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En la Ciudad Blanca se tejen historias. Detrás de un portón grande, sin un letrero que revele demasiado, funciona el negocio de la familia Harrington: una empresa que por más de cuatro décadas produce sacos, bufandas, gorros y cobijas que viajan desde el norte de Ecuador hacia Estados Unidos, Inglaterra, Holanda y otros destinos que sus fundadores ya ni siquiera enumeran con exactitud.

Yo vi una de sus prendas en una tienda de Olga Fisch Folklore. Sus etiquetas no tienen detalles minuciosos ni letras doradas; tienen una fotografía y un pequeño texto que presenta a la artesana que lo confeccionó. Son más de 200 personas que tejen lo que alguien, en algún lugar del mundo, terminará vistiendo. La idea, tanto de las etiquetas como del negocio, se le ocurrió a Michael Harrington. Tiene 73 años. Es un hombre alto, de pelo blanco y ojos azules. Aunque su acento delata que no nació en nuestro país, las frases que utiliza y cómo se expresa al hablar podría confundir a cualquiera de que, este hombre, tiene sangre ecuatoriana. Es directo, espontáneo y, de vez en cuando, lanza una broma que hace reír a todo el equipo de BAZAAR.

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Fotografía: Daniel Queirolo

Es originario del estado de Maine, Estados Unidos, y llegó al país en 1978 como voluntario del Cuerpo de Paz. "Me gustó aquí y me quedé", dice sentado en su oficina, rodeado de fotografías, placas, papeles y recuerdos acumulados durante años. Michael conoció en este territorio a Lucía Herrera, una profesora de quien se enamoró. Se casaron y él decidió construir su vida aquí. Durante la entrevista, frente a él está Jenny, su hija mayor de cabellera roja y larga. Ella dirige gran parte de la producción y la logística de la empresa. 

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El negocio familiar comenzó en 1983. Según su primogénita, todo inició cuando un amigo extranjero de su padre buscaba quién podía proveerle sacos. “Así inició la aventura de mi familia” reflexiona Jenny. En ese momento, ellos todavía no tenían una red propia de tejedoras ni una estructura consolidada de producción.

“Cuando yo era universitario en Estados Unidos vivía en un edificio de cuatro pisos. Una vecina me pidió que le ayudara a hacer compras, a cambio de un pago, ya que no podía movilizarse. Yo le dije que no quería su dinero, pero le pedí que me enseñe a tejer”, relata Michael. Así que cuando tuvo la oportunidad, ya sabía cómo era el proceso.

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Fotografía: Daniel Queirolo
sacos de alpaca
Fotografía: Daniel Queirolo

Al inicio compraban lana de oveja en Carabuela, una comunidad quichua de la parroquia Ilumán, en Otavalo. Michael se encargaba de teñir el material y Lucía de lavarlo; después lo llevaban a tejedoras de Mira para elaborar las prendas. Más adelante decidieron asumir directamente la producción. La decisión nació tras una mala experiencia con una proveedora y terminó por cambiar el rumbo del negocio.

El aprendizaje fue práctico y tuvo errores. En uno de sus primeros pedidos, un comprador aceptó solo la mitad de los sacos porque eran demasiado pequeños. Harrington no tuvo más opción que deshacer cerca de 200 prendas, recuperó la lana y volvió a tejerlas él mismo, porque no tenía recursos para comprar más materia prima.

Entre 1982 y 1984, abrió un almacén en el centro de Otavalo. El local fue una vitrina para los compradores internacionales que recorrían Ecuador, Perú y Bolivia en busca de productos artesanales. La fábrica, en la que nos recibieron, se abrió hacia finales de los años 80, pensada al inicio para elaborar ropa. Para comienzos de los 90, el negocio tenía alrededor de 180 personas afiliadas al Seguro Social y, según Harrington, en un año llegó a vender cerca de 50.000 sacos.

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Fotografía: Daniel Queirolo

Además de los tejidos, produjeron ropa para clientes internacionales, incluidos compradores de Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, el cambio de moneda (de sucres a dólares) cambió por completo la estructura de costos y volvió inviable mantener ciertos contratos de confección para exportación. "La dolarización nos mató con ellos".

Hace aproximadamente dos décadas incorporaron la baby alpaca y otras fibras importadas, principalmente desde Perú.  Su objetivo era trabajar con materiales más suaves y de mayor calidad para los mercados internacionales. En la actualidad, prácticamente toda la materia prima que utilizan es importada. Sin embargo, producir una prenda elaborada al 100 % con baby alpaca sigue siendo difícil por su costo, por lo que trabajan con mezclas (con un 75 % de este material) que mantienen la suavidad de la fibra sin elevar el precio final. Paralelamente, desarrollaron líneas en algodón y lana de oveja para el mercado ecuatoriano.

La fábrica conserva un tono beige que se repite en paredes y columnas. La luz entra por grandes ventanales e ilumina las mesas donde se apilan decenas de sacos y piezas que esperan la revisión final antes de salir del país. Entre esos montones aparecen hojas que detallan pedidos individuales que luego viajarán junto a los paquetes enviados por un courier. Jenny explica que, en ese lugar, tienen aproximadamente 50 diseños; además de los que elaboran para clientes internacionales. 

Michael tampoco ha dejado de crear. Todavía llega con nuevas ideas, generalmente llenas de color, vuelos y combinaciones poco convencionales.

Actualmente, esta empresa trabaja con 250 personas vinculadas a la elaboración de los tejidos. La mayoría son mujeres, aunque también participan hombres y familias completas. Gran parte de la producción se hace en comunidades de Carchi y hay además un grupo de 30 a 40 personas en Ibarra encargadas de los procesos de terminación como la revisión de calidad, colocación de botones, etiquetado y acabados.

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Fotografía: Daniel Queirolo

El sistema de trabajo se organiza mediante lideresas o "jefas" en cada una de las comunidades. Ellas reciben semanalmente la materia prima, la distribuyen entre las tejedoras y luego entregan las prendas terminadas. En temporadas de mayor demanda, la familia llega a realizar hasta dos recorridos por semana para abastecerlas y recoger la producción. 

El tiempo de elaboración depende del diseño: un saco sencillo puede tomar entre tres y cuatro días, mientras que uno más elaborado requiere hasta ocho.

Los modelos responden tanto a pedidos de clientes internacionales como a diseños propios. El cliente inglés conserva la exclusividad de muchas de sus colecciones, por lo que la familia evita vender esos mismas opciones en Ecuador. En cambio, las piezas desarrolladas para otros compradores y los diseños creados por ellos mismos son los que hoy llegan a tiendas como Olga Fisch Folklore, locales del aeropuerto de Quito, Cumbayá, Cotacachi, Cuenca y Galápagos. Solo el año pasado produjeron alrededor de 10.000 sacos, además de miles de gorros, bufandas y cobijas.

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Cuando el equipo de Harper's BAZAAR preparaba el viaje a Ibarra, la empresa envió un pequeño catálogo con algunas de sus prendas. Ahí aparecieron otra vez las etiquetas que habían llamado mi atención desde la primera vez que las vi en Quito. Jenny sonríe cuando escucha la historia. Le cuento que nuestro equipo pasó meses intentando encontrar a la empresa sin lograrlo. Dice que eso sucede con frecuencia: muchas personas no recuerdan el nombre de la fábrica, pero sí las tarjetas que acompañan cada prenda.

Fotografía: Daniel Queirolo
Fotografía: Daniel Queirolo

Cada una lleva la fotografía y el nombre de la persona que tejió el saco, siempre que haya autorizado el uso de su imagen. La idea busca reconocer su trabajo, darles un rostro a las prendas y crear una conexión entre quien compra y quien las hizo. Actualmente existen alrededor de 132 tarjetas diferentes.

Al principio, algunas desconfiaban de las fotografías. No entendían para qué las querían o dónde iban a aparecer. Con el tiempo empezaron a recibir mensajes de personas que las habían encontrado en Facebook después de ver sus tarjetas o que simplemente querían agradecerles por su trabajo. Poco a poco, aquello cambió la percepción que tenían de la iniciativa. Hoy  esperan las reuniones de mayo y diciembre, cuando la familia organiza celebraciones por el Día de la Madre, el Día del Trabajo y Navidad, para actualizar las imágenes de quienes aceptan participar. No todas quieren aparecer y, cuando alguien prefiere no hacerlo, la decisión se respeta.

Fotografía: Daniel Queirolo
Fotografía: Daniel Queirolo

Aunque en un principio hubo dudas sobre este gesto, luego fueron sus propios clientes los que remarcaban la necesidad de estos objetos. "Nunca me mandes una prenda que no tenga esta tarjeta", le dijo alguna vez una compradora del aeropuerto de Quito. Michael, entre risas, explica su decisión con una frase: "el gringo no compra el saco. El gringo compra la historia”. 

Para Jenny, ese reconocimiento transforma la manera en que las creadoras ven su propio trabajo. "Ellas se sienten importantes porque son parte del negocio. No solamente somos nosotros quienes estamos aquí, sino las familias que están detrás de cada prenda".  De los tres hijos de Michael y Lucía, ella es la única que decidió involucrarse directamente en la empresa. Coordina buena parte de la producción, mantiene la relación con clientes internacionales y trabaja para fortalecer la presencia de la marca en Ecuador y en redes sociales. Mientras habla de los planes para el futuro, también menciona a su hija. Espera que algún día ella aprenda del oficio, aunque cada día se incluye más. 

Jenny no habla únicamente de conservar un negocio, habla de preservar una red de trabajo que por casi medio siglo une a cientos de familias alrededor del tejido.

Fotografía: Daniel Queirolo
Fotografía: Daniel Queirolo

"Todo fue suerte en mi negocio. Eso es lo que yo le digo a todo el mundo. Ellos piensan que tuvimos éxito porque eramos inteligentes. Yo digo que no. Tuvimos suerte. Yo tuve suerte". Esa palabra es la que más repite Michael durante la conversación. Está convencido de que, si hoy intentara empezar este negocio, el resultado no sería el mismo.

Detrás del portón de Ibarra no hay ningún letrero grande, ningún nombre que cualquiera pueda reconocer de memoria. La empresa de la familia Harrington nunca necesitó mostrarse, le bastó con lo que tejía. Y lo que tejía, hablaba por ella, como un secreto que durante más de cuarenta años viajó escondido en la etiqueta de cada saco. (I)