pensadas para disfrutar en pareja, en familia o con amigos, las propuestas demuestran que no se necesitan planes suntuosos ni viajes extensos para recargarse de energía. Uno o dos días bastan para romper la rutina y, como recuerda la célebre frase atribuida al Dalái Lama, “una vez al año, ve a algún lugar en el que nunca hayas estado”.
Las Cabañas by PMJ
Este proyecto nace del vínculo profundo de la familia Moreno con el bosque y el campo. Pedro Moreno, arquitecto de profesión y sembrador de árboles por tradición familiar, decidió transformar los terrenos heredados en Cayambe en un espacio que combina conservación, turismo sostenible y comodidad. El nombre del lugar viene de la constructora de la familia.
El proyecto se consolidó cuando sus hijas se sumaron con sus propios saberes. Rafaela Moreno, formada en hotelería y actualmente parte de la cadena Hilton en Los Cabos, administra las reservas y la atención a huéspedes de forma remota desde México a través de Instagram, WhatsApp y plataformas como Airbnb. Es la cara visible del proyecto y quien se asegura de que la experiencia cumpla con los estándares de servicio que busca el viajero actual.
Macarena, la primera hija, se encarga de las finanzas, pieza clave para que el emprendimiento sea rentable; mientras que Estela, esposa de Pedro, gestiona las compras e insumos necesarios para el funcionamiento diario. Este arquitecto se inspiró en modelos de hospedaje de Noruega, país pionero en turismo sostenible.
La primera cabaña se levantó bajo esas referencias, pero, con el tiempo y el apoyo de sus hijas, el concepto se estandarizó hacia una línea más “americana” en términos de comodidad y distribución. Cuatro años después, cuenta ya con cuatro espacios operativos y la meta es llegar a 15.
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La construcción prioriza materiales sostenibles: estructuras de madera de pino tratada, cimentación metálica reciclada de tubería petrolera y procesos específicos para alargar la vida útil de la madera tanto en interiores como exteriores. Las cabañas se elevan entre 1,5 y 2,5 metros sobre el piso y, pese al frío característico de Cayambe, incorporan un sistema de insulación en los cuatro lados que mantiene una temperatura confortable.
El sistema energético combina paneles solares con un generador que garantiza el suministro continuo de luz. Gracias a ello, el lugar cuenta con wifi estable, lo que permite a quienes no pueden desconectarse del todo optar por el teletrabajo en medio del paisaje rural. Con esta infraestructura, visitar las cabañas entre semana es una alternativa viable para trabajar en remoto. Las tarifas por noche son de US$ 75 de lunes a viernes, US$ 105 dólares los fines de semana y US$ 130 en feriados.
El vínculo con la comunidad local es otro eje del proyecto. Los habitantes de la zona participan en la construcción de cabañas, pozos sépticos y adecuaciones del terreno, además de apoyar en temas de seguridad y atención ante imprevistos dentro de la propiedad privada donde se asienta el hospedaje.
Llegar desde Quito toma alrededor de 80 minutos, dependiendo del tráfico. Una vez allí, el entorno ofrece vistas abiertas al paisaje de Cayambe, con vacas que pastan y el sonido del agua como telón de fondo. A pocos kilómetros, atractivos como la cascada de Peguche o el lago San Pablo permiten complementar la estadía con paseos en la naturaleza.
La mayoría de cabañas están pensadas para disfrutarlas en pareja, aunque la primera unidad, de mayor tamaño, puede alojar hasta cuatro personas.
Todas están equipadas con cocina, sala y balcón; algunas incluyen hamaca de red para observar las estrellas por la noche. También hay plataformas diseñadas para practicar yoga, lo que suma una dimensión de bienestar al aire libre.
Las facilidades del lugar invitan a que cada visitante arme su propia rutina de descanso: caminar, meditar, leer, practicar yoga o simplemente dormir sin interrupciones. Recientemente se incorporó un sendero autoguiado de un kilómetro dentro del bosque, con planes de ampliarlo progresivamente, para quienes desean explorar sin el temor a desorientarse.
“Queremos compartir con todos la suerte de vivir al aire libre, tal como nosotros pudimos hacerlo cuando éramos niñas en estos mismos terrenos”, comenta Rafaela, al reflexionar sobre el espíritu del lugar.
Andes 360 Glamping
Este es otro emprendimiento familiar que apuesta por la desconexión a corta distancia de Quito. Ubicado en Latacunga, a una hora y media de la capital y accesible en cualquier tipo de vehículo, se levanta en un terreno privado de la familia Subía, con una vista panorámica privilegiada hacia volcanes y montañas. De allí proviene su nombre: la promesa de una experiencia andina en 360 grados.
El proyecto está liderado por Santiago Martínez, su pareja María del Carmen Subía y su suegro, Fausto. María del Carmen maneja las finanzas, mientras Fausto se encarga de la operación y el mantenimiento del lugar, además de recibir a los huéspedes y apoyar en caso de emergencias, ya que vive en la misma propiedad.
En 2024 construyeron tres cabañas con estéticas y capacidades diferentes, todas con un punto en común: priorizar la conexión con la naturaleza sin renunciar al confort. Chuquiragua es una estructura alpina triangular, diseñada para parejas. Achupalla es una cabaña moderna con un ventanal de siete metros, ideal para familias o grupos de cinco a seis personas. Sigse, por su parte, se ubica en un volado y cuenta con balcón, pensada exclusivamente para dos personas.
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Las tarifas entre semana van desde US$ 120 por noche en las cabañas para parejas hasta US$ 210 en la cabaña familiar. Los fines de semana, los precios suben a US$ 180 y US$ 250, respectivamente. La mayoría de los huéspedes provienen de Quito; entre semana también reciben visitantes extranjeros, especialmente de Estados Unidos. Uno de los objetivos del equipo es incrementar la ocupación en días laborables.
A diferencia de otras propuestas, la experiencia está marcada por el páramo. Las construcciones cuentan con calefacción interior para contrarrestar el frío, mientras la cocina bien equipada invita a los visitantes a cocinar y entrar en lo que Martínez describe como “modo supervivencia de campo”. El pueblo más cercano se encuentra a unos 30 minutos en carro para abastecerse de lo que haga falta.
Aunque no existe personal permanente las 24 horas, al llegar los huéspedes reciben instrucciones detalladas y guías didácticas para manejar cualquier situación básica por su cuenta. En caso de eventualidades, Fausto está disponible para asistirlos. Las cabañas tienen wifi y se encuentran separadas por al menos 20 metros entre sí, lo que asegura privacidad para cada grupo.
El entorno ofrece senderos de 30 minutos a una hora de caminata, de baja dificultad, que permiten adentrarse en la montaña sin requerir experiencia previa. Es una forma de vivir el páramo de cerca, pero en un formato de “aventura suave”, accesible prácticamente para cualquier visitante.
Ambos lugares se prestan para fotos “instagrameables”, con paisajes andinos, cielos despejados y vistas a volcanes. Gracias a su cercanía, es posible organizar una escapada romántica o en compañía sin mucha antelación; eso sí, conviene reservar con tiempo para asegurar el espacio.
Si tienes poco tiempo y recetas fáciles de preparar, basta con llamar a una amiga o a tu pareja y salir de la ciudad por 24 horas. La naturaleza hace el resto: ayuda a recargarse, poner pausa y mirar la rutina desde lejos. (I)